Por: Janeth Giraldo Ardila*
Coinciden connotados tratadistas, académicos e investigadores sociales, que la inseguridad no se expresa únicamente en la violencia criminal, ya que también se manifiesta cuando la convivencia vecinal se fractura y prevalecen la desconfianza y la falta de reglas comunes, lo que no es buen síntoma y no sirve para nada que edificante pueda ser; de ahí que cuando se habla de seguridad, la conversación pública gira inmediatamenete alrededor de la delincuencia organizada, la violencia y los delitos de alto impacto.
Sin embargo, hay aspectos que deberían invitarnos a matizar la discusión, dado que la mayor cantidad de conflictos que enfrentan los ciudadanos no se debe exclusivamente a robos, extorsiones o secuestros, sino a problemas vecinales mucho más cotidianos, como son el ruido excesivo, la acumulación de basura, las mascotas, el uso de los espacios de estacionamiento, qué entre otros, figuran como fuentes principales fuentes de tensión entre quienes comparten vecindad.
Esta situación, en apariencia menor frente a los índices de homicidios o la percepción de violencia, revela algo fundamental, como es que la calidad de vida y la sensación de seguridad también se construyen en lo inmediato, en la relación con quienes habitan al lado de nuestra casa, edificio o calle. Lo preocupante es que hemos normalizado esta erosión de la vida comunitaria. Nos hemos habituado a pensar que los problemas de seguridad se resuelven exclusivamente con más policías, cárceles o tecnología; pero dejamos de lado que la tranquilidad comienza con la corresponsabilidad ciudadana y la cultura cívica, con recuperar la buena vecindad, lo cual no requiere enormes presupuestos ni sofisticados dispositivos, sino voluntad colectiva y políticas públicas que incentiven prácticas de respeto y cooperación.
Cuando un vecino coloca su basura a deshoras, estaciona bloqueando la entrada o permite que su mascota cause molestias, no está cometiendo un delito, pero sí está contribuyendo a un entorno que se percibe como desordenado, hostil o poco seguro. Y esa percepción, acumulada en miles de pequeños conflictos, pesa tanto en la vida diaria como los hechos delictivos en su generalidad, lo que llama a ampliar la noción de seguridad, puesto que no se trata de restar importancia a la violencia criminal, sino de reconocer que nuestra percepción de bienestar urbano también se fortalece cuando logramos disminuir los conflictos cotidianos. Vecindades más limpias, menos ruidosas, con reglas claras de estacionamiento y espacios comunes cuidados, son ámbitos donde la gente experimenta mayor confianza y desde luego mayor tranquilidad.
La seguridad no empieza y termina con el combate al crimen organizado. Empieza también en el gesto simple de respetar a quien vive al lado, en la responsabilidad de mantener el espacio compartido en orden y en la disposición de resolver diferencias sin que escalen a enfrentamientos. Blindar la convivencia, antes que blindar las calles, es el camino para recuperar entornos que nos hagan sentir más seguros y, de paso, más humanos.
* Abogada. Especializada en Derecho Administrativo. Analista. Investigadora Social. Columnista

