Julian Fernández Gutinico. Comunicador Social. Periodista. Maestro Ancestral. Asesor Espiritual. 

Por: Julián Hernández Gutinico*

Desde la filosofía, la descomposición humana trasciende lo biológico para entenderse como un quiebre ontológico. Se aborda desde la desintegración de la identidad y el cuerpo tras la muerte, la pérdida de la esencia vital, hasta la degradación de la condición humana en la sociedad moderna.

Las principales corrientes filosóficas exploran esta desintegración a través de varias ópticas:

1. La muerte y la desintegración ontológica. Para gran parte de la filosofía clásica, el ser humano es una síntesis de cuerpo (materia) y alma (espíritu o razón). La muerte marca el momento exacto en que esta síntesis se destruye. Dualismo (Platón): El cuerpo es visto como una «cárcel» o un peso para el alma. Su descomposición es, en cierto modo, la liberación de lo inmaterial frente a lo material. El cadáver como residuo: Cuando sobreviene la muerte, el cuerpo se convierte en un simple objeto orgánico en proceso de disolución. Ya no es la «persona», sino los restos materiales de lo que alguna vez albergó identidad, pensamiento y voluntad.

2. La muerte como finitud (Heidegger). El existencialismo concibe al ser humano como un «ser-para-la-muerte». El filósofo Martin Heidegger plantea que la muerte es la posibilidad más propia, irrefutable e insuperable del ser humano. En este sentido, la descomposición física es la prueba máxima de nuestra finitud. Lejos de ser algo trágico per se, la conciencia de esta descomposición y finitud es lo que nos impulsa a dotar de sentido y autenticidad a nuestra existencia mientras estamos vivos.

3. La degradación social y cultural. La descomposición humana no siempre se relaciona con la muerte física, sino con la pérdida de la esencia humana y la razón: Friedrich Nietzsche: Advirtió sobre una «descomposición del hombre» si la sociedad no se supera a sí misma, alertando sobre el riesgo de caer en una animalidad primitiva o en una masa gregaria y carente de espíritu crítico. Hannah Arendt: Analizó cómo las dinámicas modernas y la tecnificación amenazan el discurso humano. Cuando el lenguaje se reduce a meros símbolos o impera la deshumanización, lo que se descompone es la capacidad misma de pensar, actuar políticamente y ser únicos.

4. La filosofía contemporánea y la vulnerabilidad del cuerpo. Pensadores modernos como Jean-Luc Nancy argumentan que el ser humano no tiene un cuerpo, sino que lo es. Desde esta perspectiva, el cuerpo no es solo una máquina biológica que se descompone al morir, sino el vehículo a través del cual nos exponemos al mundo, a la enfermedad y, finalmente, a la disolución. La descomposición es la manifestación de la vulnerabilidad inherente de nuestra existencia.

Todo lo cual nos lleva a la degradación de lo humano, ya que el valor de lo humano como algo sustantivo, propio y personal, no cotiza al alza. El dinero y el poder que ya se habían adueñado del trabajo, tratándolo como mercancía y no como algo personal y humano, lo hicieron también de la inteligencia y capacidad de las personas, para someterlas a los nuevos iconos o deidades del capitalismo y del poder político. Nos dice Piketty, que lo peor del capital era el capitalismo. En efecto, actualmente, no sólo se desprecia el “valor divino” de lo humano, del que hablaba el Padre Jesús Urteaga, sino que, incluso, se desecha el propio valor humano, salvo que sirva o se utilice como medio o instrumento para la sumisión al poder o al progresivo enriquecimiento del poderoso.

Es tanto cierto lo afirmado, que el valor de la vida se mide por el grado de sumisión o dependencia que la persona esté dispuesta a soportar, tanto del poder político como del económico.
Ya resulta lejana la afirmación de Terencio, de que “soy humano y nada de lo humano me es ajeno” o, como más propiamente decía Unamuno, “soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño”. En las antípodas de esas expresiones de solidaridad humana y de respeto y consideración a la dignidad de las personas, se inscribe el vitalismo ateo y elitista de Nietzsche que, en su obra “Así habló Zaratustra”, desarrolla la tesis del superhombre, rechazando la “moral de esclavos” propia de la humildad y mansedumbre; la conducta gregaria o “moral del rebaño” y afirmando que el superhombre sólo es posible cuando se prescinde absolutamente de la creencia en Dios, cuando se realice hasta el final la “muerte de Dios”. Con esa crudeza “deicida” se manifiesta el autor del superhombre que, incluso, afirma que es el hombre el que ha hecho a Dios a su imagen y semejanza y que sólo tiene por norte la afirmación enérgica de la vida, como creador y dueño de la misma, para ser un espíritu libre.

Y no es que Nietzsche mate a Dios, sino que lo sustituye por divinizar al superhombre. Para él “la vida humana conlleva un grave riesgo o vencer al hombre mediante la superación o volver a la animalidad primitiva”. Reconociendo que no ha surgido todavía ningún superhombre, cita a algunas personas que podrían servir como ejemplo o modelo, entre ellas, Sócrates, Jesucristo, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Shakespeare, Goethe, Julio César y Napoleón. Elevó Nietzsche sin duda a “culto idolátrico” la figura del superhombre frente, a cualquier posible divinidad o ser transcendente, es decir, en vez de considerar al hombre criatura de Dios, ha convertido a Dios en criatura del hombre. 

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