Por: Julián Martín Ruíz Frutos*
Desafortunadamente mal y peor habla de nosotros vivir cada día y cada vez más entre utopías, mentiras y desfases. Mientras la gente sueña, políticos y dirigentes andan con desmesurada avidez detrás del poder y lo que representa. Se solazan en la hipocresía del poder y la mentira, por lo que muchos creen que políticos y dirigentes eran distintos, pero son iguales. Ambos buscan saciar sus ansias de poder y riqueza, se muestran a la gente como opuestos, pero en las sombras operan juntos. Mientras tanto, el pueblo espera con estoica paciencia que llegue la justicia, la equidad, la igualdad y las oportunidades para todos; y es que las personas viven en medio de utopías, trabajan cantidades soñando con vivir bien o vivir sabroso como alguien dijera.
En cada justa eleccionaria, la gente proyecta utopías, porque tercamente no quiere perder la esperanza de un verdadero cambio, de una verdadera transformación donde los gobiernos administren y hagan gestiones para todos. Esa ilusión es un espejismo que se diluye ante la antorcha encendida de la realidad, como ya dijimos, entre utopías, mentiras y otros desfases. Promesas incumplidas, obras abandonadas, recursos malgastados. No obstante, la esperanza renace, porque en el fondo late la certeza de que otro país es posible, y la sola esperanza no puede ser lo único que nos quede.
Así mismo vemos como hay muchos estudiantes que se esfuerzan por alcanzar una profesión y tener un cargo, un trabajo, un empleo digno; pero cargos, trabajos y empleos dignos no llegan, son solo para los de ellos, hijos y familiares de políticos y dirigentes. Desde hace ya largo tiempo la meritocracia entre nosotros ha sido sistemáticamente pisoteada por la improvisación, el nepotismo y el favoritismo político y hasta sindical. El servicio público dejó de ser espacio para servir con vocación y capacidad, y se convirtió en botín de poder, lo volvieron premio para leales, familiares o amigos, sin importar su preparación. La gestión pública se transformó en un mecanismo para discriminar a quienes no comulgan con el gobierno de turno y, al mismo tiempo, para enriquecerse a costa de los recursos del Estado.
Las mentiras, que con dinero se convierte en verdad, provocan el desgaste de la confianza, tapa la corrupción, culpa a los otros, crea enemigos internos y fomenta la división; por eso, cada promesa vacía no solo engaña hoy, sino que hipoteca la utopía de mañana. Reflexionemos por favor y actuemos en consecuencia.
*Abogado. Especializado en Derecho Laboral. Columnista

