Por: Hernando Pacific Gnecco*
Las recientes pruebas Pisa publicadas demuestran una dolorosa decadencia en la educación; asistimos a un ocaso del pensamiento crítico, de las habilidades comunicativas, a la escasez de criterios propios y a una creciente desigualdad entre las personas privilegiadas y la población vulnerable. El panorama expone involución. El efecto Dunning-Krugger campea; la derrota de la razón es evidente.
Un estudio publicado recientemente en la Revista Perspectives on Psychological Science, muestra que la gente cada vez habla menos en las culturas occidentales individualistas. Observaron cuánto hablaban los 2000 participantes de todas las edades y distintos países como Estados Unidos, México, Australia y varios de Europa; los resultados no sorprenden, aun cuando fueron inesperados. Revisaron los datos recolectados durante 17 años y encontraron una tendencia hacia la disminución de las palabras en la cotidianidad, unas 300 palabras menos cada día; casi 110.000 palabras cada año. Se observa con más intensidad en personas menos de 25 años. Ahora bien: ¿se está transformado el lenguaje verbal en expresión escrita?
Aun cuando los investigadores Valeria Pfeifer y Matthias Mehl se enfocaron en el diagnóstico, concluyeron que el uso excesivo de celulares, internet y redes sociales en las últimas décadas (el mismo problema observado en los resultados de las Pruebas Pisa); es el aislamiento social que estas situaciones causan. La pandemia del COVID 19 seguida del trabajo remoto y la expansión de las tecnologías "sin contacto" reforzó ese retroceso comunicacional. Especularon también que las culturas colectivistas no encajarían con esas 2000 personas individualistas analizadas.
Entre las soluciones propuestas aparecen las más sencillas: hablar con extraños, empezando con los vecinos; pero las reticencias causadas por el cambio de las dinámicas sociales como ciudades crecientes llenas de “extraños” (situación diferente a las de urbes pequeñas, donde todos se conocen), el temor al desconocido o el temor a denuncias de acoso hace que la interacción social decaiga, sumándose factores como los ya mencionados. El asunto no pinta nada bien y, peor, se acrecienta a diario. En las sociedades orientales, las normas de interacción social están marcadas por dinámicas grupales, las jerarquías y el respeto por la privacidad, incluyendo una conversación casual con desconocidos.
Por ejemplo, en Japón existe el concepto de meiwaku (no causar molestias a los demás). Hablarle a alguien sin permiso, inclusive a personas conocidas, interrumpe su tiempo y sus pensamientos, lo cual evitan. En el “primer mundo” crece la tendencia a no interactuar con extraños; en las grandes urbes europeas y americanas con grandes corrientes turísticas, hay temor mutuo entre el visitante y el habitante.
Schopenhauer afirmaba que la inteligencia es invisible para quien no la tiene. Y esto puede explicar la estupidez creciente de nuestras sociedades y de sus dirigentes, así como la de los ídolos de barro y sus seguidores. El problema radica en la interacción de las personas formadas, estructuradas y razonables con quienes demuestran un marcado descenso comunicacional; a una persona inteligente la cuesta muchos tratar con personas de limitada inteligencia y habilidad verbal y viceversa, cosa que termina generando los irracionales conflictos que observamos en todo el planeta. El rechazo mutuo es evidente; no son personas difíciles, sino falta de sintonía.
Junte ahora todos estos factores y estamos ante una bomba de tiempo social ¿Cómo se puede solucionar tan difícil y creciente situación? En el aspecto personal se requiere dominar y reducir la fricción social, y buscar aproximación respetuosa con extraños respetando los códigos sociales; no debemos insistir cuando hay un rechazo. Suena sencillo, pero no lo es. La distancia física y le lenguaje corporal importan mucho; demostrar que no se trata de una amenaza. En el campo social, el trabajo es largo y arduo: desde las primeras fases educativas hay que construir inteligencia cultural y social, adaptabilidad y empatía global; se debe trasladar la creciente interacción social en redes a la vida real, al contacto físico. Hay que entender y aceptar las culturas diferentes; la educación escolar tiene un papel fundamental.
*Médico Cirujano. Especializado en Anestesiología y Reanimación. Docente Universitario. Conferencista. Columnista. hernando_pacific@hotmail.com

