Por: Rubén Darío Ceballos Mendoza*
Cuando algo no está bien y se quiere reparar sin saber y sin poder, todo se vuele peor que al principio. Siempre sucede cuando los mediocres se creen profesionales y no saben por dónde andan, hecho que refrenda al adagio popular que reseña el “No sabe por dónde va tabla”. Duele y da pena decirlo, pero gubernamentalmente estamos llenos mediocres que me recuerdan mucho a aquellos improvisadores que todo lo quieren reparar sin saber y sin poder, remendando burdamente los asuntos importantes de unas administraciones públicas que se deterioran aceleradamente.
País, regiones, departamentos y municipios en su mayoría se muestran decrépitos, s encuentran sumidos en procesos incomprensibles, se han adueñado de ellos la peor mediocridad en una espitar de silogismo irrebatible e ininteligible que conduce, solamente, a que juguemos no es grandes escenarios ni eventos en manera importante, sino en ámbitos menores. Hemos caído en aquello en la refrendación que la mediocridad es, además de todo, también falta de compromiso, poca preparación y escaso talento. No hay definidas posturas sino neutralidades, lo que en sana lógica y por definición es peor que cualquier extremismo, en la afirmación que los peores extremistas son los del medio.
Es esa precisamente y en efecto la mirada del político mediocre, del que está convencido que tiene vocación de servir a los demás, pero no pasa de la soberbia y la pedantería, la mirada oscura y torticera del dirigente sin pudor que se mira al ombligo y nunca más allá de sus narices, solo sienten la necesidad imperiosa de explicar constantemente lo que hacen, para justificar su propia inutilidad, como no puede ser de otra manera, ya que la incapacidad se viste en la contienda prepotente de analfabetas funcionales quienes creyéndose eruditos, no dan para ofrecer las soluciones que se requeridas ni necesarias y diseminan sus carencias por todas partes y todos lados.
Justificable todo lo cual, en la verdad de no saber qué el mediocre está condicionado desde el momento mismo en que nace, lo que además avala que se amalgamen y reúnan en nuestros gobiernos nacional, territorial, departamental, municipal y local, de lo que vemos ejemplos día con día connotando gobiernos que juegan a gobernar sin gobernar y se asesoran de equipos de trabajo peores que ellos, lo que registra como resultado que la mediocridad anuncie fracasos y frustraciones. No olvidemos que la mediocridad es un defecto de la propia sociedad y por lo tanto y, sobre todo, de quienes gobiernan esa sociedad. Ser mediocre es un falseamiento compulsivo que se centra en gran parte en la incapacidad para juzgar objetivamente las propias decisiones; y, no merecemos más sus gobiernos., lo que obliga en adelante y en las actuales circunstancias más que nunca, saber escoger; y, además, saber elegir.
*rubenceballos56@gmail.com Jurista. Especializado en Derecho Penal. Derecho Laboral. Docente Universitario. Conferencista. Columnista
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