SAÚL ALFONSO HERRERA HENRÍQUEZ- abogado. Magister en Derecho Público. 

Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez*

Una política auténtica, testimonial, legítima, certificada, genuina, debe y tiene que manifestar su real vitalidad donde imperan enhiestos debate, deliberación y crítica, escenarios donde les asiste a las personas la posibilidad de expresare negativamente, mediante nones rotundos para asumir la corresponsabilidad del escenario social y combatir la nada y el vacío de una política cifrada por “expertos” que desconocen de plano a los ciudadanos, además de desconocer que toda crisis es en sí misma un estímulo para comenzar de nuevo; y, que todo colapso de una estrategia a corto plazo y de una serie de medidas prácticas, es sin duda una grande oportunidad para repensar la esencia y fundamento mismo de las cosas, sean cuales fueren.

No se ha entendido que la política bien puede morir irremediablemente en cadenas de demasiados diálogos y reflexiones mil y más veces compartidas que la llevan a banalizarla hasta convertirla en barata mercancía. Centrarnos debemos en que la democracia, en definitiva, incluye el antagonismo, además de ser talvez la única forma política que lo requiere, lo presupone y lo institucionaliza porque lo necesita; toda vez que lo que en otros sistemas políticos se percibe como amenaza, ella, la democracia, lo potencia a condición positiva al considerarla norma de su funcionamiento, puesto que la polémica es inevitable, y todo mandato efectivo se logra después de una contienda, vale  decir, por la tensión entre los adversarios, que es el comienzo de la dialéctica Heráclita. 

En política, bueno es recordarlo, debe convencerse y para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesarios son razón y derecho en la lucha. Encontramos además la voluntad, que está y estará siempre entre la razón y el apetito natural. La razón, que llama la voluntad a que siga la virtud y le muestra a tomar fuerza y rigor para acometer cosas difíciles; y, el apetito natural que con sumo deleite la ablanda y distrae, lo que indica la necesidad de obediencia a la razón y sus mandamientos y no seguir malsanas inclinaciones, para alcanzar con mayor fuerza lo mejor y superior en claro beneficio y aprovechamiento colectivo.

Como seres humanos, que provistos, mostrados y demostrados debemos estar de dignidad, importa ser un proyecto de hacernos a nosotros mismos, no una naturaleza prefijada, ya que el libre albedrío es aquel por cuyo poderío el género humano es señor de sí mismo y cada hombre tal cual quisiere hacerse, de forma y manera tal que nuestro numen creador nos permite polemizar con la realidad, nosotros mismos, el prójimo y nuestros objetores, en aras de construir y compartir, lo qie es lo correcto en estricto sentido.

 *Abogado. Especializado en Gestión Pública. Derecho Administrativo y Contractual. Master en Derecho Público. Columnista  

Loading

¿Cómo le pareció el artículo?
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0

Por editor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *