Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*
Durante décadas, Colombia edificó una promesa sencilla y convincente: quien estudia progresa. No era una consigna vacía; respondía a una lógica que, con matices, funcionó. La educación superior era el instrumento de movilidad por excelencia, el puente entre el esfuerzo individual y una vida más estable.
Hoy, esa relación se ha debilitado. No de manera abrupta ni escandalosa, sino silenciosa y persistente. Cada vez con mayor frecuencia, jóvenes formados, con títulos legítimos, en universidades exigentes, encuentran un mercado que no los espera o, peor aún, que no los necesita en los términos en que fueron preparados.
Instituciones como la Universidad Nacional de Colombia o la Universidad de los Andes siguen produciendo profesionales competentes. El problema no está, en lo esencial, en la calidad de la formación. Está en la ruptura entre lo que el sistema educativo ofrece y lo que la economía absorbe.
El fenómeno no es nuevo, pero sí más evidente. A mayor número de egresados, menor capacidad diferenciadora del título. Lo que antes era un privilegio, hoy es una condición básica. El mercado, en consecuencia, eleva sus exigencias: ya no basta con el diploma; se requieren habilidades adicionales, experiencia previa, especializaciones, idiomas, redes.
Se ha producido, en términos simples, una inflación académica. Más educación no siempre se traduce en mejores oportunidades, sino en una competencia más intensa por las mismas posiciones.
A ello se suma una paradoja bien conocida: se exige experiencia a quien apenas inicia. No es una falla anecdótica, sino un síntoma de desorden en la transición entre formación y empleo.
El sistema no ha logrado construir un puente eficaz entre ambos mundos. Las prácticas, cuando existen, suelen ser insuficientes; los primeros empleos, escasos o mal remunerados. El resultado es una generación que, aun cumpliendo con las exigencias formales, queda en una suerte de antesala indefinida.
Conviene decirlo sin rodeos: el mercado laboral colombiano no está diseñado para integrar masivamente profesionales, sino para seleccionar a unos pocos. Esto no responde necesariamente a una decisión deliberada, sino a las características de la economía: baja productividad en varios sectores, alta informalidad y limitada creación de empleo cualificado.
En ese contexto, muchos terminan desempeñando funciones por debajo de su nivel de formación. No por falta de capacidad, sino por ausencia de opciones.
¿Fracaso del sistema? Sería cómodo concluir que todo es un fracaso; pero esa afirmación, aunque tentadora, simplifica en exceso.
El sistema educativo ha cumplido, en buena medida, con su tarea: formar; lo que no ha evolucionado al mismo ritmo es el entorno económico capaz de absorber esa formación.
Hay, por tanto, una desarticulación más que un colapso. Tampoco puede ignorarse que ciertas decisiones individuales inciden. La elección de carreras con baja demanda relativa, la subestimación de habilidades técnicas o la escasa adaptación a nuevas dinámicas laborales son factores que influyen, aunque no explican por completo el fenómeno.
Existe, además, un elemento generacional que merece atención. Para algunos jóvenes, el modelo tradicional, empleo estable, ascenso progresivo, permanencia, ha perdido atractivo. Se buscan alternativas: independencia, flexibilidad, proyectos propios.
No es una renuncia al trabajo, sino una redefinición de sus condiciones. El problema es que esas nuevas formas, aunque legítimas, no siempre ofrecen estabilidad ni protección.
El desafío es menos ideológico de lo que parece y más práctico de lo que se admite. Se requiere una mejor articulación entre formación y empleo, una revisión de la pertinencia de ciertos programas académicos y, sobre todo, una economía capaz de generar más y mejores oportunidades.
Sin ese ajuste, la promesa del mérito seguirá debilitándose, no por falta de valor intrínseco, sino por falta de correspondencia con la realidad.
No estamos ante una generación sin futuro, pero sí ante una generación que enfrenta condiciones distintas a las que se le prometieron. Entre la expansión educativa y la restricción del mercado, se ha abierto una brecha que no puede ignorarse.
Cerrar esa brecha no depende de un solo factor ni de una sola decisión. Pero reconocer su existencia, con sobriedad y sin retórica, es un primer paso indispensable.
*Abogado. Analista. Columnista

