Por: Juvenal Infante*
Uno de los problemas más serios de Colombia -y, en buena medida, del mundo- es la visible devaluación en la calidad humana de muchos de sus dirigentes. Basta observar el tono del debate público, la precariedad de ciertos liderazgos construidos más sobre la exposición que sobre el carácter y la ligereza con que se asumen responsabilidades de enorme trascendencia.
Hay, por supuesto, excepciones. Pero no son, hoy por hoy, la regla. Y es en ese contraste donde adquiere pleno sentido recordar a Jorge Cárdenas Gutiérrez, de cuya partida se cumple un año y en cuya memoria hoy se oficia una misa.

Para mí, Jorge Cárdenas Gutiérrez no fue solo un amigo. Nuestra relación estuvo marcada por el afecto y por una confianza recíproca que el tiempo no hizo sino afianzar, pero, sobre todo, por un sentimiento de admiración y respeto que siempre le profesé. Frente a él tuve la sensación de estar ante un ser excepcional.
Tuve el privilegio de visitarlo con frecuencia y de sostener con él largas conversaciones que siempre dejaban algo valioso. Tenía una serenidad imperturbable y, al mismo tiempo, una curiosidad poco frecuente. Le interesaban todos los temas, y siempre quería entenderlos a fondo.
A mi regreso de largos viajes -China, Corea del Sur, el sudeste asiático, que él conocía bien— quería saberlo todo. Preguntaba, escuchaba y comentaba con una agudeza que nunca dejaba de sorprenderme.
Esa cercanía se ha prolongado, además, con sus hijos y sus familias, lo cual constituye para mí un motivo adicional de gratitud. Ellos son reflejo del hogar que formaron Cecilia Santa María y Jorge Cárdenas, un hogar sólido, donde la rectitud y la generosidad hacían parte natural de la vida.
Recuerdo especialmente nuestras conversaciones sobre Europa del Este. En aquellos años, desde la oficina de Proexpo en Viena, me correspondió promover el intercambio comercial con los países detrás de lo que Winston Churchill llamó la “cortina de hierro”. Eran países que yo visitaba con frecuencia y sobre los cuales le enviaba a Jorge Cárdenas informes periódicos.
También hablamos mucho de Rusia, la antigua Unión Soviética, que conocí bien. Seguía esos temas con una claridad que siempre me impresionó. En más de una ocasión me relató cómo, por encargo del presidente Alberto Lleras Camargo, tuvo un papel determinante en la reapertura y consolidación de las relaciones con Moscú. Lo decía sin énfasis. Bastaba escucharlo para entender la dimensión de lo que había hecho.
Al frente de la Federación Nacional de Cafeteros dejó una huella que el país conoce. Defendió y elevó las condiciones del campesino caficultor, fortaleció una institucionalidad respetada y proyectó el café colombiano en el mundo con dignidad. Fue, además, un fecundo creador de empresas que consolidaron la Federación y fortalecieron a quienes dependían de la actividad cafetera.
Su capacidad de trabajo y su dominio de tantos frentes de la economía productiva, así como de las artes y la cultura resultaban notables, sin que jamás se le viera impaciente o demandante. Recibía, oía y atendía a todos por igual. Pero más allá de sus responsabilidades públicas, lo que realmente distinguía a Jorge Cárdenas Gutiérrez era su manera de asumirlas. Nunca lo vi actuar en función del reconocimiento. No necesitaba hacerse notar. Su autoridad provenía del criterio, de la coherencia y de una forma de entender el servicio. Y eso, hoy, no es poca cosa.
Tenía, además, una vocación genuina de servicio. Fue un hombre guiado por principios humanistas y por una inclinación natural a dar. El dinero nunca fue su motivación. Lo fueron el país, el buen nombre de Colombia, la cultura, la educación y el bienestar de quienes trabajaban con él.
Y es precisamente ahí donde la comparación se vuelve inevitable. Vivimos tiempos en los que la figuración parece haberse convertido en un fin en sí mismo. Se gobierna de cara a la galería, se habla para ser celebrado, se confunde exposición con liderazgo. En ese ambiente, la figura de Jorge Cárdenas Gutiérrez adquiere un valor distinto. Eso es lo que hace falta.
Un gran hombre no es el que más se impone ni el que más visibilidad alcanza. Es el que deja orden, confianza y respeto a su paso.
Un año después, su ausencia se siente. Y su ejemplo permanece, como una referencia alta que el país necesita recordar.
*Economista. Analista Internacional. Asesor de la Rectoría y Director del Centro de Estudios de Asia-Pacífico Universidad Sergio Arboleda

