Por: Hernán Cortés Arboleda*
La hermandad de la gente negra no es un simple concepto de afinidad étnica, es una realidad histórica, cultural y espiritual que nace de una experiencia compartida de dolor, resistencia y esperanza. Ser parte de esta hermandad significa reconocer que las cadenas que alguna vez intentaron romper nuestra humanidad no pudieron romper nuestra esencia. Significa entender que lo que nos une no es únicamente el color de la piel, sino también la memoria de nuestros ancestros, la dignidad con la que se levantaron frente a la opresión y el legado de lucha que heredamos para continuar transformando el presente y el futuro.
La hermandad exige respeto. El respeto es reconocer al otro como legítimo, valorar sus procesos, sus logros y sus formas de construir. No hay hermandad verdadera cuando lo que impera es la competencia destructiva, el egoísmo o el deseo de opacar al hermano para brillar uno mismo. El respeto implica aceptar que cada persona aporta desde su lugar, que no todos caminamos con el mismo ritmo ni en las mismas condiciones, pero todos hacemos parte de una lucha colectiva que requiere unidad más que división.
Ese respeto se acompaña necesariamente del reconocimiento. Reconocer al otro es mirar sus esfuerzos y entender que aún los pasos más pequeños contribuyen a abrir caminos. Cuando se niega ese reconocimiento, cuando se pasa por alto la labor de quienes han entregado su tiempo, su energía y su vida a la causa común, lo que se siembra es desconfianza, resentimiento y fragmentación. Y una comunidad fragmentada se vuelve vulnerable, fácil de manipular y de silenciar.
En este sentido, es necesario advertir sobre el daño que hacen aquellos que solo saben criticar y enjuiciar. La crítica constructiva siempre será bienvenida; incluso es necesaria, porque ayuda a corregir errores y fortalecer procesos. Pero cuando la crítica se convierte en un arma de desprestigio, en un ejercicio vacío que solo busca destruir, desmoralizar o sembrar dudas sobre quienes sí han hecho aportes, lo que se produce es un círculo de estancamiento. Esos juicios constantes, lanzados desde la comodidad de no haber construido nada, son una forma de violencia simbólica que frena el avance de la comunidad.
La hermandad negra no puede darse el lujo de ser devorada por la envidia, la sospecha o el ego. Nuestra historia está marcada por demasiadas pérdidas como para permitir que la falta de respeto entre nosotros mismos repita, de manera interna, las divisiones que desde fuera siempre intentaron imponernos. Necesitamos líderes que reconozcan el valor del otro, necesitamos hermanos y hermanas que celebren los logros colectivos, que sean capaces de tender la mano en lugar de señalar con el dedo.
Construir significa sumar, y solo se suma cuando hay disposición de escuchar, aprender y aportar. Los que nunca han hecho un aporte importante, pero siempre encuentran tiempo para enjuiciar a los demás, deberían preguntarse si su energía no estaría mejor invertida en construir, aunque sea en lo pequeño. Porque al final, lo que quedará de cada uno de nosotros no serán las palabras duras lanzadas contra nuestros hermanos, sino la huella de lo que ayudamos a levantar juntos.
La hermandad de la gente negra es, en última instancia, un llamado a reconocernos mutuamente como portadores de dignidad, de historia y de futuro. Un llamado a recordar que solo en la unidad, en el respeto y en el reconocimiento, podremos transformar nuestro presente y dar testimonio de que somos herederos de resistencia y sembradores de esperanza.
*Dirigente Empresarial. Líder Social, Comunitario y de Derechos Humanos. Columnista
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