Por: Hernán Cortés Arboleda*
A quienes viven del discurso de odio, a quienes culpan siempre al otro de todos los males del país, pero jamás reconocen el daño que ellos mismos han causado, les decimos: esa no es la salida. El odio es un veneno que debilita al pueblo y fortalece a quienes se benefician de su división. Mientras nos señalamos entre nosotros, la corrupción sigue robando, la violencia sigue matando y la pobreza sigue condenando a millones.
En Colombia, el debate político se ha reducido muchas veces a un pulso mediático: Petro contra Uribe, izquierda contra derecha. Pero esa narrativa es una trampa que nos distrae del verdadero conflicto que debemos enfrentar como nación. La disputa central no es entre nombres o colores partidistas, sino contra las raíces estructurales que han mantenido al país atrapado: la corrupción, la violencia y la pobreza.
La corrupción ha vaciado las arcas públicas, ha secuestrado las instituciones y ha convertido el poder en un negocio para pocos. La violencia ha sembrado miedo, dolor y desplazamiento, impidiendo que las regiones desarrollen todo su potencial. Y la pobreza, consecuencia y motor de estas dos realidades, condena a millones a sobrevivir sin dignidad.
Colombia no necesita más culpables inventados, necesita romper de una vez por todas este triángulo maldito. Ese es el enemigo común que nos roba el presente y el futuro, y contra el que debemos unirnos más allá de ideologías y partidos.
Mi visión política parte de esta verdad: el cambio real no es un turno en el poder ni una pelea de nombres, es la transformación profunda de las estructuras que nos han condenado al atraso. Creo en una Colombia unida, justa, en paz y próspera, donde la política sea compromiso con el bien común y donde la dignidad de nuestra gente sea la brújula de cada decisión. Ese es el camino que propongo y la causa a la que dedico mi vida.
*Dirigente Empresarial. Líder Social, Comunitario y de Derechos Humanos. Columnista
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