hernan-cortes arboleda / Dirigente Empresarial. Líder Social, Comunitario, Derechos Humanos. Columnista 

Por: Hernán Cortés Arboleda*

Pensar la lucha negra exige mirar más allá de los marcos conceptuales impuestos por Occidente, incluso de aquellos que se proclaman progresistas o liberales. No se trata de despreciar el pensamiento crítico que ha surgido en esas tradiciones, sino de reconocer que la historia, los dolores y las esperanzas de la gente negra en América no pueden reducirse a categorías ajenas a nuestra experiencia vital. Nuestra lucha tiene raíces propias, nacidas de la memoria colectiva de los que fueron arrancados de África, del cimarronaje como mandato político de libertad y de los palenques como las primeras naciones negras en territorio americano.

El cimarronaje no fue solo fuga, fue proyecto político. Fue la decisión radical de no aceptar la esclavitud como destino y de crear espacios donde la libertad no fuese un ideal abstracto, sino una práctica cotidiana. Los palenques fueron escuelas de autonomía, de autogobierno, de organización social, cultural y espiritual. Fueron, en toda su dimensión, la primera declaración de independencia de los pueblos negros en América. Y es allí donde debemos volver la mirada para pensar nuestra identidad y proyectar la libertad plena que aún nos debemos.

La identidad negra no es simple color de piel: es cosmovisión, es espiritualidad, es ancestralidad, es memoria de resistencia. Cuando hablamos de libertad, no podemos limitarnos a la idea occidental de derechos individuales. Nuestra libertad tiene un carácter colectivo y comunitario; significa recuperar la dignidad negada, reconstruir la soberanía cultural y política, y romper todas las cadenas que persisten bajo nuevas formas: el racismo estructural, el patriarcado que oprime a nuestras mujeres, y el capitalismo que nos empobrece y nos margina.

Por eso es necesario afirmar un horizonte panafricanista, antiracista, antipatriarcal y anticapitalista. El panafricanismo nos recuerda que nuestra lucha no es aislada, que forma parte de un mismo grito de libertad que une a la diáspora en todo el mundo. El antirracismo nos lleva a confrontar la violencia histórica que nos ha deshumanizado, el antipatriarcado nos llama a desmantelar la opresión interna que heredamos del colonialismo y que atenta contra nuestras propias hermanas, y el anticapitalismo nos invita a imaginar economías para la vida, para el cuidado, y no para la acumulación.

Seguir pensando la libertad negra desde teorías occidentales, aunque se disfracen de emancipatorias, es correr el riesgo de seguir atrapados en marcos que nunca fueron diseñados para nosotros. Nuestra emancipación no vendrá de los libros de las élites europeas, sino de la memoria de Benkos Biohó, de las mujeres palenqueras que sostuvieron la vida en la resistencia, de las luchas de Fanon, Cabral y tantos otros que entendieron que la colonización no era solo una dominación externa, sino también una cárcel mental.

La tarea que tenemos hoy es la de reconstruir la hermandad negra desde esos fundamentos: cimarronaje como desobediencia creadora, palenques como proyecto de nación, panafricanismo como horizonte común, y libertad plena como propósito. Solo así podremos honrar a quienes lucharon antes que nosotros y abrir caminos a las generaciones que vendrán. La libertad negra no es un punto de llegada, es un proceso vivo que nos convoca a repensarnos y a levantarnos juntos.

 *Dirigente Empresarial. Líder Social, Comunitario y de Derechos Humanos. Columnista 

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