Por: Guillermo Barreto Vásquez*
Recuerdo haber visto la película El sitio de Siracusa cuando tenía trece años, en el viejo teatro Maribud de El Banco, acompañado de mi hermano Javier, Gustavo Laino y de Humberto Pisciotti. Lo que más me impresionaba no eran solo las murallas ni la figura solemne de Arquímedes, sino la música que acompañaba el ataque de los galeones: un estruendo orquestal que hacía vibrar las paredes del teatro y me dejaba con la sensación de estar allí, en medio de un mar sacudido por la guerra. Aquella escena de barcos aproximándose, con grandes catapultas que vomitaban fuego, que parecían caer dentro del teatro, quedó grabada en mi memoria como una metáfora temprana del poder y de la resistencia.
El sitio de Siracusa (214–212 a. C.), llevado a cabo por Roma durante la Segunda Guerra Púnica, fue un asedio clásico: la potencia dominante buscaba controlar Sicilia y castigar a la ciudad por su alianza con Cartago. El genio de Arquímedes retrasó la caída con máquinas defensivas que aún hoy parecen prodigiosas. Sin embargo, Roma terminó imponiéndose, saqueó la ciudad y transformó su independencia en sometimiento. El eco de ese episodio fue doble: la grandeza de la resistencia y la inevitabilidad de la absorción por el imperio.
Hoy, en el siglo XXI, el asedio adopta otras formas. Estados Unidos ha cercado a Venezuela mediante sanciones financieras, restricciones comerciales y bloqueo energético. A esta presión se suma la narrativa del narcotráfico, con acusaciones de que la élite gobernante participa en el tráfico de drogas hacia territorio norteamericano. Esa acusación cumple la misma función que en la antigüedad cumplían las alianzas “ilegítimas”: ofrecer un argumento moral para justificar el cerco. Pero el trasfondo real se mantiene: el control de recursos estratégicos, la geopolítica del Caribe y la disputa por la hegemonía global.
Este asedio moderno se ejerce desde los límites internacionales: no son legiones sitiando murallas, sino bancos, puertos, corredores financieros y organismos multilaterales desde los límites internacionales condicionados para aislar a un país. La exclusión no se mide en catapultas lanzadas sobre murallas, sino en cargueros que no llegan, en medicinas que no entran, en barriles de petróleo que no se venden. A ello se suma un cerco intangible pero igual de eficaz: el control de la información a través de Internet, la manipulación de narrativas en redes sociales y ahora la influencia de la inteligencia artificial, que multiplica discursos, filtra realidades y moldea percepciones, convirtiendo el aislamiento en un fenómeno no solo material, sino también simbólico y mental.”
En medio de esta confrontación, Colombia ocupa un lugar singular. Por un lado, su frontera extensa con Venezuela la convierte en receptor directo de las consecuencias del bloqueo: migraciones masivas, crisis humanitaria, tensiones militares y economías fronterizas distorsionadas por el contrabando. Por otro, su alineamiento histórico con Washington la sitúa como aliada del asedio, una suerte de “bastión romano” en la frontera de la confrontación. Colombia no controla la lógica de esta guerra económica, pero padece sus efectos y los multiplica hacia su propio interior.
El paralelo es claro: así como Siracusa cayó bajo el peso de Roma, Venezuela enfrenta un cerco desde la frontera que busca quebrar su soberanía. Y así como las ciudades vecinas sufrieron en la antigüedad las consecuencias del conflicto entre imperios, hoy Colombia se encuentra atrapada en la línea de fuego de una confrontación que trasciende su capacidad de decisión.
En definitiva, tanto en la antigüedad como en la actualidad, los asedios revelan más que una estrategia militar o económica: son una radiografía de las tensiones entre imperio, resistencia y frontera. Lo que vivieron los habitantes de Siracusa —el hambre, el miedo y la incertidumbre bajo el asedio romano— es hoy la experiencia del pueblo venezolano: familias que resisten mientras el cerco externo encierra su vida cotidiana.
Y aquel recuerdo adolescente en el teatro Maribud —los barcos avanzando con música que estremecía el aire— se transforma hoy en una imagen viva: los asedios cambian de forma, pero la sensación de amenaza y de encierro sigue siendo la misma, en el tiempo y en mis recuerdos.
*Economista. Gestor Cultural.
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Guillo una vez más, lumbrera de un mundo aún en oscuridad por seguir el mal como herramienta para un buen vivir por grupos selectos que creen que pueden y tienen derecho a la libertad de los pueblos.
Excelente y aterrizado artículo, felicitaciones Maestro y amigo, un saludo especial desde la península ibérica
Un análisis bastante aterrizado de lo que está sucediendo en nuestros países revela una realidad compleja y multifacética. Aunque el hombre y la historia evolucionan constantemente, sus conflictos parecen perpetuarse en un ciclo interminable. A pesar de los avances y progresos, las mismas problemáticas y desafíos siguen surgiendo una y otra vez.
Los gringos se creen los romanos de hoy y los asedios a países que no piensan ni actúan como ellos son asediados, invadidos saqueados y destruidos.
los gringos son la pandemia de siempre!
nojoda Guillo…una gran lección del pasado para los modermos criticos de la real situación de Venezuela que toman posiciones políticas, desconociendo la verdad.
Felicitaciones por ese escrito.
EXCELENTE GUILLO, COMO TODO LO QUE HACES.
Maravillosa similitud, que nos llega a concluir que los tiempos cambian, pero los intereses permanecen. Gracias Barreto