Por: Dinhora Luz Sierra Peñalver*
Hay urbes que se erigen sobre la promesa luminosa del porvenir, que caminan hacia adelante impulsadas por la voluntad de ser; en tanto, otras, se sostienen apenas sobre el vago resplandor de lo que alguna vez fueron, aferradas a la bruma de un pasado que se resiste a morir. Riohacha, noble y silente, pertenece a esta segunda estirpe: no avanza, no retrocede… simplemente permanece; como esas ruinas que el tiempo contempla con una reverencia melancólica, no porque aún tengan algo que ofrecer, sino porque ya nada puede arrebatárseles.
Su drama más profundo no es la precariedad ni la ausencia de progreso visible; es algo más sutil y devastador: la domesticación de su espíritu. Aquí, la escasez ha dejado de ser una circunstancia pasajera para convertirse en seña de identidad. El abandono ya no escandaliza: se ha institucionalizado como costumbre. La falta de agua —esa humillación elemental que cualquier sociedad despierta consideraría intolerable— se ha normalizado como quien acepta una herencia ingrata y la arrastra sin queja hasta el final de los días.
El desorden vehicular no es, en esencia, un problema de movilidad, es una metáfora de la anarquía íntima que define el alma urbana. En sus calles, cada quien avanza como puede, donde la ley es un eco lejano y la autoridad una silueta borrosa. Es la ley del más audaz, del más rápido, del que más temprano renunció a la esperanza de un orden común. Una ciudad que ha hecho del caos su coreografía diaria, como si convivir fuese un lujo prescindible y sobrevivir, el único mandamiento.
Pero quizás el pecado más imperdonable de sus dirigentes no radica en lo que han hecho, sino en lo que no se han atrevido a soñar. Porque Riohacha —bendecida por la geografía, la historia y la cultura— posee un patrimonio capaz de sostener una economía turística vibrante: playas doradas que besan el mar, tradiciones ancestrales, una gastronomía rica, una artesanía viva, una identidad que podría deslumbrar al mundo. Y, sin embargo, todo ese tesoro yace subutilizado, empolvado en folletos olvidados y en discursos recurrentes que nunca cruzan el umbral de la intención.
Mientras otras capitales caribeñas trazan su ruta hacia la modernidad, levantan obras de envergadura y renuevan su rostro ante el mundo, Riohacha se obstina en una postal desvaída. No es que no pueda cambiar, es que ha aprendido a no desearlo. Y esa, quizá, sea la forma más sofisticada y cruel de la decadencia.
El guajiro, orgulloso, altivo, depositario de una historia luminosa, ha sido condenado a ejercer su grandeza en el ámbito individual, nunca en el colectivo. Cada elección se convierte en un acto de fe; cada promesa política en un suspiro que se disuelve antes de tocar el suelo. Así, generación tras generación, la esperanza se fosiliza, se vuelve costumbre en lugar de estrategia, anhelo sin forma, vigilia sin amanecer.
Pero sería un error atribuir este letargo a un designio del destino. El atraso no se perpetúa por fatalidad, sino por consentimiento. Es esa resignación silenciosa la que convierte al ciudadano en un espectador anestesiado de su propia decadencia. Riohacha no necesita arengas huecas ni inauguraciones efímeras, necesita una insurrección moral; requiere urgentemente un temblor íntimo que sacuda las conciencias, que incomode la costumbre, que rompa con ese pacto implícito que ha normalizado la mediocridad.
Porque una ciudad que se acostumbra a la inmovilidad no permanece estática, se hunde. Y cuando se hunde una capital, no se pierden solo sus calles, sus parques o sus edificios; se disipa también la memoria de lo que pudo haber sido. Riohacha aún puede salvarse de sí misma. Pero el tiempo —ese juez severo que no concede indulgencias— no espera a los que dudan.
¿Cómo se explica, si no, que una tierra forjada por la dignidad ancestral de los pueblos indígenas, por la resistencia del desierto y la generosidad del mar, haya caído en la trampa de la pequeñez política y la resignación cotidiana? ¿Cómo se explica que la cuna de una cultura vibrante se conforme con sobrevivir al margen de su propia historia? ¿Qué hechizo sutil ha logrado que un pueblo tan lleno de identidad viva sin proyecto y sin propósito?
El problema no es que falten recursos, es que sobran excusas. No es que no haya ideas, es que no hay voluntad de ejecutarlas. Riohacha no ha sido derrotada por la adversidad, sino por la costumbre de soportarla. La mediocridad, cuando se instala como norma, se vuelve más corrosiva que la miseria. Y cuando una sociedad aprende a aplaudir lo mínimo como si fuera lo máximo, comienza a olvidar lo que realmente merece.
Y acaso el mayor dolor es este: que los niños de Riohacha crezcan creyendo que esto es normal; que vivan la escasez como una herencia natural; que acepten el abandono como un paisaje inalterable. Una ciudad que no ofrece horizontes enseña a mirar al suelo. Y cuando se educa a las nuevas generaciones en la lógica de la resignación, no se les roba solo el presente, también se les arrebata el derecho al futuro.
Riohacha no necesita compasión; necesita coraje; coraje para mirar su reflejo con crudeza; coraje para romper con el miedo de imaginarse distinta; coraje para exigir, para construir, para reclamar un destino a la altura de su historia. Porque quien no se indigna, no despierta. Y quien no despierta, se pierde. Y esta tierra, tan vasta, tan rica, tan honda, no puede permitirse desaparecer sin haberlo intentado.
*Abogada. Analista. Columnista
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Excelente pluma. Gran artículo.
Felicitaciones a la columnista.