Por: Miguel Enrique Bayter Bayter.
Nadie que haya tenido el privilegio, o el suplicio, de leer a Carlos Marx puede dudar de dos cosas: que era un hombre inteligentísimo y que fue, al mismo tiempo, uno de los más perniciosos fabricantes de ruina moral y económica que haya parido la modernidad. Esa paradoja monstruosa, la del genio que siembra catástrofes, tiene en el alemán barbudo su epítome más fiero.
Marx fue, ante todo, un ideólogo de escritorio. Como todo revolucionario de salón, se dedicó a odiar el capital mientras vivía de lo ajeno. Jamás manejó una empresa, nunca dio empleo a nadie, no supo lo que era generar riqueza y, por supuesto, se dio el lujo aristocrático de despreciar a quienes sí lo hacían.
Le escribía al proletariado desde las bibliotecas londinenses, alimentado por la caridad de Engels, que curiosamente se enriquecía con una fábrica. Ah, el delirio marxista: morder la mano que da de comer, pero sólo después de haberse empachado.
En su obra catedralicia, El Capital, mamotreto ilegible que muchos citan, pero pocos han leído, Marx se lanza a desentrañar los “misterios” de la economía con una pomposidad que habría hecho palidecer de envidia a los profetas de Delfos. Lo suyo no fue una crítica al sistema, sino una prédica apocalíptica en la que el capitalista es el demonio, la plusvalía es el pecado original, y la revolución es el juicio final. Todo envuelto en una jerga tan opaca que sólo los iniciados, o los desesperados, logran fingir comprensión.
El marxismo es, ante todo, una herejía convertida en doctrina; ha sido el opio de los intelectuales de medio pelo. Les permite odiar a los ricos sin renunciar a sus cafés parisinos, denostar al sistema mientras se embriagan con sus beneficios. A Marx hay que agradecerle el haber inventado la coartada perfecta para el fracaso: si no tienes éxito, no es culpa tuya, es culpa del sistema. ¡Qué alivio para las mediocridades del mundo!
Y no nos engañemos, Marx no fue un filósofo, fue un resentido ilustrado. Su teoría es una venganza contra la prosperidad ajena, una cruzada contra el mérito, un canto fúnebre al esfuerzo individual. En su universo, todos deben ser iguales, aunque sea en la miseria.
Porque el marxismo no eleva a nadie; lo que hace, como el ácido, es corroer hasta disolver toda diferencia, incluso la legítima. Pero lo peor no fue Marx, sino su posteridad. A su sombra han surgido los tiranos más crueles del siglo XX: Lenin, Stalin, Mao, Pol Pot… Todos ellos hijos devotos del barbado de Tréveris, todos ellos ejecutores fervorosos de su sueño igualitario que, como era previsible, acabó en pesadilla. Marx no mató a nadie con sus manos, pero sus ideas lo hicieron por millones.
Y, sin embargo, ¡oh ironía siniestra!, su rostro adorna camisetas, sus frases se tuitean con fervor adolescente, y sus seguidores, revolucionarios de iPhone, siguen creyéndose vanguardia mientras repiten letanías caducas. Marx vive, dicen. Y sí, vive. Vive como todo mito: ajeno a la verdad, blindado al fracaso, inmune a la razón.
Carlos Marx, en definitiva, no fue el mesías del pueblo, sino su verdugo con bata de profesor. Un predicador del odio disfrazado de redentor. Un fabricante de esperanzas falsas para incautos crónicos. Su legado no es una utopía incumplida, sino una ruina documentada. Pero tranquilos, la historia, con su elegancia cruel, termina siempre por ajustar cuentas. Y Marx, tarde o temprano, encontrará su lugar. No entre los sabios, sino entre los encantadores de serpientes.
*Abogado. Escritor. Analista. Columnista
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