Por: Anny Margarita Herrera Villa*
El país, podría decidir si quiere seguir atrapado en problemas del pasado o comenzar a mirar, con seriedad, con mucha seriedad los desafíos del mañana; digo lo cual, toda vez que me asalta, además de tener, la percepción que muchos están preocupados por perder lo que tienen: empleos, formas y métodos con los que producen, compran y venden, con lo que generan riqueza y sus profesiones, con la transformación que el porvenir inmediato nos impone con el avance y democratización de la Inteligencia Artificial; ejemplo de ello lo que viene aconteciendo en los mercados financieros internacionales que parece extenderse del ciudadano y empresario común a las grandes multinacionales, ya que los mercados y quienes los mueven reaccionaron de forma visceral y desordenada; casi primitivamente; siendo lo cierto que ello está afectando a las bolsas de valores y obligando a sacrificar a gigantes de la economía, la plata, el oro, los grandes índices bursátiles y, de manera particular a las empresas tecnológicas, que cayeron al mismo tiempo, como si alguien hubiera encendido una alarma que nadie ha sabido sofocar aún.
Hay un inusitado nerviosismo, toda vez que lo cual no obedece a guerras, pandemias, atentados terroristas o quiebras bancarias sistémicas. El detonante, dicen los expertos, es algo mucho más inquietante: la Inteligencia Artificial. No la IA como herramienta aislada, sino lo que representa como fuerza disruptiva capaz de alterar de raíz, los equilibrios sobre los que se construyó buena parte de la economía digital en los últimos decenios. El mercado no le teme a la tecnología; le teme a sus consecuencias. El verdadero temor no es que la IA exista, igual sostienen los entendidos, sino que funcione demasiado bien. Que piense, aprenda, optimice y resuelva problemas complejos con una velocidad y precisión que el ser humano no puede igualar. El miedo, o más bien el pánico, surge cuando los inversionistas comienzan a calcular el daño colateral: cuando ese miedo del individuo común se traslada a las grandes esferas, industrias enteras que podrían volverse prescindibles, modelos de negocio que perderían sentido y millones de empleos que podrían desaparecer sin una transición clara ni ordenada.
Durante decenios, la industria tecnológica se ha sostenido sobre un bien escaso y altamente valorado: el talento humano especializado, particularmente los programadores y codificadores. Hoy, la IA comienza a escribir código, depurarlo, optimizarlo y adaptarlo en tiempo real. Conforme esta tecnología se perfeccione, la necesidad de contratar ejércitos de coders disminuirá drásticamente, si no es que desaparecerá por completo en ciertos segmentos. En pocas palabras: la IA no sólo automatiza tareas, desplaza mano humana y amenaza con extinguir industrias enteras tal como las conocemos.
Este escenario parece muy lejano; inclusive, cuando escucho a los jóvenes que ingresan a la universidad a estudiar alguna de las carreras ya no tan esenciales, y pienso si tendrán espacio siquiera para ejercerla en el futuro cercano. Lo podemos ver como lejano, abstracto o incluso ajeno para quienes vivimos en un país atrasado como el nuestro, al que simplemente no le interesa invertir en tecnología, esclavizado por prácticas del pasado. Nuestro país, triste y paradójicamente, avanzan en sentido contrario a la evolución del mundo. Mientras los países desarrollados enfrentan el vértigo de un futuro que se acelera, nosotros padecemos el efecto opuesto: la estupidez natural. Allá discuten cómo regular algoritmos, proteger empleos del mañana y redefinir la relación entre humanos y máquinas. Aquí seguimos atrapados en debates rudimentarios, en soluciones improvisadas y en una peligrosa normalización del atraso.
Es riguroso, más no por ello es falso. Creo que muchos de los problemas que hoy nos consumen pertenecen, en realidad, a otra era. Son problemas del ayer. Luchamos contra la inseguridad, la violencia y la impunidad como si estuviéramos condenados a repetir eternamente las mismas batallas. Nos desangramos en discusiones básicas sobre el Estado de derecho, mientras otras naciones debaten cómo evitar que una inteligencia no humana concentre poder económico, político y social sin precedentes. La paradoja es brutal. Mientras el mundo desarrollado se pregunta qué hará con una tecnología capaz de sustituir al ser humano en tareas cognitivas complejas, el país sigue sin resolver lo elemental: seguridad pública, justicia efectiva, instituciones funcionales y educación de calidad. Nadamos en aguas del pasado mientras el resto del planeta viaja a velocidad supersónica hacia un mañana que a nadie espera.
No obstante, el punto de vista de los grandes expertos sobre la IA no es tan cruel. Lo que hoy provoca pánico en los mercados es una oportunidad histórica. La IA será una herramienta extraordinaria para países que decidan subirse a tiempo al tren del porvenir., ya que potenciará los sistemas de salud, optimizará procesos productivos, robustecerá la educación y ayudará a combatir la corrupción y la impunidad si se utiliza con inteligencia, voluntad y decisión política. El problema no es la tecnología; el problema es la incapacidad de comprenderla y gobernarla, y que los gobernantes dejen de saquear las arcas del país. Escuchar en el mundo actual la complejidad de la IA y sus efectos, para regresar al pasado y leer en las noticias de necesitamos más recursos, es definitivamente inadmisible, sobre todo cuando sabemos que se los han robado.
Al país la IA la agarra con los calzones abajo y en consecuencia, ahondará desigualdades porque no contamos con políticas públicas serias, transición laboral responsable ni visión de largo plazo; t por ende, nos quedaremos rezagados porque no estamos preparados y se consolidará el poder en manos de quienes controlen los datos, los algoritmos y la infraestructura tecnológica, que claramente no somos nosotros. El movimiento de los mercados es una advertencia, ya no sólo en las mesas de familia y amigos. Soñemos y pensemos que la IA para nosotros como país es un espejo incómodo que nos obliga a preguntarnos reiteradamente la Colombia que queremos que sea. La tragedia será que, cuando el mundo termine de redefinirse, y nosotros sigamos discutiendo lo básico, sorprendidos de haber quedado, una vez más, del lado equivocado de la historia. Cuando eso pase, la culpa será de la vaca.
*Ingeniera Industrial. Especializada en Proyectos de Desarrollo

