Por: Dinhora Luz Sierra Peñalver*
En esta Colombia de fuegos latentes y pasiones incendiarias, donde el odio se traviste de ideología y la cobardía se disfraza de noble causa, hemos sido testigos de un episodio que duele como bofetada revestida de doctrina, y que nos recuerda, con la crudeza de lo inevitable, que la violencia jamás se ausentó: simplemente aprendió a camuflarse tras nuevos emblemas.
Miguel Uribe Turbay, joven senador de maneras firmes y espíritu antiguo, ha sido víctima de esa forma moderna de violencia que se esconde tras consignas y se disfraza de justicia. Una violencia que no sólo amenaza con balas, sino que persigue con discursos, aísla con silencios, y ejecuta con la frialdad calculada del descrédito.
El atentado del que fue objeto, que algunos, con sospechosa ligereza, intentaron reducir a un mero incidente. no fue únicamente un ataque contra su humanidad. Fue, en esencia, una afrenta directa a la arquitectura ya resquebrajada de nuestra institucionalidad. Es preciso decirlo sin ambages: en tiempos de revolución soterrada, las balas no sólo buscan cuerpos, buscan callar almas.
Miguel Uribe no es un político más. Representa, para muchos, una reserva moral en un país que aplaude el desorden con entusiasmo casi ritual. Su verticalidad incomoda, su integridad irrita. No por lo que hace, sino por lo que simboliza: la posibilidad de una política que no se entrega a la indignación fácil ni se arrodilla ante los ídolos del resentimiento.
Este atentado, más allá de sus circunstancias inmediatas, revela algo más profundo y alarmante: la consolidación de un clima de intolerancia, en el que pensar distinto se convierte en un riesgo, y defender la legalidad en un pecado. La Colombia que describía, con dolor y lucidez, Álvaro Gómez Hurtado como una república dividida, hoy parece una nación donde se ha perdido incluso la voluntad de escuchar al otro sin desear su destrucción.
Resulta llamativo, por no decir escalofriante, el silencio sepulcral de ciertos sectores. La izquierda, tan diestra en levantar la voz ante agresiones cuando la víctima le es funcional, hoy calla. Y ese silencio, tan espeso y calculado, es también una forma de violencia. ¿Dónde están los que, con vehemencia, proclamaban que toda vida vale? ¿O acaso la vida de Miguel Uribe se devalúa por no suscribir el evangelio ideológico del régimen?
No debemos permitir que este hecho se diluya entre titulares pasajeros ni que se catalogue como “aislado”, esa fórmula cobarde con la que muchas veces el Estado se lava las manos. No. Este atentado es el síntoma de una enfermedad más grave: la degradación moral de una sociedad que comienza a justificar la barbarie cuando le conviene políticamente.
Miguel Uribe, con su palabra serena y su compostura sin aspavientos, encarna esa Colombia que aún no se rinde. Esa Colombia que se mantiene de pie entre la confusión y el miedo, que cree en las instituciones no como reliquias del pasado, sino como cimientos de una convivencia civilizada. Una Colombia que no aplaude a quien grita más fuerte, sino a quien resiste con dignidad.
Es imprescindible alzar la voz. No únicamente por él, sino por lo que representa: la defensa del disenso como expresión de salud democrática, la urgencia de proteger la vida como principio absoluto, la necesidad de que el ejercicio político recupere el decoro que jamás debió perder.
Porque si la violencia se convierte en lenguaje político, lo que se impone no es el diálogo, sino la dominación. Y si el odio sigue marcando el ritmo, no será el pueblo quien gobierne, sino el miedo.
Miguel Uribe Turbay no se doblega, y en ello radica su verdadera fuerza. Por eso le temen. Porque no grita, pero no calla. Porque no complace, pero tampoco se entrega. Como los hombres que provienen de una estirpe ética, incomoda, porque no se arrodilla, y desafía, porque piensa con libertad y sin licencia.
Y es que en tiempos donde la mentira se disfraza de prudencia y el cálculo se impone sobre el coraje, tal vez el acto más revolucionario sea, simplemente, decir la verdad… con voz clara y sin pedir permiso.
*Abogada. Escritora. Analista. Columnista
![]()

