Por: Carlos Martínez Simahan*
Estamos observando el lento pero inexorable declive de las organizaciones multilaterales.
Las empresas de inteligencia artificial están compitiendo de manera acelerada en desarrollarla y dotarla mejor para que sus ya inmensas capacidades se multipliquen. Estoy entre los que afirman que la inteligencia humana nunca será superada por las máquinas que esa misma inteligencia ha creado y creará. Sin embargo, el debate se ha intensificado en estos días: ¿El hombre ha inventado algo que no puede controlar? ¿O “el peligro real puede estar en las intenciones o decisiones de quienes la diseñan, financian y utilizan”?
El mundo se interroga con preocupación, hasta el punto que Donald Trump, presidente de la mayor potencia del mundo, reunió en la Casa Blanca a directivos del sector tecnológico: Mark Zuckerberg, Jensen Huang, Elon Musk, Sundar Pichai, Bret Taylor, Greg Brockman, Dario Amodei y Jeff Bezos.
Las noticias de la reunión no han trascendido, pero se sabe de las complejas exposiciones de los asistentes. El resultado es claramente desalentador. “Ellos prometieron autorregularse. Se van a controlar a sí mismos”, afirmó, con un candor más que preocupante, el presidente Trump. ¿El optimismo se debe a la ventaja que, en esa materia, lleva Trump a los demás líderes mundiales?
Ahora, la pregunta que surge es obvia: ¿se someterán las máquinas de IA a la autorregulación? En un mundo que se mueve por la competencia cada vez más veloz, no son creíbles la pasividad y el freno a los logros de la superinteligencia.
¿Qué dice China, la gran potencia asiática?, Con el finísimo lenguaje diplomático que siempre utiliza XI Jinping, afirmo: “Tenemos tanto la capacidad como la responsabilidad de desarrollar y gestionar la IA para el bien común y garantizar que su desarrollo esté siempre bajo el control humano”.
Sin duda, estamos ante una fase de la existencia humana que puede conducirnos tanto al paraíso como al regreso a las cavernas. ¿Caminamos hacia el apocalipsis, hacia la destrucción total, o nos elevamos a un mundo feliz donde no existan el hambre ni las sed ni las guerras?
Es evidente que no me resisto a hablar desde el deseo. Son tantas las posibilidades de la inteligencia humana de acertar que debemos recordar que recibimos, desde los comienzos, con Noé, la paloma con la rama de olivo entre su pico.
Apenas ayer nos asustábamos con las posibilidades de autodestrucción de la energía atómica, que dejó su huella letal en Hiroshima y Nagasaki. Esos ataques no se han repetido, aunque las perfeccionadas armas convencionales han producido más muertes y desolación.
Lo cierto es que en la cúspide del poder hay poca grandeza. Se vive con la tensión de superar al rival en todos los escenarios de la historia presente. Los acuerdos de las potencias nunca se ocupan del sufrimiento del ser humano contemporáneo: hambre, sed, deportaciones, insalubridad, carencia de techo y hasta carencia de una patria. Las escenas trágicas se multiplican en toda la extensión del planeta y no aparecen los grandes conductores que se dediquen a erradicar tantos males, en lugar de estar compitiendo por un pedazo pasajero de poder.
Estamos observando el lento pero inexorable declive de las organizaciones multilaterales, que se ahogaron en la burocracia y en comunicados intrascendentes que ocultan el verdadero drama de la vida humana sobre la Tierra.
Pero, con la ilusión que nace al andar sobre este planeta y con las posibilidades que ofrece la inteligencia artificial, cuando el hombre supere infinitamente al hombre, como pedía Pascal, abramos las puertas de la esperanza en la paz universal.
*Abogado. Ex Congresista. Dirigente Político. Analista. Columnista

