Por: Andrés Molano*
Lo que las organizaciones internacionales necesitan es una crítica útil, pragmática, realista y propositiva, no dogmática.
La vida internacional contemporánea sería prácticamente imposible sin organizaciones internacionales. No sólo en cuanto se refiere a las relaciones entre los Estados, a la negociación y regulación de asuntos y desafíos transnacionales (esos que no reconocen fronteras ni distinguen entre jurisdicciones), a la práctica del multilateralismo (que encuentra en ellas una de sus expresiones más refinadas). También múltiples aspectos de la vida cotidiana de los individuos y las comunidades están vinculados, de manera más o menos visible, a las organizaciones internacionales: los códigos que identifican a los aeropuertos, el peso de los kilogramos y la longitud de los metros, la denominación de origen y los derechos de propiedad de los autores sobre sus creaciones; por no hablar de otros de más envergadura -desde la protección de los derechos humanos hasta la acción contra el hambre y la masificación de la vacunación-. A estas alturas de la historia, si no hubiera organizaciones internacionales simplemente habría que inventarlas.
Pero una cosa es reconocer eso y otra ejercer de defensor de oficio de las organizaciones internacionales. Sus fallas, limitaciones, defectos y problemas son notorios -aunque a veces no estén en realidad allí donde más parece que residen y donde más reparos suscitan-. Y, sin embargo, tampoco es honesto asumir el papel de crítico recalcitrante. Aquello raya con el fetichismo y esto con la tozudez.
Algunas organizaciones internacionales acusan síntomas de franca obsolescencia. No es menos cierto que también se ha producido una “hiperinflación” que ha derivado en duplicidad de funciones, solapamiento de competencias, y en una ineficiente distribución de recursos escasos. La burocracia internacional, necesaria como es para que cumplan su tarea, tiende a la expansión y a la inercia -como ocurre en cualquier otro tipo de organización-.
La transparencia no es el rasgo más característico de muchos de sus procedimientos, tanto administrativos como operativos. La contribución de los Estados al sufragio de los costos de su funcionamiento no siempre es razonable ni proporcional. La proliferación de mandatos y el desbordamiento (incluso extralimitación) de los que les son más propios pasan factura a su eficacia y su legitimidad y alimentan comprensibles recelos. En ciertas ocasiones resulta justificable poner en entredicho su neutralidad -una presunción que constituye uno de sus principales valores agregados-. Este inventario no pretende ser exhaustivo…
Pero acaso el principal defecto que se reprocha de las organizaciones internacionales no es ni siquiera suyo: estriba en el hecho de que en no pocas ocasiones se espera y exige de ellas lo que no está en su naturaleza hacer ni proveer. Las organizaciones internacionales no lo son de policía, mucho menos de gobierno mundial. Tampoco son sustitutos ni agentes subsidiarios (sin perjuicio de algunas y muy restringidas excepciones) de los Estados y los gobiernos nacionales, de su voluntad o sus capacidades.
Lo que las organizaciones internacionales necesitan es una crítica útil, pragmática, realista y propositiva, no dogmática (en cualquier sentido) ni oportunista, tampoco resignada ni evasiva. No es momento de dilapidar, ni mucho menos liquidar, un patrimonio que ha costado tanto construir y cuyo saldo, a pesar de las cuentas pendientes, es sustancialmente favorable.
*Analista y profesor de Relaciones Internacionales

