Por: José Manuel Herrera Brito
La mentira es una afirmación contraria a la verdad que se realiza con la intención de engañar a alguien; también concepto que tiene connotaciones negativas desde el punto de vista moral y se entiende como un mecanismo biológico para la supervivencia y la integración social; de ahí que para que sea una mentira, el hablante debe saber que lo que dice no es cierto y aun así comunicarlo, ya sea para obtener una ventaja o, en el caso de las mentiras piadosas, para evitar un sufrimiento ajeno; y, la componen elementos tales como conciencia de la falsedad, intención de engañar y manifestación contraria a la realidad. La Política es el arte de gobernar y organizar la convivencia humana, refiriéndose a la toma de decisiones grupales sobre la distribución de poder y recursos en una sociedad, siendo igualmente una actividad que abarca el gobierno de los Estados, la participación ciudadana en asuntos públicos, y el conjunto de prácticas y principios que rigen la actuación de una comunidad para alcanzar el bien común, a través de la regulación social, la resolución de conflictos y el fomento del diálogo y el consenso.
Visto lo antecedido, de acuerdo podemos en lo que bien se afirma respecto que la mentira es una base muy peligrosa para tomar decisiones políticas porque es incompatible con la racionalidad; al igual que es fama que ella, la mentira, en política (como en todo lo demás) destruye la confianza de los ciudadanos en su gobierno, mina la fe en las instituciones e incluso en los medios de comunicación. Cuando se miente de forma recurrente, cuando precisamente la mentira no solo es el instrumento, sino el recurso habitual del que se sirve el poder, se destruye la legitimidad y la autoridad de quienes así operan sin escrúpulo ni medida. Cuando las cuentas que rinden los políticos son palmariamente postizas, falsificadas o falaces, la ciudadanía se enfrenta a ese escenario y acaba por descubrirlas.
Quienes toleran la farsa lo hacen por un acto de fe, de servilismo creyente en sus líderes tramposos. Los contribuyentes que descubran finalmente la falsedad, no tendrán motivos para acatar las leyes, al ser conscientes que quienes las imponen son los primeros en violarlas. La mentira recurrente en política logra que, incluso cuando los gobernantes mentirosos hacen bien las cosas, no sean creídos. El político gobernante que miente a los ciudadanos les falta al respeto, los considera incapaces de razonar y de sentir, no tiene ninguna consideración por la dignidad y la libertad de la ciudadanía que lo mantiene en el poder y le otorga una potestad y una autoridad que, en verdad, ningún mentiroso merece; y eso, desafortunadamente lo vemos de continuo.
Bueno es repetir aquí que la mentira es una base muy peligrosa para tomar decisiones políticas al ser incompatible con la racionalidad, de manera que un gobernante mentiroso ejecutará disposiciones que siempre pongan en riesgo el bien común. Pero peor que todo es que aunque dicho gobernante crea que la mentira lo protege, llegará el momento en que descubra que ninguna falacia sirve para tomar decisiones bien informadas, lo que más temprano que tarde le pasará cuenta de cobro, incluso personal. Y en esto de la mentira no solo el bien común se verá perjudicado por sus mentiras, sino que también su bienestar y seguridad personal. saramara7@gmail.com
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Totalmente de acuerdo contigo hermano, la mentira destruye la legitimidad y la autoridad.