Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*
En honor a DLSP, una persona decente que ha sido víctima de un ominoso montaje judicial por haberse negado a rendir falso testimonio dentro de un proceso penal cuyo origen factico desconocía por completo.
En Colombia, donde las tragedias tienden a convertirse en costumbre y la costumbre en cinismo institucional, ha nacido, no por azar, sino por diseño, una maldita y ominosa modalidad de espectáculo circense: el falso positivo judicial. No es un lapsus, no es un error aislado, no es la excepción que confirma la regla. Es, por el contrario, una maquinaria bien aceitada de prestigios inflados, titulares desbordados y libertades pisoteadas. Todo por mostrar resultados. Todo por hacer parecer justicia lo que en realidad no es más que hambre de poder barnizada de legalidad.
Lo diré sin ambages: hemos asistido al montaje sistemático de una Fiscalía convertida en productora de contenido para noticieros, donde el guion se repite como tragedia griega mal actuada, captura con chaleco, rueda de prensa pomposa, apodo ridículo para la “organización criminal”, medidas de aseguramiento y, con suerte, archivo sigiloso años después cuando el escándalo ya dejó de vender periódicos y el inocente, ya exonerado, está convenientemente arruinado.
El país se ha acostumbrado a ver cómo se persigue no al culpable con pruebas, sino al inocente útil. Porque sí, hay de esos. Inocentes útiles a las estadísticas, al discurso de lucha contra el crimen, al cálculo electoral, a la vanidad del fiscal de turno que anhela mostrar eficiencia con esposas y no con pruebas, con titulares y no con sentencias. ¿Qué importa el principio de legalidad, si el aplauso se gana con la imagen de una captura transmitida en vivo? ¿Qué importa la presunción de inocencia, si el ciudadano medio ya ha sido adoctrinado para suponer que toda imputación es sinónimo de condena?
Estamos, pues, ante una barbarie togada que no se disfraza de error, sino que se camufla de justicia. Un teatro de sombras donde el show reemplaza la verdad, el proceso es caricatura y el debido proceso, ese estorbo liberal, se ve como una traba burocrática. El fiscal que no acusa, molesta. El que archiva, traiciona. El que se atreve a respetar garantías, es sospechoso de debilidad moral. Porque aquí, señores, la justicia se mide por el número de capturados, no por la calidad de los casos.
Y en ese carnaval siniestro desfilan los testigos falsos, las interceptaciones ilegales, las matrices de colaboración convertidas en biblia y las sindicaciones de criminales arrepentidos que, cual nuevos evangelistas, dictan sus versiones ante la Fiscalía no como verdad, sino como mercancía. Todo se vale. Todo sirve. Todo suma. La consigna es mostrar resultados. Como si el Estado fuera una empresa en crisis y el fiscal general, un gerente de ventas desesperado por cumplir la cuota del mes.
Así se destruyen vidas. Se arruinan familias. Se asesinan reputaciones. Todo con el logo de la Fiscalía en la parte superior del oficio y el respaldo de un poder mediático que no sabe, o no quiere, contrastar versiones. ¿Qué más da? Al fin y al cabo, el procesado no es noticia si no es culpable.
Y cuando llega la absolución, si es que llega, no hay rueda de prensa, no hay escándalo, no hay disculpas. Solo el silencio. El mismo silencio infame que acompaña la tragedia de una justicia prostituida a la opinión pública, y de una Fiscalía que ha hecho del poder punitivo una asquerosa vitrina.
Colombia no necesita más fiscales de alfombra roja, sino verdaderos servidores de la verdad. No más vedettes del Código Penal, sino juristas con la vergüenza suficiente para resistir la tentación del show. Que se devuelva la toga al sitio de la prudencia, y no al camerino de la propaganda. Que el principio de inocencia recobre su sitial sagrado, y que el proceso penal sea eso: un proceso, no una sentencia anticipada dictada por la necesidad de parecer eficaces.
Porque si algo debiera ser intocable en una democracia es la dignidad del inocente. Y cuando esa dignidad se sacrifica para maquillar los fracasos de una Fiscalía ambiciosa, entonces, lo que se está erosionando no es solo la justicia, sino el corazón mismo de la república.
Y como ya lo sabían los clásicos, no hay tiranía más peligrosa que aquella que se ejerce en nombre del bien.
*Abogado. Analista. Escritor Columnista
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