Por: José Guillermo Claros Penna*
Año tras año y en cualesquiera oportunidad repetimos la escena: actos protocolares, ramos de flores y discursos que exaltan el papel de la mujer como si fueran concesiones generosas y no conquistas arrancadas en contextos de profunda desigualdad. A la mujer tenemos que recordarla, sí, pero de la mejor forma y manera. Hacerlo desde la cumbre de las reivindicaciones. Asumirla en sus luchados y ganados derechos, que nunca les fueron gratuitos. Tenemos con ellas definitivamente una deuda histórica en la que el Estado es uno de los mayores responsables, como lo señala la impunidad en que quedan los delitos, maltratos, vejámenes y demás absurdos atropellos que contra ellas se cometen.
Se suma a ello, la violencia machista contrastando aquello que a la mujer no se la debe maltratar ni con el pétalo de una flor. Las distancias salariales, La precarización laboral. La exclusión de los espacios reales de poder. También el cuestionamiento respecto de una cultura, o más bien seudo cultura, que normaliza el acoso y reproduce estereotipos desde la escuela hasta las instituciones públicas.
Ni hablar de las cifras de violencia contra ellas, que revelan desafortunadamente que los avances normativos no son suficientes, no bastan. La paridad formal en la representación política no siempre se traduce en decisiones efectivas. La autonomía económica sigue siendo un reto en un contexto de desigualdad estructural. La agenda feminista insiste en que la democracia no puede medirse solo por el voto, sino por la posibilidad real de vivir libres de violencia y con igualdad de oportunidades. A las mujeres tenemos que escucharlas, acercarlas, revisar los incumplimientos y transformar en positivos sus aspiraciones.
En contextos de guerra y ocupación, las mujeres, como a diario vemos, enfrentan desplazamientos forzados, violencia sexual y la ruptura de sus redes comunitarias. La crisis humanitaria tiene rostro de mujer. Y como suele suceder, ignorar esa dimensión es reducir los conflictos a cifras y estrategias geopolíticas, sin atender sus impactos cotidianos; razón por la que incomode sobremanera tanta hipocresía, esa que nos recuerda que la igualdad sigue siendo una promesa incumplida; razón por la que allá que convocar la esperanza de millones de mujeres que, organizadas, siguen enhorabuena ampliando derechos y redefiniendo para bien el horizonte democrático. Dios con ellas siempre.
*Profesional en Ciencias Militares. Administrador de Empresas. Abogado. Master en Derecho Público. Candidato a Doctor en Derecho. Columnista

