Por: José Guillermo Claros Penna*
La seguridad, valor fundante, debe dejar de ser una promesa para convertirse en una realidad palpable. Necesitamos instituciones firmes, estrategias integrales y, sobre todo, voluntad política legítima, genuina para recuperar la tan anhelada paz, lo que mucha falta nos hace.
Permanentemente nos vemos protagonizando titulares. No por nuestra riqueza cultural, social o ambiental, ni por la grandeza de nuestra gente, sino por la violencia que continúa lacerando el tejido social y desvertebrando la integración y cohesión social de los nuestros.
Como ciudadano, como padre, como caqueteño profundamente comprometido con el bienestar de su departamento, no puedo permanecer jamás ni nunca indiferente ante la realidad que enfrentamos día tras día. Los tímidos operativos de la Fuerza Pública informados en diversas tribunas de opinión y espacios públicos, podría interpretarse como un avance en la lucha contra la delincuencia organizada y de distintos orígenes, naturaleza y propósitos, ; sin embargo, la percepción cotidiana de inseguridad sigue siendo una constante que oprime la vida de ciento de miles de coterráneos.
Vivimos, sufrimos y padecemos en medio de una sociedad marcada por el temor, el terror y el miedo. Salir de casa se ha convertido en un acto que exige prudencia extrema, planificación e incluso resignación. Existe un miedo latente a no regresar, a que el trayecto más cotidiano se transforme en una tragedia irreparable. Esta sensación no distingue clases sociales ni regiones; se ha infiltrado en nuestras ciudades, en nuestros pueblos y en nuestras comunidades más remotas, circunstancia que no solo refleja una crisis de seguridad, sino también una crisis de valores y de humanidad.
Tenemos que ser perseverantes en la denuncia y lucha contra este flagelo que coarta todo asomo de desarrollo social y humano, de crecimiento económico, de productividad, de progreso, de dignidad, de bienestar y de una integral prosperidad, lo que se agrava ante la ausencia real y contundente de respuestas institucionales eficaces, lo que lleva a que en muchas ocasiones recaiga en los ciudadanos la responsabilidad de buscar justicia con sus propias manos y ello no debe ser bajo ningún punto de vista.
Nuestro departamento no puede seguir siendo visto, dentro y fuera de sus fronteras, como una unidad territorial cuya política se encuentra enjaulada o condicionada por la influencia de todos estos y más factores perturbadores, cuando lo cierto es que merecemos ser reconocido por nuestro talento, trabajo denodado y vocación de progreso, para lo cual es indispensable que las autoridades gubernamentales se responsabilicen y asuman con determinación la tarea histórica de reconstruir la seguridad pública, fortalecer el Estado de derecho y devolver la tranquilidad a los hogares caqueteños.
El cambio no solo es necesario, sino importante y urgente. La seguridad, repito, debe dejar de ser una promesa para convertirse en una realidad palpable. Necesitamos instituciones firmes, estrategias integrales y, sobre todo, voluntad política genuina para recuperar la paz que hemos perdido.
*Profesional en Ciencias Militares. Administrador de Empresas. Abogado. Master en Derecho Público. Candidato a Doctor en Derecho. Columnista

