Por: Saúl Alfonso Herrera Vengoechea*
Es evidente que No hay discusión alguna en torno a que la juventud es sin duda ninguna fuerza inquebrantable del presente y grande esperanza del mañana. Hoy a nuestras edades nos encontramos regalados de juventud, gloriosa etapa en nuestra vida. Estos años de existencia considerados como coloridos en vigor y valor son tesoro divino. Años donde debemos expresarnos siempre desde la empatía, con belleza interior, bondad para con quienes nos necesiten, alegría abrazada de esperanza que debe surgir desde dentro de nosotros y convertirse en el principal cerrojo ante cualquier asomo de desilusión, que ojalá nunca llegue a habitarnos.
Como jóvenes tenemos que ser diligentes, correr en la búsqueda y procura de sueños e ilusiones, ser guardianes de nuestra propia existencia, ver con optimismo cada amanecer, anunciar la llegada del día a día con afabilidad, cantar con las aves, recorrer los senderos que le conducen a la cima, cruzar la mar y vencer las olas con nuestra hacer, no temer a la oscuridad cuando el día expire, entender que siempre tenemos que iluminar.
Nuestro hacer y quehacer tiene que ser enérgico, de espíritu elevado, tener presente que nada debe nublar ni destruir este don, por lo que nos concierne velar por superar siempre las dificultades que cotidianamente se presentan en el entorno familiar, en el entorno familiar, en la falta de comunicación asertiva, en una educación carente de calidad, en la falta de respeto, de responsabilidad y compromiso.
No podemos dejar copar por la inestabilidad emocional, de la tristeza, del dolor y la depresión que muchas veces llevan a fatalidades. No podemos darnos el lujo de evadir la realidad y adentrarnos en libertinaje, vicios y banalidades que no llenan vacíos, pero qué si suman infortunios y resentimientos sociales que a nada positivo conducen y llevan a una soberbia inútil que es infinitamente más potente que la voluntad de quienes en ellos caen.
Los jóvenes tenemos que ser personas de bien, expresarle amor a la vida en sí misma, a la cultura, al arte, brindar nuestra compañía, escuchar atentos a quienes realmente nos aportan saberes. Ser forjadores de sueños y nunca portadores de lamentos. Jóvenes, la tarea es empezar todos los días, y saber que el presente nos invita a consolidarnos, no tengamos miedo, ya que tenemos que vencerlo e intentar potenciar nuestros talentos.
*Estudiante de Décimo Grado de Bachillerato. Colegio Cristiano La Esperanza. Columnista

