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Por: Hernán Cortés Arboleda*

Interesa a estas alturas de la vida misma de los pueblos en vías de desarrollo, superar el dilema entre equidad y crecimiento, en lo que cabe la construcción de un círculo virtuoso que vincule justicia social / productividad / modernización industrial para afianzar progreso, lo que adquiere una grande relevancia estratégica, ya que ubica lo cual una perspectiva de crecimiento económico para el futuro, cuáles serán las formas de recaudación y cuál la dispersión de dichos recursos en beneficio poblacional, sentido en el que importa afianzar la justicia social, tradicionalmente vinculada a la redistribución del ingreso y el combate a las inequidades y las desigualdades; toda vez que el desafío hoy por hoy es sustentar progreso en un adecuado modelo de crecimiento, no solamente de indicadores macroeconómicos, sino de oportunidades palpables que no dependan exclusivamente del gasto corriente, ni de transferencias asistenciales. 

La experiencia internacional sobre este especial particular indica que los logros en reducción de pobreza, al que hay que apuntarle decisiva y decididamente, aunque has sido un tanto significativos, seguirán siendo frágiles, si no se acompañan de una transformación estructural y sistemática productiva capaz de sostenerlos en el tiempo a pesar de la incertidumbre económica acentuada en el contexto que fuere, y debe incluir a los sectores académicos, funcionarios y al público informado, quienes han exigido análisis y reflexiones profundas sobre las bases estructurales del desarrollo y la equidad.

Las políticas económicas deben privilegiar la justicia social a través de transferencias directas y programas sociales para avanzar en indicadores de pobreza, inequidad y desigualdad, así como continuar expandiendo el gasto social, aplicando, sin amenazar inflación, una política salarial adecuada focalizada en el fortalecimiento de su poder adquisitivo, alivio que debe acompañarse, para ser eficaz, de cambios estructurales que impulsen la productividad, generen empleo de calidad y expandan cadenas de valor nacionales que puedan competir en igualdad de circunstancias con las de otras naciones.

Además, fortalecer el mercado interno, evitar inflar el consumo de bienes importados, potencia la industria nacional, a efecto de ver resultados y nivelar la balanza comercial con cada uno de los países con los que se tienen balances irregulares, lo que, si bien requiere meses de esfuerzo y paciencia, vale la pena toda vez que genera como positivo resultado una redistribución de los ingresos y nuevas riquezas, lo que debe ir aparejado de un ahorro nacional canalizado a la inversión productiva y nunca a alimentar la especulación ni a las utilidades remitidas al exterior, con el fin de no perpetuar la ausencia de soberanía financiera ni limitar la capacidad nuestra economía para responder a los desafíos del desarrollo y la equidad.

Necesitamos de modelos de desarrollo que bien y mejor combinen programas sociales con afianzamiento industrial y no se limite la sostenibilidad de sus avances en equidad, al igual debe articularse la banca pública y comercial con las metas de crédito productivo y una política industrial selectiva, a efecto de lograr transformar el ahorro nacional en inversión y aprendizaje tecnológico. En esto jugar debe papel importante la inversión extranjera directa (IED) facilitando el acceso a tecnología y mercados, sin que ello reemplace el desarrollo de la empresa nacional, ni la planeación estatal de desarrollo e inversión. Importa sí, priorizar la producción y el ahorro antes que el consumo, construyendo una base industrial que sostenga la equidad y el crecimiento, lo que evidenciará una justicia social duradera, posible ella cuando se vincula con una estrategia de modernización productiva y una planeación férrea del Estado en el consumo interno y la defensa estratégica de sus productos designándolos como un elemento prioritario.

Urgente nos es avanzar hacia un régimen de crecimiento inclusivo y sostenible, lo que hace necesario establecer ejes estratégicos para este desarrollo que pasen desde el fortalecimiento en el factor humano hasta la inversión en ciencia y tecnología de calidad, además de una nueva generación de políticas públicas que dinamicen y ayuden a consolidar el empoderamiento del capital estratégico que facilite el proceso de inclusión del mercado nacional en las cadenas productivas a nivel global con calidad en los productos producidos en nuestros territorios.

En todo esto, imperativo es abandonar la administración de carencias y apostar por la construcción de capacidades productivas que construyan un ecosistema más próspero, ya que el porvenir de la modernización nacional depende de la ambición industrial, la inversión en capital humano, una banca sólida y la articulación de una política pública coordinada y eficaz. Se trata de buscar la oportunidad histórica de redistribuir porque se  produce, y de producir porque se invierte en la gente y en la propia industria; de4 ahí que el desafío sea transformar el ahorro y el gasto en ejes de desarrollo, consolidar cadenas de valor nacionales y elevar los salarios con base en productividad, para que así sea posible una justicia social sostenible y poder ejercer soberanía en el escenario geopolítico global. Hay que pensar en grande, tener grandeza, actuar con visión prospectiva y estratégica, no renunciar al crecimiento y convertir en fundamento la equidad y el bienestar duradero.

 *Dirigente Empresarial. Líder Social, Comunitario y de Derechos Humanos. Columnista

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