Por: María Camila Monsalve Martínez*
El cofundador de HEI Schools, Lasse Lipponen, asegura que invertir en primera infancia no es gasto. Lasse Lipponen, profesor de Educación de la Universidad de Helsinki y cofundador de HEI Schools, uno de los modelos educativos basados en evidencia científica más reconocidos a nivel internacional, está de visita en Colombia. Ha liderado proyectos de investigación financiados por gobiernos y organismos internacionales, con inversiones que superan los 5 millones de euros, y ha trabajado con sistemas educativos en distintos países analizando cómo la educación temprana impacta el desarrollo económico y la competitividad de una nación.

Su visita se debe a que HEI Schools abre el primer preesscolar con modelo educativo finlandés en Colombia, en el campus del Colegio Buckingham en Bogotá. En ese contexto, Lipponen habló con Portafolio sobre por qué la educación temprana no es gasto social sino inversión estratégica en capital humano, qué están haciendo otros mercados frente a la crisis financiera de las instituciones educativas, y cuáles son las tendencias globales en sostenibilidad y modelos de negocio en educación.
¿Qué trae HEI Schools a Colombia y por qué en este momento? Llevamos dos años visitando Colombia con cierta frecuencia y cada vez vemos más potencial. América Latina ha sido una región en la que todavía no hemos puesto todo nuestro esfuerzo como organización, pero Colombia es uno de los mercados con mayor potencial para nuevos conceptos pedagógicos en toda la región. Esta visita tiene un hito concreto: el lunes abrimos el primer preescolar con el modelo educativo finlandés de HEI Schools en el Colegio Buckingham en Bogotá. Es algo que Colombia no ha visto antes y que esperamos sea el inicio de un camino más largo aquí. Además, estamos desarrollando productos digitales para expandir el modelo finlandés en el país, que también estamos presentando en este viaje. Yo vengo personalmente al menos una o dos veces al año a los países donde tenemos presencia. Me reúno con maestros, con padres, con niños, veo los centros, hablo con la gente. Lo considero mi responsabilidad como cofundador. Esto no es solo un modelo exportado: es una comunidad, y hay que estar presente en ella.
Se dice que cada dólar invertido en educación temprana puede retornar hasta siete dólares a la sociedad. ¿Qué evidencia respalda esa cifra? Esa es una investigación del economista premio Nobel James Heckman, publicada a comienzos de los años 2000, y que él ha seguido desarrollando en múltiples estudios sobre los efectos económicos de la educación temprana en Estados Unidos. Lo que hace especialmente poderoso ese argumento es su origen: Heckman es economista puro, no tiene ninguna razón ideológica para defender la primera infancia. Simplemente va a los números. Y los números dicen que si inviertes un dólar en educación temprana, recuperas siete. Cuando Barack Obama era presidente, usó ese mismo argumento para justificar su política de reducción de la segregación escolar. Lo citó directamente: es la mejor inversión que cualquier sociedad puede hacer. Y sigue siendo verdad.
Colombia tiene uno de los índices de desigualdad más altos de la región. ¿Cuánto puede aportar la educación inicial para cerrar esa brecha? Si quieres combatir la desigualdad, debes empezar desde los primeros años. No hay otro camino. La única forma real es garantizar que cada niño tenga acceso a educación de alta calidad desde temprano, lo que implica necesariamente que el Estado la subsidie de alguna manera. Yo siempre digo que la escuela llega tarde. Cuando un niño llega al colegio a los seis o siete años, muchas brechas ya están formadas. En los primeros años de vida, si tienes un sistema donde cada niño tiene derecho a educación temprana, estás sembrando la idea misma de la igualdad desde el principio. En un país tan diverso como Colombia, con distintos orígenes étnicos y económicos, la educación temprana es el único espacio donde esa diversidad puede encontrarse antes de que las brechas se vuelvan irreversibles. Sé que en el contexto colombiano actual esto puede sonar idealista, pero tiene ese efecto. Si los niños están segregados a los cuatro años, estarán segregados el resto de sus vidas, al menos mentalmente.
Pero en Colombia el argumento que siempre aparece es que no hay recursos suficientes. ¿Cómo se rompe ese ciclo? Es exactamente eso: un ciclo. Si no inviertes en educación, no creces. Si no creces, no tienes con qué invertir. El problema en Colombia no es que sea imposible, es que nunca ha habido una política consistente y de largo plazo para invertir en educación. Los gobiernos duran cuatro años y quieren ver resultados en cuatro años. Pero en educación los resultados se ven en 10, 15, 20 años. Ningún gobierno quiere tomar una decisión cuyos frutos verá otro. Entonces terminan invirtiendo en cosas visibles e inmediatas, como programas de alimentación escolar, porque eso se puede mostrar rápidamente. No es que sea malo, pero no transforma el sistema. Lo que falta es la decisión política de invertir en educación sabiendo que no se verán los resultados en el propio periodo de gobierno. Y eso requiere una clase política con visión de largo plazo, que entienda que el país que se construye hoy se ve en una generación. El otro problema estructural que veo en Colombia es la segmentación del sistema. El 80% de los niños estudia en colegios públicos, que en otros países sería una señal positiva, pero aquí la educación pública tiene niveles de calidad muy bajos. Entonces el 20% que estudia en colegios privados es el que accede a las oportunidades reales. Son esos estudiantes los que terminan compitiendo por los cupos en las universidades públicas de calidad, que deberían ser para quienes no tienen otra opción. Es una paradoja que reproduce la desigualdad en lugar de combatirla.
¿Y cómo logró Finlandia romper ese mismo ciclo? Finlandia era uno de los países más pobres de Europa. No teníamos materias primas, no teníamos colonias de ultramar, no teníamos recursos naturales que explotar. Solo teníamos a nuestra gente. Y hace más de 100 años el gobierno entendió algo fundamental: si queremos desarrollarnos, tenemos que invertir en las personas. Eso es todo. Paso a paso, década a década, fueron subiendo el estándar educativo. Especialmente en la formación docente. En los años 70 llevamos la formación de maestros de educación básica al nivel universitario. En 1995 hicimos lo mismo con los educadores de primera infancia, algo que en ese momento era una idea bastante revolucionaria en el mundo. Hoy somos el segundo país menos corrupto del mundo, uno de los más estables, con altos niveles de bienestar y cohesión social. La educación nos trajo todo eso. Y vivimos en el norte de Europa, donde no crece el café ni la papaya. Solo zanahorias y manzanas, y ni siquiera muy bien. Si nosotros pudimos, es posible. Organismos como la Unión Europea, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo lo saben y llevan años financiando proyectos de educación temprana alrededor del mundo precisamente porque conocen los efectos. No es un secreto. Es una decisión de valores: ¿dónde pone el dinero el gobierno?
¿Cuál sería entonces el primer paso concreto que Colombia debería dar? Primero, una visión. Antes que cualquier programa o presupuesto, una sociedad necesita definir qué tipo de país quiere construir y qué papel juega la educación en eso. Esa fue la base del sistema educativo finlandés cuando se reconstruyó en los años 70, casi desde cero. La visión era simple: cada niño tiene derecho a educación de alta calidad. Eso es todo. Y esa visión se fue convirtiendo en política, en inversión, en instituciones. Luego viene lo concreto: formación docente. No basta con abrir jardines infantiles que funcionen como espacios de guardería. Se necesitan educadores bien formados, que entiendan lo que están haciendo, con entornos seguros y adecuados. Todo está interconectado. Pero sin visión, ninguna inversión tiene dirección.
Si tuviera al ministro de Educación de Colombia frente a usted, ¿qué le diría? Lo primero que le diría es que todo esto es posible. No es una utopía. Es una cuestión de priorización y de valores. Y lo segundo es que los políticos entienden cuando se les habla de dinero. Empezaría con la investigación de Heckman: inviertes esto, recuperas esto. Porque esa es la pregunta que siempre hacen: si pongo dinero aquí, ¿qué obtengo a cambio? Cuando tienes la respuesta en números, esa es al menos una buena estrategia de entrada para abrir la conversación. Y le diría algo más, algo que creo que es especialmente relevante para Colombia: este país lleva décadas invirtiendo enormes recursos en seguridad, en fuerzas militares, para combatir la violencia interna. Y tiene sentido, dado el contexto. Pero la seguridad interna más duradera no viene de un ejército más grande. Viene de una sociedad socialmente justa e inclusiva, donde la gente tiene oportunidades reales. La educación es uno de los principales motores de esa igualdad. Es el mecanismo más eficaz para que alguien de clase baja pueda dar el salto a la clase media. Y es la mejor forma de combatir la polarización y la pobreza en el largo plazo. Eso no se logra en un año, pero tampoco se logra nunca si no se empieza.
¿Y qué le diría a una maestra rural colombiana que enseña con vocación pero sin recursos ni reconocimiento económico? Lo primero: gracias. Aquí en Colombia los maestros no son valorados como lo son en Finlandia, y eso tiene consecuencias profundas, no solo para ellos sino para todo el sistema. Le diría que su trabajo es el más importante del país entero. Y que muchas veces los maestros no lo creen, sienten que tienen pasión pero que la sociedad no los valora, y terminan por no valorarse ellos mismos tampoco. Lo segundo es algo que suena sencillo pero cambia todo: el conocimiento no solo está en el maestro. También está en los niños. Hay que confiar en ellos, aprender de sus preguntas, de sus intereses, de lo que los mueve. Poner al niño en el centro del aprendizaje no requiere grandes recursos. Los maestros en zonas rurales, en colegios privados o públicos, casi siempre piensan que necesitan más libros, más materiales, más capacitación técnica. Y a veces eso es cierto. Pero muchas veces el problema no es de recursos, es de metodología. Si una maestra entiende eso y trabaja de cerca con sus estudiantes desde ese lugar, puede hacer cosas extraordinarias con lo que tiene. Si yo fuera ministro de Educación y pudiera darle algo a esa maestra, le daría formación en metodología. Eso vale más que cualquier dotación de materiales.
*Comunicadora Social. Periodista. Columnista

