Por: Hernán Cortés Arboleda*
Nos dice confianza, la esperanza firme y la seguridad en la capacidad y honestidad de otra persona o en uno mismo, siendo valor que permite la colaboración y las relaciones sólidas, ya que implica creer que los demás actuarán de manera predecible, honesta y cooperativa.
Ciudadanía, es la condición de pertenencia legal, social y cultural de un individuo a una comunidad organizada, como puede ser un país o una ciudad y se trata del vínculo jurídico y político que una persona tiene con un Estado, que le otorga ciertos derechos y deberes dentro de su territorio.
Paz en tanto, es la relación de armonía entre las personas, sin enfrentamientos ni conflictos, que encuentra similitud en concordia, conciliación, acuerdo, amistad, unión, avenencia, entendimiento, y de define no solo como ausencia de conflictos, sino en el convivir que consiste en aceptar las diferencias y tener la capacidad de escuchar, reconocer, respetar y apreciar a los demás, así como vivir de forma pacífica y unida, significando además que es un estado en el que nos liberamos de nuestras principales preocupaciones, miedos, estrés y sufrimiento, lo mismo que ser conscientes de las maravillas de la vida y sentirse plenamente conectados con el universo y con nosotros mismos, siendo los valores que hacen posible la cultura de la paz en cada uno de nuestros espacios de convivencia, tolerancia, justicia, equidad, no discriminación, no violencia, empatía, compasión, caridad, solidaridad, respeto y buena voluntad, la cual se construye con el pueblo, desde los territorios, con coordinación plena entre los tres niveles de gobierno y con instituciones confiables, transparentes, que rinden cuentas.
La confianza ciudadana en las instituciones no siempre se ve, pero cuando falta, todo colapsa. Con ella, la ley tiene sentido y la justicia deja de ser promesa para convertirse en certeza y las instituciones comienzan a servir al pueblo, no a sí mismas. Es el capital más valioso de cualquier Estado que aspire a construir paz con justicia, pues es la liga invisible entre la ciudadanía y quienes la representan; se gana a diario, se construye con hechos, se mide en resultados y se sostiene con ética pública.
Hoy por hoy la historia nos enseña que ganarse la confianza del pueblo es un tejido complejo, en el cual incluso las instituciones más respetadas pueden tener fallas y es lo más trascendente que las instituciones sean capaces de corregirse a sí mismas con la ley en la mano, demostrando que el Estado de derecho no es selectivo, que debe aplicarse sin excepciones aun frente a sus propias estructuras y conforme a los principios de seguridad y paz que deben impulsarse como eje de transformación.
Lleva la confianza a mejorar la percepción ciudadana en materia de seguridad, toda vez que en estricto sentido se traduce en menos homicidios, feminicidios, robos, más programas de bienestar, mayor inversión social, más obras de infraestructura, crecimiento del turismo e inversión, se generan avances, la gente sale sin miedo, los barrios recuperan su vida comunitaria y las familias saben que hay quien las escuche y cuide, lo que bien podemos denominar confianza en movimiento y son en definitiva señales de fortaleza pública, lo que invita ha hacer de la seguridad y la paz una política de Estado, donde la consolidación de la confianza institucional significa también cero impunidad, en la afirmación que en esto no deben ni pueden admitirse excepciones, puesto que el verdadero poder del gobierno debe estar en la confianza que el pueblo deposita e igual exige en sus instituciones, lo que es el mejor impulso para alcanzar la paz y un granítico porvenir.
*Dirigente Empresarial. Líder Social, Comunitario y de Derechos Humanos. Columnista

