Por: Alfredo León Leyva*
Durante una conferencia sobre las grandes diferencias entre generaciones, un presumido joven estudiante se tomó la molestia de explicarle a un señor mayor sentado junto a él, el por qué le es imposible a la vieja generación comprender a su generación: «Usted creció en un mundo diferente, realmente casi primitivo», dijo en voz lo suficientemente alta para que lo escucharan todos en la amplia sala de aquel auditorio.
Y seguido dijo: «Los jóvenes de hoy crecimos con televisión, Internet, teléfonos móviles, aviones a reacción y viajes al espacio. Nuestras sondas espaciales han visitado Marte. Tenemos naves con energía nuclear y automóviles eléctricos, de hidrógeno o que funcionan mediante energía solar. Hemos crecido con computadores con capacidad de procesamiento a la velocidad de la luz y muchas cosas más».
Después de un breve silencio el señor mayor respondió diciendo: «Tienes razón, joven; nosotros no tuvimos esas cosas cuando éramos jóvenes…, ¡por eso tuvimos que inventarlas!
Ahora dime, arrogante joven: ¿Qué estás haciendo tú en beneficio de la próxima generación?
¡El aplauso prolongado y seguido fue atronador!
¿Qué pasó? Es cierto que la juventud es arrogante, y también fuimos jóvenes; por tal: fuimos arrogantes también. Pero aquella arrogancia solo era cultural, creíamos conocer más que los mayores cuando obteníamos un premio en nuestros oficios y estudios; el buen orden y buen comportamiento nos hacían sentir en extremo arrogantes.
¿Y qué tal cuando lucíamos la más bella a nuestro lado, que a nuestros propios ojos de enamorados lucia como tal? Nos sentíamos, decíamos entonces: “La Yeya”. ¡Qué arrogancia! El pecho se nos hinchaba como vejiga colorida de cumpleaños.
No recuerdo que la arrogancia propia de nuestra juventud se atreviera a faltar el respeto a un mayor, como me tocó vivirlo como decían nuestros mayores: “en carne propia”. Ahora la arrogancia en los jóvenes de hoy es violenta, amenazante, y de hecho el dialogo es un empujón físico sin medir que enfrente tiene a un mayor.
Carajo, no hay mesura para responder a tal ataque físico inmerecido, y al no tener la fuerza habida ayer, pensamos enseguida en cosas mayores conque defendernos. Nuestra arrogancia de juventud también nos hizo conocer cómo defendernos.
Pero, pareciera que esa arrogancia de los jóvenes de hoy se alimentara con neurotoxinas, que con su comportamiento imitaran el pasaje narrado por Moliere, sucedido en el pantano que le impedía el paso al Escorpión para llegar a la otra orilla; y que el Sapo al verle en tal encrucijada, y solicitando el Escorpión lo pasaran al otro lado sano y salvo; y por tal se comprometía a no atacar a su benefactor. El Sapo confiado en el juramento cargó sobre si al comprometido, llevándole al otro lado en donde el Escorpión al posarse seguro en la orilla, olvido la promesa dada, y picó con su aguijón al Sapo bonachón. Allí quedó el mórbido Sapo, moribundo por haberle creído al traicionero Escorpión.
Los arrogantes jóvenes de hoy, son generacionalmente los hijos de nuestros hijos; o sea, nuestros nietos; los que los abuelos de hoy amamos, los que van al gimnasio, los que a los 18 años toman multivitamínicos, los que moldean su músculos para que todos los vean; ésos cuyos glúteos envidian las féminas, los que todavía no saben ganarse ni siquiera la buena voluntad de los mayores. Exigen respaldados por leyes estúpidas como la de los derechos del niño, que los hace irresponsables para siempre. Y están convencidos que todo se lo merecen.
Don Andrés, tu tesis está vigente; y sigue habiendo excepciones muchas, las que confirman tu regla.
P/D. ¡Aún no somos el olvido que seremos!
*Ingeniero. Analista. Columnista

