Por: Christian Pérez*
Un experimento químico demuestra que los sacerdotes de Eleusis pudieron transformar un hongo potencialmente letal en una sustancia visionaria, reabriendo uno de los grandes enigmas religiosos del mundo clásico. Pocas ceremonias de la Antigüedad han despertado tanta fascinación como los Misterios de Eleusis (o misterios eleusinos), celebrados durante casi dos mil años a escasos veinte kilómetros de Atenas. Desde época micénica hasta su prohibición en el siglo IV d.C., generaciones de griegos —y más tarde romanos— recorrieron la Vía Sagrada para participar en un rito que prometía algo más que consuelo religioso: una transformación interior profunda ante el misterio de la muerte.
Lo que sucedía en el Telesterion, la gran sala de iniciación, estaba protegido por un juramento férreo. Revelar los secretos implicaba la muerte. Sin embargo, algunas pistas han sobrevivido en textos como el Himno homérico a Deméter, en testimonios dispersos de autores clásicos y en la propia arqueología. En el centro del ritual aparece siempre una bebida: el kykeon (ciceón), descrita como una mezcla de agua, cebada y menta. Demasiado simple, han pensado muchos historiadores, para explicar los relatos de éxtasis, revelación y “renacimiento” espiritual asociados a la experiencia eleusina.
Un reciente estudio publicado en Scientific Reports ha vuelto a poner sobre la mesa una hipótesis controvertida: que el kykeon pudo contener derivados psicoactivos del cornezuelo del centeno, el hongo Claviceps purpurea, procesado de manera que eliminara sus componentes más tóxicos. Tal y como ha revelado el equipo dirigido por Romanos K. Antonopoulos y Evangelos Dadiotis, sería químicamente posible transformar los alcaloides peligrosos del hongo en compuestos con efectos psicoactivos mediante un procedimiento técnicamente viable en la Antigüedad.
El enigma del kykeon y la promesa de una visión. Para comprender la dimensión de este debate conviene recordar qué eran exactamente los Misterios. El mito fundacional relata el rapto de Perséfone por Hades y la desesperada búsqueda de su madre, Deméter, diosa de la agricultura. El regreso cíclico de la hija simbolizaba la muerte y renacimiento de la vegetación. En Eleusis, esa narración mítica se convertía en experiencia ritual.
Los iniciados ayunaban, participaban en procesiones y, finalmente, bebían el ciceón antes de acceder al espacio más sagrado. Autores como Píndaro o Cicerón insinuaron que quien participaba en los Misterios cambiaba su relación con el más allá. No se trataba solo de aprender una doctrina, sino de vivir algo.
Desde los años setenta del siglo XX, algunos investigadores sugirieron que esa vivencia pudo estar asociada a sustancias enteogénicas. Entre ellas, los alcaloides del cornezuelo, un hongo parásito de los cereales que produce compuestos derivados del ácido lisérgico, químicamente emparentados con el LSD sintetizado en el siglo XX. El problema era evidente: el cornezuelo también puede causar ergotismo, una intoxicación histórica que provocaba convulsiones, alucinaciones, gangrena e incluso la muerte. ¿Cómo reconciliar entonces la hipótesis psicodélica con la ausencia de catástrofes documentadas en Eleusis?
El experimento: cenizas, agua y química antigua. El nuevo estudio aborda precisamente esa cuestión. Tal y como indica el artículo científico, los investigadores trataron esclerocios pulverizados de Claviceps purpurea con una solución alcalina elaborada con agua y cenizas, es decir, una lejía rudimentaria que pudo haberse producido fácilmente en la Antigüedad. El objetivo era comprobar si ese tratamiento eliminaba los ergopeptidos tóxicos y generaba, en cambio, amidas del ácido lisérgico como la LSA (ergina) y su epímero iso-LSA, compuestos descritos en la literatura farmacológica como psicoactivos.
Los resultados fueron claros en el laboratorio. Y es que, bajo determinadas condiciones de pH y tiempo de reacción, los componentes más peligrosos desaparecían y se detectaban LSA e iso-LSA en cantidades medibles. Tal y como ha adelantado el equipo, el proceso requería aproximadamente dos horas de calentamiento en una solución fuertemente alcalina. Posteriormente, la exposición al aire y la mezcla con la bebida de cebada y menta podían reducir la alcalinidad hasta niveles compatibles con el consumo.
No se trata de una prueba histórica directa —nadie ha encontrado una “receta oficial” del kykeon—, pero sí de una demostración de viabilidad técnica. En otras palabras, los sacerdotes eleusinos habrían podido transformar un hongo potencialmente letal en una sustancia de efectos visionarios relativamente controlables.
Entre el riesgo y el rito. El estudio también subraya que el ergotismo medieval no es un mito. En 1418, una epidemia en París causó decenas de miles de víctimas. La clave, sin embargo, reside en la dosis y el procesamiento. A lo largo de la historia, derivados del cornezuelo se emplearon en obstetricia y en medicina, lo que demuestra que no todo contacto con el hongo conducía al desastre.
En el contexto eleusino, además, la experiencia estaba cuidadosamente enmarcada. Los participantes ayunaban durante días, se sometían a una intensa preparación psicológica y ritual y entraban en un espacio arquitectónicamente diseñado para producir impacto sensorial. La sustancia —si la hubo— no actuaba sola: lo hacía en conjunción con la expectativa, la música, la iluminación y el simbolismo mítico.
Otro argumento a favor de la hipótesis es arqueológico. En el yacimiento de Mas Castellar de Pontós, en la actual Cataluña, se hallaron restos de alcaloides del cornezuelo en contextos rituales vinculados al culto de Deméter y Perséfone. Aunque no se trata de Eleusis, sí demuestra que el hongo formó parte de prácticas religiosas mediterráneas.
Escepticismo y cautela histórica. Los detractores de la teoría recuerdan que en Eleusis no se han realizado análisis sistemáticos de residuos en los vasos rituales. También advierten contra la tentación de proyectar la fascinación contemporánea por los psicodélicos sobre el mundo antiguo. El silencio de las fuentes puede deberse tanto a la naturaleza teatral del rito como a la existencia de sustancias.
El propio estudio es prudente. No afirma haber resuelto el misterio, sino haber demostrado que una transformación química plausible era posible con medios antiguos. La historia, en este caso, no se escribe solo con tubos de ensayo.
Lo que sí cambia es el marco del debate. Durante décadas, la hipótesis psicodélica fue acusada de especulativa. Ahora cuenta con respaldo experimental. La pregunta ya no es si la química lo permite, sino si los sacerdotes eleusinos eligieron emplearla.
Uno de los aspectos más intrigantes es la regularidad del rito. Miles de personas participaban cada año sin que se registren tragedias masivas asociadas a intoxicaciones. Si el kykeon contenía derivados del cornezuelo, su preparación debió ser cuidadosa y el control de dosis, preciso.
El estudio calcula que, en condiciones óptimas, un gramo de ergot tratado podría generar cantidades suficientes para producir efectos psicoactivos. En un santuario con acceso a ofrendas de grano procedentes de distintas polis, la materia prima no habría sido difícil de obtener.
La cuestión de fondo, sin embargo, trasciende la química. Los Misterios de Eleusis prometían una esperanza frente a la muerte. Si esa promesa estuvo acompañada por una sustancia visionaria o no, lo cierto es que el ritual funcionó durante casi dos milenios como uno de los ejes espirituales del Mediterráneo antiguo.
Quizá nunca sepamos con certeza qué bebieron aquellos iniciados. Pero la combinación de filología, arqueología y ahora química experimental demuestra que el pasado aún guarda secretos capaces de dialogar con la ciencia contemporánea. Eleusis, más que un enigma cerrado, sigue siendo un laboratorio abierto para la historia.
*Redactor Especializado en Divulgación Científica e Histórica

