Por: José Manuel Herrera Brito.
Requerido estamos de una estrategia proactiva, importante y urgente para hacer frente a el fenómeno de El Niño, que de conformidad con los estudios y anuncios de los expertos viene con una variante extrema como también lo prevén pronósticos meteorológicos internacionales sumada a la crisis mundial de fertilizantes, lo que plantea una doble amenaza para las economías rurales, la estabilidad social y la producción agrícola en América Latina y nuestro Caribe, regiones fundamentales para la seguridad alimentaria mundial. Por separado, los dos factores plantean enormes desafíos para la agricultura y combinados, podrían convertirse en un problema de grandes dimensiones para millones de productores, afectando la seguridad alimentaria en muchas unidades territoriales del orbe.
Los pronósticos de quienes tiene porque saberlo, indican una alta probabilidad de desarrollo de El Niño este año, con efectos potencialmente desiguales: lluvias intensas e inundaciones en algunas regiones; sequías prolongadas y estrés hídrico en otras. La preocupación común es la incertidumbre respecto a la posible mayor intensidad del fenómeno, lo que señala un panorama poco favorable como es el riesgo de rendimientos menores y pérdida de cosechas, disminución de la productividad ganadera, perturbaciones en los mercados agrícolas y fuerte como significativo aumento en los precios de los alimentos, lo que puede llevar a un deterioro de la seguridad alimentaria y a que productores y consumidores deban afrontar costos millonarios, impactos que suelen ir acompañados de endeudamiento, migración y deterioro nutricional.
La incertidumbre climática para los productores agrícolas, especialmente los pequeños y medianos, decidir qué sembrar, cuánto invertir o qué nivel de fertilización aplicar. Y cuando los fertilizantes se encarecen o escasean, muchos optan por reducir las dosis, disminuir la superficie sembrada o cambiar a cultivos menos exigentes, con efectos inmediatos y negativos en los rendimientos y la producción. A diferencia del pasado, ahora es posible anticipar la ocurrencia, los impactos y las consecuencias de fenómenos climáticos como El Niño —o su contraparte, La Niña—, a lo que se suma que hoy por hoy, resulta injustificable actuar solo sobre las consecuencias y limitarse a reaccionar cuando la sequía está avanzada, se producen inundaciones, se pierden cosechas o suben los precios. Por lo quye debe actuarse antes para minimizar los impactos negativos.
Razones todas que obligan una estrategia proactiva, importante y urgente, siendo en consecuencia imperioso la promoción de un amplio diálogo sobre la resiliencia agroalimentaria, debiéndose reunir gobiernos, organizaciones de todo nivel, productores, el sector financiero, academia y sector privado en torno a una agenda común, a efecto de desarrollar capacidades de anticipación para proteger tanto la producción agrícola como la vida rural.
En este compendio, la cooperación técnica en rosos sus estadios con su capacidad de coordinación política y técnica y sus relaciones con gobiernos, productores, empresas e instituciones financieras internacionales, se encuentra en una posición única para promover acuerdos de cooperación regional y respuestas proactivas, así como, si es necesario, para coordinar la ayuda y los esfuerzos de solidaridad para hacer frente a las emergencias.
Se encuentran entre los mecanismos de colaboración públicos y privados que pueden promoverse plataformas para la coordinación climática y agrícola; los acuerdos con empresas de fertilizantes y logística para garantizar el suministro en zonas vulnerables; los instrumentos financieros innovadores en asociación con bancos públicos y privados; la expansión de los seguros climáticos; y los programas conjuntos de adaptación tecnológica para pequeños y medianos productores. La participación del sector privado es crucial para que estas estrategias sean viables y escalables, dado que las empresas químicas, el agronegocio, los bancos, las empresas de tecnología y las cadenas de exportación desempeñan un papel fundamental en el desarrollo compartido de la resiliencia agrícola.
El robustecimiento de los sistemas de alerta temprana y la transformación de la información climática en herramientas concretas para la toma de decisiones deben convertirse en una prioridad, tener en cuenta los meteorológicos y agrícolas que son de inmenso valor, pero que a menudo es información que no llega a los productores de manera oportuna. Otro aspecto a tener en cuenta es la masificación en el uso de semillas resistentes a condiciones de sequía, de herramientas para una gestión hídrica eficiente, con una estrategia de gestión agronómica que adopte tecnologías avanzadas (como GPS, drones y sensores), también objetivos valiosos en este tipo de asuntos.
Los retos que plantean El Niño y la crisis de los fertilizantes también puede convertirse en una oportunidad, cual es la de construir un nuevo sistema de gobernanza agroalimentaria soportado en la cooperación, la innovación y la previsión. Producimos alimentos para miles de personas dentro y fuera de nuestros linderos, por lo que proteger esta capacidad productiva no es solo un desafío económico, sino una estrategia para el desarrollo, la estabilidad rural y la seguridad alimentaria. saramara7@gmail.com

