Por: Juvenal Infante*
Mo Yan y García Márquez, puente de memoria entre China y Colombia. La Feria Internacional del Libro de Bogotá celebra su cincuentenario, una efeméride que invita a mirar hacia atrás y preguntarnos por los puentes que hemos tendido con el mundo a través de la literatura. En ese contexto, la presencia del nobel chino Mo Yan, se corresponde con un reencuentro cargado de memoria.
Hace once años, en mayo de 2015, el autor de El clan del sorgo rojo —y de obras tan significativas como Grandes pechos, amplias caderas— visitó por primera vez Colombia, integrando la delegación oficial del entonces primer ministro chino Li Keqiang en su gira por la región. Li Keqiang fallecería en 2023.
Aquel periplo histórico fue un ejercicio magistral de diplomacia blanda, donde Mo Yan dejó una frase que hoy recobra toda su vigencia: en sus sueños, el café colombiano y el té verde de China compartían el mismo sabor.
Su regreso a Colombia, en esta nueva visita de buena voluntad, es motivo de especial satisfacción. Con él, vuelve también una mirada que ha contribuido a acercar, desde la literatura, a China y Colombia.
Vínculos formales. Esa sintonía de aromas y sensibilidades no es fortuita. Es el fruto de una relación que cumple ya cuarenta y seis años de maduración. Es preciso recordar que fue el presidente Julio César Turbay Ayala quien, en 1980 y contra todo pronóstico, tomó la determinación de establecer relaciones formales con la República Popular China. No fue una decisión sencilla en el plano nacional e internacional. Por el contrario, encontró resistencias significativas. Colombia mantenía entonces relaciones oficiales con la República de China (Taiwán), cuya diplomacia movió cielo y tierra para impedir este acercamiento. El paso dado por Turbay implicaba, de facto, el rompimiento con la China nacionalista. Para liderar este complejo proceso, la Presidencia de la República designó un comité ad hoc del cual tuve el honor de formar parte en los albores de mi carrera, habiendo visitado ya el gigante asiático en cuatro oportunidades.
Aquella apuesta visionaria se selló con el nombramiento de don Julio Mario Santo Domingo como el primer embajador de Colombia en Pekín. Recuerdo con especial afecto cómo el embajador Santo Domingo nos encomendó a su gran amigo José María ‘Pepe’ Gómez —quien años más tarde sería también embajador de Colombia en Beijing— y a mí una misión logística y simbólica: encontrar la sede de nuestra representación en la capital china para que fuera habitada por el embajador Santo Domingo y su joven familia a su llegada a Beijing.
Tras no pocas peripecias —que Pepe suele relatar con detalle y no poca gracia— logramos asegurar, tras negociaciones a veces frustrantes, la estupenda casona de tres pisos y amplios jardines que, desde entonces y hasta el día de hoy, sirve como residencia y Cancillería de Colombia en Beijing.
Años más tarde, este vínculo se fortaleció a través de una diplomacia cultural de la que Mo Yan es hoy el máximo exponente. Su visita inicial en 2015 fue posible gracias a la gestión de figuras como el embajador Wang Xiaoyuan, de muy grata recordación en Colombia, y la eficiente y carismática embajadora Carmenza Jaramillo.
Fue precisamente por insinuación mía que el embajador Wang entregó a la viuda del embajador Santo Domingo, doña Beatrice Dávila, y a sus hijos Alejandro y Andrés, una placa honorífica in memoriam como tributo al pionero de nuestra embajada. Aquel acto no solo fue un reconocimiento a un hombre, sino a una visión de país que comenzó a gestarse hace casi medio siglo.
Diálogo de décadas. Bajo este marco histórico, la presencia de Mo Yan en Bogotá se siente como la culminación de un diálogo de décadas. Para el nobel, conocer Colombia era habitar el territorio de su maestro inspirador, Gabriel García Márquez. Con un recato poco común en un premio nobel, reconoció que la lectura de Cien años de soledad fue para él una revelación que le permitió entender que su propio mundo rural de Gaomi —una suerte de Macondo chino, poblado de leyendas— podía ser el centro de su universo literario. Su técnica, que el Comité del Premio Nobel de Literatura definió como un “realismo alucinatorio”, no es otra cosa que la voz de una China profunda que, al igual que nuestro realismo mágico, utiliza lo fantástico para narrar las verdades de la historia.
Resulta paradójico que su seudónimo, Mo Yan, signifique literalmente “No hables”. Esa discreción nominal contrasta con la potencia de sus relatos, que han dado una voz universal a los campesinos y a la historia profunda de su país.
Que el Nobel regrese a Bogotá en el cincuentenario de la feria es un tributo a aquella decisión audaz de 1980 y a la convicción de que la literatura, más allá de los convenios bilaterales y las declaraciones de principio, es el verdadero lenguaje común.
En las páginas de Mo Yan, la distancia entre el Yangtsé y el Magdalena se acorta, recordándonos que el té verde y el café colombiano comparten, en el fondo, el mismo aroma de lo humano. Es, en esencia, la victoria de un humanismo sin fronteras.
*Economista. Analista Internacional. Asesor de la Rectoría y Director del Centro de Estudios de Asia-Pacífico Universidad Sergio Arboleda

