Por: Guillermo de la Hoz Carbonó*
En redes sociales circula una fotografía que provoca risa inmediata. Un joven aparece al borde de una carretera con un letrero rudimentario que dice: “Se vende – se permuta voto por bienes y servicios”. Detrás de él se observa a varias personas, como si esperaran turno. A primera vista parece una escena humorística, un “emprendimiento” más de la economía informal latinoamericana.
Pero si uno la mira con más calma, deja de ser graciosa. En realidad, es una metáfora bastante exacta de una tragedia estructural de nuestras democracias.
Porque hay cosas que se venden —arroz, pescado, celulares, servicios de transporte— y hay otras que no deberían entrar jamás al mercado. El voto es una de ellas.
Los manuales clásicos de teoría democrática coinciden en un punto esencial: el voto es personal, libre e intransferible. No es una mercancía ni un contrato. Es el mecanismo mediante el cual los ciudadanos ejercen soberanía política. Cuando ese acto se compra o se vende, la democracia se deforma y comienza a parecerse más a una plutocracia, es decir, un sistema donde el poder político termina dependiendo del dinero disponible para comprarlo. El mecanismo es tan viejo como eficaz.
Quien compra votos no quiere ciudadanos activos. Quiere ciudadanos resignados. Quiere que usted crea que “todos los políticos son iguales”. Quiere que usted se desilusione y no participe. Porque mientras menos personas voten, más barato resulta manipular una elección.
En muchas regiones del país el método ha sido rudimentario pero persistente: dinero en efectivo, mercados, tejas, cemento, cerveza o gasolina. Se paga antes o después de la elección. Y casi siempre se acompaña de una frase que mezcla paternalismo y presión: “No me vaya a quedar mal”.
La historia reciente ofrece ejemplos concretos. El caso de la exsenadora Aída Merlano reveló en 2018 una maquinaria organizada de compra de votos con dinero en efectivo, listas de control electoral y operadores políticos. Su condena mostró algo que muchos ya intuían: la compra de votos no es un acto aislado sino una industria política.
Sin embargo, el sistema suele tener una ironía amarga. A veces cae el político visible, pero quienes financian realmente esas estructuras —contratistas, operadores regionales o grupos económicos— permanecen invisibles.
Y el daño institucional es profundo. Cuando un candidato llega al poder comprando votos, su primera prioridad no es gobernar sino recuperar la inversión. De allí nacen muchos de los problemas que los ciudadanos padecen después: contratos amañados, clientelismo, burocracia repartida como botín y corrupción.
Hay incluso una observación interesante que el ingeniero Rodolfo Hernández repetía con su estilo directo: si todos los ciudadanos votaran, comprar elecciones sería muchísimo más difícil. En su lenguaje coloquial lo resumía con una frase muy santandereana: “van a quedar mamando”, porque ningún candidato tendría dinero suficiente para comprar millones de votos.
La idea no es absurda. En los países donde la participación electoral es muy alta, la compra de votos pierde eficacia porque el universo de votantes es demasiado grande para manipularlo.
Pero el problema no es solo institucional. También es cultural. La compra de votos prospera donde coinciden dos factores peligrosos: necesidad económica e ignorancia política. Para una familia pobre, un mercado o un billete puede parecer una ayuda inmediata. Lo que no siempre se percibe es el costo a largo plazo: cuatro años de malas decisiones públicas. Es un mal negocio.
Vender el voto por un billete es como vender la llave de la casa por una cerveza. El problema no es la cerveza; es lo que ocurre cuando alguien más entra y se queda con la casa.
Por eso el voto no tiene precio: porque en ese momento todos los ciudadanos son iguales. El empresario más rico y el pescador más humilde tienen exactamente el mismo poder político: un voto.
Cuando ese voto se vende, esa igualdad desaparece.
Y tampoco piense como aquel presidente que, frente a parlamentarios investigados, llegó a sugerirles algo parecido a esto: antes de ir a la cárcel, voten por mis iniciativas porque necesito sus votos. Cuando la política se vuelve un mercado de favores o de impunidades, la democracia empieza a deteriorarse.
*Guillermo De La Hoz Carbonó. Abogado. Economista. Analista. Docente Universitario. Columnista

