JOSÉ MANUEL HERRERA BRITO- periodista y abogado

Por: José Manuel Herrera Brito.

Como ciudadanos, claro debemos tener, para que el voto sea aprovechado como una importante oportunidad, elegir bien y mejor, razón de peso para no dejarnos llevar por la promesa que pueda ser la más llamativa ni por el discurso que muestre aspectos mayormente confrontacionales; de ahí que ante las nuevas justas electivas del 21 de junio próximo, debamos pensar en cual es la gran decisión que tendremos que tomar, especialmente por vernos en medio de una avalancha de promesas facilistas de corto plazo que desde el período anterior se nos vienen haciendo sin resultados positivos y sin soluciones en ningún tiempo; solo peroratas, falsedades, incumplimientos, narrativas y relatos que pretenden y buscan seguir conectando con el malestar ciudadano, pero que creemos sin éxito en esta oportunidad.

Frente a lo cual cabe la pregunta de fondo que pocas veces nos planteamos con claridad; y es, ¿qué o cual es el tipo de país queremos construir? Pregunta a la que considero debemos responder diciendo que queremos, necesitamos, requerimos un país donde se promueva la inversión, se genere empleo digani, duradero, bien remunerado y que crezca de manera sostenida, y no uno que siga atrapado en la desconfianza, la imprecisión, la improvisación, la imprevisión y el estancamiento.

Clara sin duda es la evidencia que ante nosotros tenemos y refrendada está. Las naciones que han logrado reducir la pobreza y mejorar la calidad de vida de su población lo han hecho sobre la base de la inversión privada, reglas de juego estables, seguridad jurídica y apertura al mercado. Y que conste que no es una discusión ideológica, sino una constatación práctica. Sin inversión, no hay crecimiento. Y sin crecimiento, no hay empleo ni oportunidades reales para los millones de colombiano que se encuentran cesantes.

En todas y cada uno de los procesos electorales reaparecen propuestas que ponen en riesgo ese camino. Discursos, narrativas, relatps, peroratas que cuestionan la inversión, que plantean mayores trabas o que promueven la intervención del Estado como solución a todo, lo que ha mostrado y demostrado fracaso rotundo a través de los años. Se adiciona a lo cual un perverso autoritarismo y brutal populismo que no solo aparece en campaña, sino que ya hemos visto operar en arbitrarios decretos y legislativamente con la aprobación de leyes sin sustento ni financiamiento, decisiones con alto costo fiscal y promesas que se financian con recursos que el país no tiene.

Resultado de esa combinación es de sobra conocido; esto es, que cuando el populismo se impone, la inversión retrocede. Y cuando la corrupción entra en escena, el daño es doble, ya que no solo se pierden recursos, sibo que también se destruye la confianza. El país ya ha pagado ese costo demasiadas veces como para volver a recorrer el mismo camino. Tenemos la obligación de elegir bien. De ahí la responsabilidad y el compromiso de evaluar qué propuestas generan condiciones para crecer y cuáles, por el contrario, nos devuelven a un camino que ya sabemos cómo termina. En más de lo mismo. Vale decir, atorados, atascados  e instalados en la incomodidad siempre perniciosa y perversa del atraso.

El voto, sagrado deber y derecho, es, finalmente, una decisión sobre el futuro económico del país. Y en ese terreno, las consecuencias no son abstractas: se traducen en empleo, ingresos y oportunidades. Si queremos una Colombia que avance, la elección no puede ser indiferente a aquello que realmente hace posible el crecimiento; de ahí que se imponga votar bien, votar mejor, votar útil, votar con sensatez, votar sin rencores, votar con cabeza fría, votar a conciencia, votar responsablemente, votar racionalmente, votar con sentido de pertenencia.Actuar y votar con sensatez es sin duda principio de positiva solución. *saramara7@gmail.com

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