Miguel Bayter Bayter- Abogado y Columnista

Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*

CRÓNICA DE UN RUGIDO ANUNCIADO 

En ciertos períodos de la vida pública, sobre todo aquellos en los que la realidad supera con holgura a las mejores novelas palaciegas, el país parece convertirse en un viejo imperio que, sin reconocerlo, se desmorona con encanto. Los partidos, impecablemente vestidos con sus trajes de épocas pasadas, se reúnen en salones alfombrados, aferrados a ceremonias que fueron espléndidas en su origen, pero que hoy lucen tan anacrónicas como un carruaje tirado por caballos en pleno bulevar moderno.

Y en medio de este paisaje de porcelana antigua irrumpe Abelardo de la Espriella, no con la solemnidad opaca de los burócratas del reino, sino con la gracia provocadora del aristócrata que regresa del exilio y descubre que la corte sigue discutiendo las reglas del minueto… mientras él prefiere los pasos de un vals más audaz.

La consulta de marzo, ese ritual que algunos defienden con fervor casi religioso, se asemeja a una ceremonia del viejo Reino de los Tiempos Serenos: pomposa, respetable, cuidadosamente orquestada… y perfectamente prescindible. Su utilidad era indiscutible cuando los contendientes exhibían equivalencias casi militares, como dos duques que se baten por un estandarte heredado. Pero hoy, insistir en ese procedimiento es como pedirle al emperador que consulte a su consejo de heraldos antes de cruzar las puertas del trono.

Porque la realidad, esa dama indomable, experta en arruinar protocolos, ha puesto en escena la figura del outsider. No llegó con pergaminos oficiales ni con la bendición de las viejas dinastías partidistas. Llegó como llegan las tormentas nobles: sin anunciarse, sin pedir permiso, sin tocar la puerta. Y el pueblo, ese público voluble pero certero, le abrió el paso como si reconociera en él una energía histórica que las estructuras del viejo orden no supieron descifrar.

Mientras algunos aspirantes intentan sostener sus números como cortesanos que buscan impresionar al monarca con discursos recargados, el Tigre avanza por las encuestas con la serenidad que solo poseen quienes no compiten: simplemente ocupan su lugar. Es la diferencia entre un heredero legítimo y un pretendiente ansioso.

Pedirle, entonces, que se encierre en la consulta de marzo es un gesto de cortesía equivocada. Sería como solicitarle a un archiduque que participe en un torneo de caballeros menores, organizado por barones que aún revisan sus genealogías a la luz de una vela. El Tigre no está para esas cortesías encantadoras. No nació para las antesalas.

El Centro Democrático, casa noble que alguna vez deslumbró a la capital del reino y que hoy camina con el porte digno, pero nostálgico, de los linajes que han visto mejores días, anhela que la consulta revitalice su influencia. Es un deseo comprensible, casi conmovedor, como la aspiración de un viejo marqués que intenta mantener viva la iluminación de un castillo con candelabros de plata… ignorando que el mundo ya funciona con electricidad.

Pinzón, siempre decoroso, siempre pulcro, se comporta como el diplomático que no pierde la compostura ni en los bailes ni en los funerales. Pero las épocas de cambio no recompensan el protocolo: recompensan el magnetismo, la energía bruta, la intuición del momento. Y en ese terreno, el Tigre parece moverse con un instinto casi imperial.

Si los tiempos fueran otros, más lentos, más ceremoniales, más inclinados al consejo de los barones, quizá los partidos insistirían en proteger sus rituales, como casas nobles que no se desprenden de sus tapices, aunque se hayan descolorido por el sol. Pero la patria no vive una tarde tranquila de salón; vive una noche de decisiones graves, donde hasta los objetos más hermosos estorban si no son útiles.

La salida elegante, la que recomendaría cualquier canciller con experiencia, es simple: aceptar que la ciudadanía ya inclinó la balanza. Se puede, si se desea guardar formalidades, recurrir a un proceso breve de consultas metodológicas. Pero el acto verdaderamente aristocrático sería reconocer lo evidente con suavidad, sin desplantes, sin quejas, sin aspavientos.

Negar la realidad sería un acto de romanticismo político, bello pero imprudente, propio de poetas que sueñan con coronas que ya no existen. Aceptarla, en cambio, sería un gesto de nobleza: la clase de nobleza que sobrevive a las épocas turbulentas.

Porque en esta obra, más imperial que republicana, más teatral que institucional, no gobierna la costumbre, ni la liturgia, ni la vieja ingeniería partidista. Gobierna el momento histórico.

Y en este momento, las puertas de la corte se han abierto, los tapices han temblado, y todos saben quién ha entrado al salón: El Tigre!!!  Y no hay mayordomo, ministro ni estratega que ignore que, desde entonces, el protocolo ya no es el mismo. 

*Abogado. Analista. Escritor. Columnista

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