Por Miguel Enrique Bayter Bayter*
Dentro del incontable repertorio de ficciones morales que ofrece el Nuevo Testamento, pocas piezas han gozado de tanto prestigio y tan poca revisión crítica como esa mal llamada «parábola del hijo pródigo». Y digo mal llamada, porque en rigor no se trata de una parábola sobre el hijo en desgracia, sino sobre una familia disfuncional, una administración patrimonial catastrófica y una lección moral tan equívoca como indulgente. Una especie de telenovela evangélica, escrita por un redactor celestial en un mal día, y que ha sido leída durante siglos por clérigos miopes y fieles sentimentales como si fuera la quintaesencia de la misericordia divina, cuando en realidad es un tratado subliminal de cómo premiar la vagancia, romantizar la irresponsabilidad y deshonrar la virtud.
La historia es conocida hasta el hastío: un padre, figura que supuestamente representa a Dios, aunque más parece un gerente jubilado con espíritu de ONG, tiene dos hijos. Uno de ellos, el mayor, es lo que antiguamente se llamaba un hombre de bien: trabajador, disciplinado, constante, aburrido si se quiere, pero confiable. El otro, el menor, es un parásito con ínfulas de príncipe: exige su parte de la herencia antes de que el padre estire la pata, con una arrogancia que raya en la estafa intergeneracional, y se lanza a vivir la vida loca en una orgía de despilfarro, prostitutas y vinos importados; que envidia!!!. En resumen: un libertino de manual, un precursor de los influencers de Instagram, que quiere gozar del capital sin haberlo trabajado, la fama sin mérito, la herencia sin duelo. Un adelantado a su época.
Pero detengámonos un momento en la figura del padre, oscuro personaje que la tradición exalta como símbolo de la compasión divina. ¡Qué imagen tan desastrosa de la paternidad! Un hombre que no sólo consiente la insensatez del hijo menor, sino que le financia el desvarío. ¿Qué clase de progenitor es este que entrega la herencia en vida como si fuera un cheque en blanco, sin condiciones, sin un pagaré, sin una cláusula de retorno? Este no es un padre: es un alcahuete. El mismo que después, cuando el muchacho vuelve, no sólo lo recibe con los brazos abiertos, sino que organiza una fiesta a su medida, mata el ternero más gordo, manda traer músicos y le pone un anillo en el dedo como si regresara un héroe de guerra y no un vividor arruinado por su propia estupidez.
Y ahí está, por supuesto, el hermano mayor, que encarna todo lo que nuestra época detesta: la virtud callada, el sacrificio silencioso, el mérito sin espectáculo. El hermano que no pidió nada, que no se fue, que trabajó la tierra, que sostuvo el negocio familiar mientras el otro tiraba el dinero en burdeles y mesones. Ese hombre íntegro, sensato, responsable, termina siendo el villano a ojos del padre y del relato. Porque, claro, el pecado de este hermano mayor no es la lujuria ni la avaricia: es la amargura. ¡Oh, grave delito el de sentirse indignado ante la injusticia! En esta parábola, como en la Colombia profunda, el resentimiento del decente es más condenable que la corrupción del pícaro.
La moraleja es, por decir lo menos, perversa. El mensaje no es «arrepiéntete y serás perdonado», sino algo mucho más corrosivo: «Haz lo que se te dé la gana, que aquí estaremos para abrazarte cuando regreses, siempre que regreses con cara de perro arrepentido.» Es el evangelio del impune. El catecismo del oportunista. Una lógica digna de la politiquería criolla, donde el corrupto que llora en televisión es absuelto por aclamación popular, mientras el funcionario honesto es tratado de tonto útil.
Y cómo no trazar los paralelos contemporáneos. Hoy, el hijo pródigo sería trending topic. Tendría una cuenta de TikTok donde haría bailes con prostitutas en Dubái, usando la herencia paterna para financiar experiencias espirituales de autodescubrimiento en Tulum. Regresaría no a una finca, sino a una entrevista exclusiva en Semana, donde contaría entre lágrimas su camino de redención y sería postulado a una secretaría de juventudes. El padre, por supuesto, sería CEO de una fundación progresista que predica el «amor sin juicio», mientras el hermano mayor seguiría pagando impuestos, criando hijos sin subsidios y trabajando para sostener el país que otros se roban con perdón.
No es casualidad que esta parábola sea tan citada por la iglesia moderna, por los pastores mediáticos, por los teólogos de la tibieza: es perfecta para justificar el relativismo moral. Es el dogma de la segunda oportunidad, siempre que uno llore lo suficiente. No importa cuánto hayas destruido, cuánto hayas robado, cuánto hayas mentido: si sabes llorar en el momento indicado, si tienes el gesto adecuado, si te declaras «humano y falible», entonces el cielo es tuyo, el becerro es tuyo, el anillo es tuyo. Mientras tanto, los bobos que nunca cayeron, los que nunca robaron, los que nunca abandonaron, esos que se jodan.
¿Y qué decir del becerro cebado? ¡Ah, el símbolo sublime y por excelencia de la injusticia! No es cualquier animal: es el ternero reservado para la ocasión más especial. Lo mata el padre sin consultar, sin explicarle al hermano mayor, sin medir consecuencias. ¿Quién alimentó a ese becerro durante años? ¿Quién lo cuidó, lo protegió, lo hizo engordar? El hermano mayor, por supuesto. Pero el banquete se lo come el otro. ¡Qué metáfora más exacta del sistema tributario colombiano!
La historia del hijo pródigo no es una parábola edificante, es una sátira de la condición humana. Una caricatura sagrada de nuestras debilidades sociales: premiamos la narrativa del arrepentimiento, no la realidad del mérito; perdonamos al bandido que llora, pero ignoramos al justo que aguanta. El mensaje no es espiritual: es político. No es religioso: es cultural. Es el mismo que se repite en cada elección, en cada reality show, en cada púlpito: “Sé escandaloso, fracasa a lo grande, arrodíllate con lágrimas y todo te será dado”.
El hijo pródigo no es un héroe. Es un descarado con suerte. El padre no es un modelo de amor, sino un cómplice del desorden. Y el hermano mayor, el verdadero mártir de esta historia, es también su víctima más ignorada. Porque mientras él cuidaba la viña, el relato lo convertía en estatua. Mientras él sembraba trigo, el otro sembraba caos. Y al final, ¿quién recibió el banquete? El pecador arrepentido. Y el justo quedó rumiando su rabia, en silencio.
En fin, que Dios perdone al hijo pródigo. Pero que no nos pida que lo admiremos.
Amen.
*Abogado. Analista. Escritor. Columnista

