Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*
Que gobernar no es tuitear, ya lo sabíamos. Que legislar no es gritar en la plaza, también; pero a veces, como país, parece que padecemos una amnesia moral y política que nos obliga a redescubrir, a golpe de caos, lo que la civilización lleva siglos enseñando: el poder sin forma, sin ley y sin consenso es apenas un capricho disfrazado de revolución.
Gustavo Petro, el presidente-orador, el tuitero impenitente, el marxista de entrecasa y de saco mal entallado, ha encontrado en el Congreso de la República no una institución de contrapesos ni un foro de deliberación democrática, sino un obstáculo molesto, un vestigio burgués que se atreve, ¡oh insolencia!, a no obedecerle sin reservas. ¿Cómo osa esta democracia infeliz a no inclinarse ante el verbo vibrante del hombre que se cree el destino encarnado?
Porque he ahí el drama: el Ejecutivo se siente incomprendido por la institucionalidad. Y no porque sus reformas sean brillantes, estructuradas o siquiera viables, sino porque —¡ay!— no se le permite hacerlas pasar con la facilidad con la que se redacta un trino. Es decir: el Congreso se ha atrevido a hacer su trabajo. A discutir. A rechazar. A archivar.
Petro, que en campaña supo entonar el cántico de la “democracia participativa” como un bolero de moda, hoy se revela profundamente incómodo con los límites que la Constitución impone. Cuando el Congreso le dice “no”, como le ha dicho a muchos de sus esperpentos y veleidades de ingeniería social, el presidente no replantea. Se victimiza. No dialoga. Despotrica.
Cada sesión fallida del Legislativo es, para la narrativa presidencial, un nuevo acto de traición al pueblo, una conjura oligárquica, una emboscada del “establecimiento”. El Congreso no legisla; “sabotea”. Los medios no informan; “mienten”. Los jueces no fallan; “perjudican al Gobierno popular”. Así se construye el relato mesiánico: el presidente como único portador de la verdad, rodeado de infieles que no entienden su evangelio transformador.
¿Y quiénes son esos infieles? Congresistas que no comulgan con dogmas; ciudadanos que dudan; partidos que, en un raro y fugaz rapto de sensatez, deciden no someterse al capricho del caudillo. El pluralismo, ese incómodo hijo de la democracia, se convierte entonces en anatema.
Se nos quiere hacer creer que el Congreso bloquea a Petro por inquina, por miedo, por intereses espurios. Puede ser. Pero en una república decente, incluso esos motivos son válidos si el resultado final es evitar el desvarío. No es bloqueo lo que hay: es contención democrática. Es el viejo principio de frenos y contrapesos, esa herejía liberal que tanto molesta a quienes conciben el poder como patrimonio personal.
El Ejecutivo propone, pero no impone. La Constitución no autoriza al Presidente a reconfigurar el país por decreto, ni a desmantelar el sistema de salud por ideología, ni a fundir el erario en subsidios eternos sin explicar cómo se pagarán. Si el Congreso frena sus reformas, lo hace porque, simplemente, no convencen. No persuaden. No cuadran. Y no están obligados a hacerlo.
Porque, en buena hora lo recordamos: Colombia no eligió un monarca ilustrado, ni un autócrata iluminado, sino un presidente sometido a controles, a la ley y —pecado capital para los nuevos redentores— al consenso político.
Hay una figura patética y peligrosa que recorre América Latina: la del caudillo con complejo de redentor, frustrado porque no puede ejecutar su cruzada. A falta de poder real, se refugia en la retórica: habla de “golpes blandos”, de “élites corruptas”, de “pueblo traicionado”. Petro no escapa a ese molde. Cuando el Estado no le obedece, inventa un enemigo. Cuando la realidad no le sirve, la reinventa.
Pero gobernar no es gritar más fuerte. Ni escribir más trinos. Ni repetir hasta el hartazgo que se tiene “mandato popular”. Gobernar, señor presidente, es convencer, es negociar, es renunciar a lo absoluto.
Y si no puede hacerlo, si cada día se atrinchera más en su minoría parlamentaria, si sigue culpando a todos excepto a sí mismo, entonces el problema no es el Congreso. ¡Es usted!!!
Si la democracia aún significa algo, algo más que el teatro de las urnas y las arengas de balcón, entonces el Congreso debe seguir haciendo lo que está haciendo: funcionar como dique de contención ante un proyecto que no gobierna, sino que arde en su propio narcisismo ideológico.
La pregunta, por tanto, no es si el Congreso bloquea a Petro. La pregunta es si Petro alguna vez quiso gobernar, o si sólo quería, como tantos otros en la historia, tener el poder de destruir lo existente sin el deber de construir algo mejor.
*Abogado. Analista. Escritor. Columnista

