Ec. Omar Escobar.
Desde hace cinco años veníamos emergiendo de una pandemia sanitaria global y la invasión a Ucrania al viejo estilo militar. Hoy, el nuevo estilo americano nos muestra la manera de gobernar el mundo, creando una inestabilidad aún más profunda, aumentando el riesgo de conducir a millones de personas a la inseguridad alimentaria y a la pobreza. Este escenario es propicio para la polarización política dentro y entre países, que pone en riesgo el debilitamiento del multilateralismo, y como se ha podido evidenciar altera el orden jurídico internacional y por extensión infringe los derechos humanos. Es decir, vamos en contravía de lo planteado por Michelle Bachelet: “los gobiernos necesitan proteger y defender el espacio para que las personas puedan participar en los asuntos públicos, para que puedan expresar sus opiniones y preocupaciones libremente, con seguridad y sin temor, incluso mediante protestas pacíficas y otras formas de participación ciudadana”.
Hoy parece un sueño del pasado y mas bien cabe el cuestionamiento profundo que hace el critico literario mas agudo que tiene este siglo, Jesús G. Maestro, quien hace una reflexión crítica y profundamente filosófica sobre el estado actual de la democracia en el mundo occidental. Metodológicamente combina el análisis histórico, político y cultural, lo cual le permite concluir: “la democracia, tal como la hemos conocido desde el siglo XX, no solo ha alcanzado un punto de agotamiento histórico, sino que se ha convertido en un instrumento que, paradójicamente, destruye las bases mismas que la sustentaban —la libertad política, el Estado moderno y las leyes civiles—.” Para Maestro, las élites económicas globalizadas, los nacionalistas y la iglesia, entre otros, son parásitos del Estado moderno. Dice: “Estos actores, lejos de fortalecer la democracia, la utilizan como un «instrumento emulsionante y organismo disolvente» para erosionar las estructuras que garantizan la libertad y la soberanía colectiva”, de tal manera que estos actores han hecho de la democracia una caricatura gracias a la manipulación electoral y la demagogia hábilmente financiada por lo que él llama, los amigos del mercado.
De esta manera demuestra el declive de la democracia, apoyada en el idealismo democrático propiciado en la cultura anglosajona con su mito de la libertad, la educación posmoderna y una narrativa en el lenguaje político cargada de una censura en todo nivel -en pleno siglo XXI-, muy parecido a las monarquías del pasado. Concluye: La democracia de finales del siglo XX, con sus logros históricos (como la expansión de derechos y la estabilidad estatal), se ha vuelto «anacrónica e intempestiva».
Maestro, va más allá: hoy emerge una «posmodernidad democrática» que reduce los derechos del ciudadano a los de un mero consumidor, cuyos límites se encuentran en una «hoja de reclamaciones». Esta metáfora, recurrente en la obra, encapsula la tesis de que la política, entendida como la administración del poder y la libertad, ha sido reemplazada por un mercado que no busca demócratas, sino clientes.
El autor identifica tres víctimas principales de este fracaso: el Estado moderno, la libertad política y las leyes civiles; pilares que fueron la base de la sociedad occidental. Así se explica como los autollamados demócratas de la actualidad, no tienen principios liberales, son negociadores puros, fragmentando derechos civiles y dando paso al poder hegemónico de las corporaciones transnacionales para permitir su propia supervivencia. Como resultado se evidencia un debilitamiento del Estado Social de Derecho, desintegración de la libertad política, censura en la academia, fragmentación cultural. Por ende, se abren las puertas a nuevas formas de dominación del poder financiero y la hegemonía religiosa.

