MÉDICO HERNANDO RAFAEL PACIFIC GNECCO

Por. Hernando Pacific Gnecco*

Es bastante frecuente observar en las redes sociales contenidos aparentemente confiables y fuente de buena información. No obstante, muchos de ellos carecen de sustento científico y no solo buscan obtener visualizaciones con propósitos monetarios sino vender “tratamientos milagrosos” a incautos clientes que, parece, les creen más a personajes faranduleros que a los verdaderos científicos. Inclusive, en formatos diversos, se copian entre sí los contenidos aumentando el peso de su impacto en las redes. Es fundamental protegerse de la desinformación.

Se sabe que, desde hace un siglo, la industria alimentaria fomentó una nueva forma de consumir comestibles basados en la producción fabril, apoyándose en portentos aparatos publicitarios, estudios “científicos” de dudosa calidad y personajes comprometidos con sus causas. Estos y otros factores condujeron a la aparición y al incremento de enfermedades crónicas no transmisibles, escasas en épocas anteriores: hipertensión, diabetes, dislipidemias u obesidad con sus respectivas secuelas. La industria produjo comestibles similares a los alimentos, muchas veces de incierto valor nutricional y, casi siempre, cargados de químicos que afectan la salud de sus consumidores habituales. Incluso, muy tarde, las autoridades sanitarias reaccionaron tímidamente a esa situación tan compleja. Cualquier acción ahora se enfrenta al poderoso cabildeo de la industria alimentaria.

La mala orientación en salud y las recomendaciones engañosas son antiguas, pero hoy, sofisticadas, cuentan con los “consejos de expertos” y una convincente presentación. Los influenciadores impactan a millones de seguidores; con una información carente de sustento, las consecuencias serán evidentes con prontitud. Un estudio publicado en la revista JAMA Network Open afirma que cerca de un 85% de las publicaciones de “salud” en las redes contienen consejos engañosos y potencialmente dañinos. Para analizar el impacto, los investigadores revisaron 982 publicaciones en redes de influenciadores que, en conjunto sumaban 200 millones de seguidores, un 2.5% de la población mundial. Solo el 15% mencionaba posibles efectos nocivos. Esos influenciadores carecían de los conocimientos básicos en salud, y solo un 6% mostraba alguna evidencia científica. La evidencia era anecdótica y los casos escogidos con evidente sesgo. La solicitud de exámenes diagnósticos era frecuentemente innecesaria o inútil. Detrás de ellos había pagos por promover “remedios milagrosos” o estudios paraclínicos innecesarios.

La información falsa o sin sustento científico se difunde rápidamente en internet; el gran público no es consciente de ello y consume contenidos potencialmente peligrosos sin contratarlos. El problema es que, por un lado, se pueden utilizar innecesariamente recursos de la salud para atender patologías inexistentes o en tratar las consecuencias de tratamientos equivocados. Esto obliga a una estricta regulación de contenidos, tratamientos y productos, así como pedagogía intensa por parte de las autoridades sanitarias. No basta con los sellos octagonales negros; tampoco con una información nutricional que pocos leen. La educación nutricional en la escuela es fundamental, la orientación en los hogares absolutamente necesaria, el apoyo estatal en los grandes medios de información para realizar pedagogía masiva y, desde luego, facilitar el acceso familiar a la alimentación saludable. En otras palabras, se requiere la participación de la sociedad civil, incluyendo a los medios de comunicación, las plataformas digitales, los gobiernos, el sector privado y las organizaciones multilaterales. Hay esfuerzos como el Plan de Acción de la Unión Europea contra la desinformación (no solo en salud) y en ciertos países de la UE.

Las recomendaciones son básicas pero necesarias: verificar que las fuentes de información sean confiables, avanzar más allá del titular, chequear al autor y revisar las fechas de publicación. Cuidado con los titulares emocionales que buscan el click y la recirculación; ojo con los juicios de valor y con las URL sospechosas; estas deberían ser revisadas para asegurarnos de su origen. Es importante no replicar contenido ofensivo o sospechoso. Para publicar contenidos en las redes sociales, deberíamos ser positivos, propositivos, asertivos y respetuosos; nos corresponde ser cuidadosos, analíticos, objetivos y racionales. No todo lo que brilla es oro, dicen; está en juego nuestra salud física pero también nuestra salud mental, espiritual y social. 

*Médico Cirujano. Especializado en Anestesiología y Reanimación. Docente Universitario. Conferencista. Columnista

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