Por: José Manuel Herrera Brito
La delincuencia es ese conjunto de acciones delictivas cometidas por delincuentes (individuos que violan las leyes) y el fenómeno social complejo que implica el incumplimiento de la normativa de un Estado o sociedad que se refiere tanto a los hechos de cometer delitos tipificados en el Derecho Penal como al colectivo de personas que se encuentran fuera del sistema y cometen actos contrarios a la ley, tiene entre sus aspectos que les son clave, la inadaptación social, la violación de la ley, ser fenómeno multifacético, generar un grande impacto social; y, entre sus modalidades, la individual, organizada, común, circunstancial y la hoy muy en boga ciberdelincuencia. Entre ellas el narcotráfico, rostro más que conocido; produce y transporta drogas, controla rutas, manipula mercados, compra voluntades y utiliza la violencia como su marca; de ahí que hablar de delincuencia organizada sea hablar de estructuras sólidas, complejas y profundamente enraizadas en nuestras vida social, política y económica, ya que no son improvisaciones ni grupos aislados; sino organizaciones con jerarquías, financiamiento, capacidad de corrupción y control territorial, y lo más grave, han penetrado a todos los niveles de la sociedad, desde las comunidades más marginadas hasta las élites políticas y empresariales, lo que es además de evidente, innegable.
Se suma a ello un múltiplo de modalidades que no podrían existir sin la complicidad de servidores públicos, funcionarios, policías y empresarios, tales como la trata de personas y el lavado de dinero, redes que engañan, esclavizan y explotan, y que al mismo tiempo mueven capitales y corrompen instituciones, actividades que tienen en común la creación de sistemas paralelos que sustituyen al Estado en algunos territorios, generando miedo, dependencia y sumisión. Dichas organizaciones no distinguen clase social; en la base, reclutan jóvenes sin oportunidades, mujeres en situación de vulnerabilidad, familias enteras atrapadas en la pobreza; en el nivel medio, se alimentan de profesionales que diseñan fraudes, abogados que litigan a su favor, financieros que lavan dinero; y en la cúspide, se benefician de políticos, autoridades y empresarios que se vuelven parte activa de la red, ya sea por omisión, complicidad o interés directo.
Empeora el panorama, además del nefasto flagelo guerrillero que arrastramos y ya hemos tratado en columnas anteriores, la impunidad, oxígeno de estas estructuras, ya que mientras los expedientes se archivan, las investigaciones se dilatan y las sentencias se negocian, el crimen se fortalece y cada caso sin resolver envía un mensaje claro, hasta el punto que entre nosotros se delinque con costo bajo y alto beneficio, lo que explica por qué el fenómeno es histórico, como consecuencia de lo cual llevamos decenios permitiendo que las organizaciones criminales crezcan al amparo de instituciones débiles y de una sociedad resignada, lo que arroja un resultado más que es devastador, inseguridad permanente, miedo como rutina y un freno al desarrollo social, humano y al crecimiento económico, que lleva a los inversionistas a no confiar en un país donde el crimen dicta las reglas, a las familias a no crecer en paz por cuanto la violencia se ha vuelto parte sustancial de nuestro diario vivir.
Llama lo expuesto a que real y verdaderamente reconozcamos a fondo la magnitud del problema, ya que lo que nos cunden no son simples bandas, sino corporaciones delictivas, fortalecer al Estado, blindar fiscalías, policías y jueces contra la corrupción y dotándolos de verdadera independencia y recursos, romper la cultura de impunidad, garantizando que cada caso se investigue con rigor y cada responsable enfrente consecuencias reales, en lo que la sociedad en su conjunto tiene un papel ineludible, puesto que no basta con señalar a los políticos y por ende debemos rechazar la normalización del delito en el día a día, participar, denunciar, exigir transparencia y apoyar a quienes buscan caminos de legalidad, única forma de romper la simbiosis crimen / comunidad, toda vez que en combate a la delincuencia en su todo, no será rápido ni fácil; pero, cada paso hacia la legalidad fortalece el tejido social, cada sanción firme manda un mensaje y cada ciudadano que colabora demostrará que la sociedad puede ser parte de la solución y no del problema; de ahí que la delincuencia no podemos dejar que sea más el grande freno de nuestro avance, pero mientras exista una sociedad dispuesta a exigir justicia, habrá porvenir. saramara7@gmail.com

