Por. Miguel Enrique Bayter Bayter*
Ecopetrol entregó su balance del tercer trimestre y el espejo se hizo añicos: la compañía aún respira, pero cada inhalación suena como un jadeo de anciano que recuerda con nostalgia sus días de gloria mientras la decadencia lo devora. Los números positivos existen, sí, pero son solo sombras de un pasado glorioso. La caída del 32% en utilidades hasta septiembre no es un dato: es un tiro en la sien de la bonanza. El esplendor se evaporó y nadie tuvo la delicadeza de despedirse.
El culpable es cruel, inclemente y predecible: el mercado internacional del petróleo. El Brent, columna vertebral de nuestra economía, cae desde 81 dólares en 2024 a 68 este año, con proyecciones para 2026 que rozan lo trágico: 60 dólares. Para Colombia, que respira crudo, esto no es un viento en contra; es un huracán que amenaza con arrancar la tierra bajo nuestros pies.
Y no es solo el petróleo. Minerales y productos agrícolas anticipan un retroceso del 7% promedio. Los beneficiados: los importadores globales. Los damnificados: nosotros, dependientes de cada dólar que cruza la frontera. Ecopetrol no será la única víctima: empresas, regiones, familias… toda la nación sentirá el golpe de un país que se tambalea sobre arenas movedizas.
Cualquier respiro es ilusorio. Algunos alimentos e insumos energéticos podrían abaratarse, pero la realidad es cruel y rotunda. Los vientos internacionales soplan cruzados y la próxima bofetada puede llegar desde cualquier horizonte.
El mundo gira con nervios de acero, y nosotros bailamos sobre hielo fino. Bolsas que tiemblan, rumores de recesión, tensiones geopolíticas y la guerra comercial estadounidense que reaparece como un espectro burlón. La sobreoferta de materias primas hunde los precios y recuerda que los mercados no sienten piedad ni cortesía.
El petróleo, protagonista de esta tragedia, está condenado. Rusia esquiva sanciones y continúa exportando; la OPEP, con su ajedrez maquiavélico, ya ha vertido 2,9 millones de barriles diarios adicionales, equivalentes al 2,7% de la demanda mundial. La pregunta ya no es si los precios caerán, sino cuánto más profundo será el abismo y cuántos sucumbirán en el descenso.
El Banco Mundial advierte de un excedente histórico: cuatro millones de barriles diarios en 2026. Para Colombia, cuya principal exportación sigue siendo el petróleo, el impacto es inmediato: entre enero y septiembre de 2025, las ventas externas sumaron 9.614 millones de dólares, un retroceso del 16%.
En la Casa de Nariño podrían aplaudir la narrativa de descarbonización. La realidad fiscal es despiadada: menos divisas, menos impuestos, menos regalías, menos oxígeno para que el Estado respire. La caída de precios amenaza con clausurar explotaciones de alto costo justo cuando el gobierno persiste, con obstinación casi doctrinaria, en no abrir nuevas áreas de exploración. La decadencia productiva se acelera y nadie parece levantar la vista.
El carbón tampoco es refugio: proyecta un descenso del 28% entre 2025 y 2026. Entre exportaciones de 3.612 millones de dólares y conflictos internos en minas como Cerrejón, la situación se convierte en un cóctel explosivo que arde sobre la frágil estructura económica nacional.
El gas natural importado, especialmente de Estados Unidos, sube de precio ante la presión europea por llenar inventarios y distanciarse de Rusia. Ya incrementó en 2025 y en 2026 sumará otro 11%, asestando un golpe directo al bolsillo de cada colombiano.
Así se configura la tormenta perfecta: recibiremos menos por lo que vendemos y pagaremos más por lo que compramos. La única excepción aparente, el oro, es engañosa: buena parte proviene de operaciones informales o ilícitas, recordándonos que incluso lo que parece seguro tiene grietas por donde se escapan los recursos del país.
El sector agrícola es un faro tembloroso: café, palma, banano, carne, frutas y bebidas muestran destellos de éxito, pero la satisfacción se enfría con un dólar bajo que favorece a los importadores y asfixia a los exportadores. El Banco Mundial prevé estabilidad en 2026 tras caída promedio del 6%, pero los mercados siguen bailando al son de aranceles y represalias comerciales: ninguna calma es definitiva, ninguna certeza es segura.
El café, orgullo nacional, no escapa: la oferta global crece y los precios caerán 13%. Toda proyección, recuerda el Banco Mundial, está subordinada a los caprichos del clima, la geopolítica, el comercio, la seguridad y hasta la revolución tecnológica.
Los mercados financieros no dan tregua: correcciones abruptas, deudas imposibles de escalar, billones evaporándose como humo flotan en el aire. Si la economía mundial cae, los productos básicos se desplomarán con violencia apabullante.
La lección es brutal y despiadada: Colombia no puede dormirse ni un instante. El próximo año será un desafío titánico: incertidumbre petrolera, volatilidad cafetera, fragilidad exportadora. Ignorar esta realidad es condenar al país a despertar en medio del caos, desnudo ante la tormenta que se avecina.
*Abogado. Analista. Escritor. Columnista.

