Alfredo Leon Leyva -Ingeniero. Escritor. Columnista

Por: Alfredo León Leyva*

Recuerdos del ayer que pasó, vienen en este amanecer a mi memoria; y quizá de quien me refiero en el recuerdo ya no viva; o si lo hace aún, debe ser ya un hombre muy mayor, por no decir un anciano. 

De quien me refiero, llegó a la clase del grado sexto B ubicado en el tercer piso al lado de las escaleras, casi colindando con la capilla del edificio del colegio, en donde se sentía en primera fila el tañido de la campana que daba el inicio y el final de cada hora de clase que se sucedía en la jornada matutina; cuando los contados nacientes bellos de la barba y los bozos, se asomaban ralos en nuestras juveniles caras. 

Era temprano en la mañana de aquél día cuando llegó a nuestra sala de clases un gigante que parecía sacados de los dibujos de los “comics” griegos; alto y musculoso como Hércules, que lucía bien presentado en el vestir, amable y amigable que fue así como recuerdo el día en que se paró al lado del tablero verde desde donde se presentó así: ¡Buenos días compañeros! Soy su profesor de química, vengo de Barranquilla. Soy egresado de la Universidad del Atlántico, y mi nombre es Tiberio Ruiz. 

Como soy nuevo aquí, espero que un voluntario de los buenos en matemáticas, pase al tablero. 

Y en coro en tono alto todos gritamos el nombre, vaya paradoja, de un compañero que hoy después de pasados tantos años no he podido saber por qué nunca habilitó matemáticas en ningún de los grados anteriores, a pesar de que escasamente sabia reducir un simple quebrado. 

El compañero ofendido al borde de las lágrimas que se asomaban anunciantes por venir en el timbre de su voz quebrada dijo: Eso no es verdad profesor, no soy Eisntein como dicen ellos por burla, yo soy un mal estudiante de matemáticas. 

Que honesto fue ese día el compañero Gabriel, ocasionando que su honradez manifiesta  motivaría que el rumbo de ese primer encuentro con Tiberio Ruiz, el profesor de química, nos enseñara a conocer lo referente a ese líquido que tomábamos todos los días. 

Aprendimos desde entonces que la fórmula química del agua era H2O, que era un líquido transparente, incoloro, inodoro e insípido compuesto de dos átomos de Hidrogeno y un átomo de Oxigeno. Y que puede tener tres estados físicos a saber: Solido como el hielo, líquido, y gaseoso como el vapor. Fue extensa la charla, pero les confieso, a partir de ese día los compañeros dejamos de apodar al compañero con el nombre de aquella lumbrera matemática de nuestra época, y el consenso en la opinión de la clase fue que: teníamos un excelente profesor de química. Ya no recuerdo de él con precisiones, de aquellas largas y casi que interminables ecuaciones de formula molecular, empírica, y estructural que nos dibujaba en la pizarra, y que realmente no sé si las comprendíamos entonces o ahora. Pero a partir de ese encuentro relatado, al menos para mí, comencé a saber de la importancia del agua en el desarrollo de nuestras vidas. 

El agua la bebemos de ríos, manantiales, pozos; y tiene acidez y alcalinidad.  El agua se clasifica según su contenido y origen en: dulce, salada, blanda y dura, utilizándose en medicina, perfumería y alimentación mediante infusiones. El agua se encuentra en nuestro planeta en los mares y océanos en el 96,5%, en los glaciares y casquetes polares en el 1,72%; y el resto, el 0,04% está repartido entre lagos, humedad de los suelos, vapor atmosférico, humedales, embalses, ríos y arroyos. Es una sustancia común en forma de gaseosa y sólida en el sistema solar y el universo. 

El agua natural tiene más de sesenta minerales, pero al ser procesada y embotellada solo conservara dos minerales: sodio, y flúor, que no hidratan sino por el contrario deshidratan. La ingesta de esta agua embotellada produce más sed produciendo la deshidratación, y vemos que los árabes en sus calentanos desiertos no toman agua, solo llevan sal marina, la que les mineraliza el cuerpo con los minerales necesarios para el buen funcionamiento del cuerpo humano.

El cobre, cromo, manganeso, zinc, selenio, hierro, flúor, sodio y magnesio entre otros, son los minerales que debe contener el agua para el consumo humano; pero los laboratorios comprueban que las mayorías de las aguas envasadas para el consumo humano, solo contienen sodio y zinc. 

Los japoneses tienen por costumbre tomar un vaso de agua al clima, revuelta con una cucharadita de sal marina en ayunas tan pronto se levantan. Esto lo hacen todos los días, mineralizando su organismo que los hace sentir: libres del agotamiento y el cansancio recurrente que les afecta en nuestros azarosos días. ¡Y ojo!, no comas cuento de que la sal te sube la presión. No es la sal marina, pero si lo hace así la sal refinada rica solo en sodio.     

Dónde estés o donde te halles, uno de tus alumnos y en nombre de muchos de ésos que te copiaron, te digo: 

¡Gracias recordado profesor Tiberio Ruiz! Por tus oportunas y sabias  enseñanzas.  

Para ti y algunos escribo estas tonterías. 

*Ingeniero. Analista. Columnista

¿Cómo le pareció el artículo?
+1
1
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0

Por editor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *