Por: Anny Margarita Herrera Villa*
Un muy alto porcentaje de las empresas que conforman nuestro tejido empresarial en el país, 99.5%, son micro, pequeñas y medianas (MiPyMEs), que generan alrededor del 80% del empleo y contribuyen con cerca del 50 % del PIB nacional, lo que indica que sin dejar de lado otros aspectos, consolidarse debe este tipo de emprendimiento como uno de los motores más dinámicos de la economía y, al mismo tiempo, como una poderosa herramienta de transformación social, dado que detrás de cada una de estas empresas hay una historia de esfuerzo, de innovación, de resistencia ante la adversidad. Y aunque la narrativa sobre el “emprendedor” suele quedarse en un algo aspiracional, la realidad demuestra que este sector es, en los hechos como demostrado está, el gran pilar que sostiene al país. Son nuestro eje productivo, pero operan con dificultad, al enfrentar obstáculos estructurales como falta de financiamiento, carga fiscal, escasa capacitación y una limitada vinculación con el mercado formal.
No obstante, miles de ellos, jóvenes y mujeres en cantidad significativa en todo el país, siguen apostando por crear, innovar y abrirse camino en entornos cada vez más competitivos. No lo hacen desde el privilegio, sino desde la necesidad y la convicción. En un país donde la informalidad alcanza más del 50% de la población económicamente activa, emprender significa al mismo tiempo resistir y construir.
Hoy es creciente el liderazgo de las mujeres como emprendedoras, quienes no sólo dinamizan la economía local, sino que transforman su entorno familiar y comunitario. Sus proyectos generan ingresos, empleo y autoestima. Representan, en muchos sentidos, un cambio cultural profundo: pasar de la dependencia económica a la autonomía, de la participación marginal al liderazgo. Combinan talento, disciplina y creatividad, pero sobre todo, un sentido de propósito colectivo. En comunidades rurales y zonas urbanas, su emprendimiento suele ser más que un negocio: es una red de apoyo, una forma de organización social que impulsa el desarrollo desde abajo. Ante este panorama, el sector privado tiene una enorme responsabilidad: acompañar este esfuerzo, profesionalizarlo y convertirlo en motor de competitividad, en la seguridad de alcanzar en lo económico resultados llamados a que trascender, de ahí la importancia de formarlas ofreciéndoles capacitación en gestión administrativa, finanzas, liderazgo y sostenibilidad, además e demostrar que el crecimiento económico y la transformación social no son caminos separados. Cuando una empresa decide invertir en las personas, en su conocimiento y en su capacidad para innovar, está construyendo tejido social, hilando empresa, conectando talento, propósito y comunidad.
En un país como el nuestro dónde las distancias sociales, de género y económicas siguen siendo amplias, estos esfuerzos son más que buenas prácticas de responsabilidad social. Son estrategias necesarias para garantizar inclusión y sostenibilidad. Porque hablar de competitividad ya no puede limitarse a la eficiencia o al crecimiento del PIB; sino que implica también reducir inequidades, desigualdades, abrir oportunidades y fortalecer las economías locales.
En la actualidad demostrado está que las políticas públicas por sí solas no bastan para detonar el desarrollo si no van acompañadas del impulso ciudadano y del compromiso empresarial. Los emprendedores, sobre todo los pequeños, necesitan un entorno más justo: acceso real a crédito, asesoría técnica, digitalización, capacitación continua y redes de colaboración que los conecten con el mercado nacional e internacional; de ahí la importancia y urgencia que gobierno, academia y sector privado articulen una válida estrategia nacional de emprendimiento con perspectiva social y de género, a efecto de poder dar una un salto cualitativo en verdad hacia una economía más diversificada, innovadora y equitativa, ya que cuando se apoya el emprendimiento, especialmente el liderado por mujeres, los beneficios se multiplican en cascada, crece el empleo, se fortalece la comunidad y mejora la calidad de vida de las familias exponencialmente.
El reto es promover el emprendimiento como un todo inspirador, convertirlo en una política de Estado que reconozca su papel central en la construcción de bienestar, dejar de verlo como un esfuerzo aislado y entenderlo como parte de una red de desarrollo que incluye educación, innovación tecnológica, sostenibilidad ambiental y cohesión social y ello es posible hacerlo, ya que tenemos talento, creatividad y una reserva inagotable de energía emprendedora. Necesitamos solo un entorno que confíe, fomente, acompañe, impulse y potencie, por cuanto el verdadero desarrollo no se mide solo en cifras macroeconómicas, sino en la capacidad de transformar vidas y es o es en efecto lo que hacen nuestros emprendedores a diario en la meta de construir un mejor país para todos.
*Ingeniera Industrial. Especializada en Proyectos de Desarrollo. Columnista


Excelente nota. Felicidades Anny