SAÚL ALFONSO HERRERA HENRÍQUEZ- abogado. Magister en Derecho Público. 

Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez*

Entender deben los políticos que es preferible, por encima de la identidad individual, entender que más que individuos somos colectividad y en tal consideración actuar en beneficio y aprovechamiento colectivo, siendo no hacerle el juego a la corrupción un todo determinante, ya que la peor corrupción es la de los mejores, la de aquellos a quienes por sus elevadas responsabilidades se les exige ser rigurosamente honestos, comportamiento que así correspondido favorece en consecuencia a la comunidad; de ahí que quepa lo cual a los políticos, a los que tienen poder y deciden por todos, razón para comprender que desafortunadamente por condición humana y perversas influencias, existe la tendencia en los más, quienes al llegar a un cargo relevante y hasta de menor jerarquía incluso, el comportamiento de las personas se trastorna negativamente.

Unos se manifiestan abrumadoramente en una sola persona, con una fuerza que le emana y que le hace creer que ejerce un poder increíble sobre todos, hasta el punto de creerse que todo lo influencian, además consideran que cuanto más fuerzas se combinan en su contra, sus adversarios siguen siendo impotentes, al tiempo de tenerlos sin importancia que se les califique de engañadores, además de considerar no tener errores, nada puede vencerlos; y, no tener iguales y mucho menos superiores. Lo que indica endiosamiento y estar muy lejos de justas apreciaciones.

No se detienen nunca al aspirar a un cargo que en concepción de honorabilidad deben cuestionarse si son o no idóneos y pueden tener un desempeño exitoso para dicho cargo en el servicio público, si puede o no tener las condiciones, calidades y cualidades que requiere el perfil correspondiente, Carecen de esa capacidad autocrítica. Simplemente aceptan y después ven que hacen, lo que va en detrimento de la dignidad y de la cosa pública. Confunden gobernar con dar órdenes, además de creer que la realidad es maleable y es fácil transformarla, sobreestiman sus capacidades, pero viven temerosos que sus subalternos sean más capaces y por ende brillen más que ellos.

Se nota un atrevimiento que supera con creces lo ridículo con un efecto nocivo en la moral pública. Pero peor que todo es que tales situaciones desafortunadamente no es algo aislado, sino la seguidilla de una larga tradición debido a diversas causas, como es la formación cultural. No es ello un aspecto que se da solo en los cargos de elección popular, sino en todos los campos de la administración pública, siendo definitivamente los usuarios las víctimas día tras día. Los servidores públicos nunca reconocen errores, al considerar que de hacerlo es señal de debilidad, lo que los lleva a cuidar de manera invencible las apariencias.

Sensatez, virtud de los buenos servidores públicos es lo que se pide para el ejercicio de las delicadas tareas del Estado, por lo que deben ser consciente de sus propias limitaciones, lo mismo que entender que no es lo mismo cuando uno decide sobre asuntos personales que cuando se trata del bienestar de un pueblos. 

*Abogado. Especializado en Gestión Pública. Derecho Administrativo y Contractual. Magister en Derecho Público.

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