JOSÉ MANUEL HERRERA VILLA- Profesional en Administración y Finanzas.

Por: José Manuel Herrera Villa*

No podemos dejar bajo ningún punto de vista que se nos escape el porvenir; de ahí la necesidad, imperiosa por demás, de alcanzar un crecimiento económico notable, un buen nivel de bienestar y un bien soportado respeto por las  normas jurídicas; en la realidad que si se analizan las causas de las crisis, invariablemente se encuentran, entre otras muchas, el desacato a los ordenamientos vigentes y los errores legislativos, dado que el derecho es factor para poner orden e intentar que se haga justicia.

Tampoco podemos perder de vista que para que funcione el Estado de derecho se requiere la definición de los principios fundamentales que le dan coherencia al sistema en su conjunto. Precisar los fines es un ejercicio ineludible. No son propiamente normas, sino doctrina; aforismos de probada aceptación; base, origen o razón sobre la cual se discute el orden jurídico. No se agotan en su cumplimiento. Están al inicio y también son el objetivo último que orienta la conducta del conglomerado social, como bien y mejor afirman grandes tratadistas en la materia.

La observancia de los principios corresponden a una actitud permanente y la observancia de las normas a una más específica, tangible e identificable. Unos y otras son medibles, verificables y constatables. Muchos países

definen esos valores e ideales en sus documentos fundacionales, en la exposición de motivos de sus cartas magnas, o como parte de su articulado. Es señalarle al poder al limitaciones esenciales y a las personas, su consustancial derecho a su condición de ser dotado de razón, consciente de sí mismo y poseedor de identidad propia.

Las reglas emanan de los tres poderes y para su conformación existen procesos claramente establecidos, lo que lleva a soportar la República, lo que entraña tener definidos sus principios nucleares, ya que mientras la gente no le exija a su gobierno la práctica de las instituciones, las prescripciones del derecho serán ilusorias y la vida política adolecerá de sus perennes imperfecciones y el conflicto interior de nuestra democracia persistirá con sus dramáticos defectos. Es que no son las leyes invención de inspirados, ni fruto de la labor de los eruditos, ni capricho de ninguna torpe mayoría; sino que son obra de investigación, observancia y estudio; razones de peso para recordarle a nuestra clase política que debe ser robusta en la generación de ideas en positivo, que deben aportaciones y no improvisaciones, a efecto de corregir, enderezar y superar los malos gobiernos que padecemos para infortunio de los menos favorecidos. 

*Profesional en Administración y Finanzas. Especializado en Auditoría Integral. Proyectos de Desarrollo.

Loading

¿Cómo le pareció el artículo?
+1
1
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0

Por editor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *