JOSÉ MANUEL HERRERA BRITO- periodista y abogado

Por: José Manuel Herrera Brito

La lucha por ser alguien no debe desistirse, de ahí la importancia de pensar y pensarnos, reconocernos, saber que somos, aupar y auparnos en realidades, llevar nuestras vidas por los mejores derroteros, tener clara nuestra verdadera identidad. Tener  y sentir esa necesidad de ser alguien, especialmente hoy que vivimos en un mundo donde la anomia, esa ausencia permanente de normas y concepto desarrollado por la sociología para estudios de control social, desviación, delito y criminalidad, se ha convertido en pandemia, por lo que obligados estamos a luchar por deshacernos de un anonimato, que bien podemos decir se nos ha impuesto a la brava.

Prueba de ello son las redes sociales, que además monetizan nuestras almas, ya que a través de ellas incursionamos en una alocada y frenética labor para singularizarnos, intentando ofrecer un perfil atrayente de una imagen de nosotros mismos que vamos creando sobre la marcha, mientras observamos los modos y maneras en que los demás hacen lo mismo, lo que genera en realidad más un resultado de ficción que de crónica, exploración, descubrimiento, mímesis (cambio de personalidad que algunos experimentan cuando sienten que en ellos se encarnan seres de naturaleza no humana, divina, animal o de otro tiempo) y creatividad.

Es tanto el no ser, que en un sistema real y verdaderamente entregado a la producción y el consumo, es irrelevante e incluso amenazadora la cualificación de los consumidores; toda vez que contrariamente, cuanto más gregarios e irrelevantes más manejables somos. Las grandes corporaciones buscan números, no cerebros. La inteligencia es un valor residual que solo resulta interesante en la fase de producción. La educación formal es cada vez más caótica y está más pegada a las necesidades productivas. No hay profesiones con mayor expectativa de inestabilidad que las sustentadas en el ejercicio del arte y la creatividad.

En la formación de nuestra personalidad, en la construcción de nuestro carácter, antes intervenían una serie de valores sociales, morales, culturales que eran transmitidos sin mayores reparos. Tras el posmodernismo, no existe forma alguna de situar un horizonte en la educación del individuo. Esto es tanto como dejarla en manos del sistema socioeconómico vigente, que es quién se encarga de ello con su brújula aséptica e interesada. Incluso se pone en entredicho la educación de los hijos que sigue algún tipo de dirección moral, credo religioso o doctrina holística. Parece que el ser humano debe ser formado  a base de golpes contra todo tipo de concepciones de la vida y, rebotando de un lado para otro, asumir su propio potingue de consejos discrepantes e incluso antagónicos.

Consecuencia de lo cual, la categoría ser humano, que deviene en algo difícil de definir e imposible de categorizar. Exteriormente cada vez es más complicado expresarse de un modo auténtico ante los demás, pero interiormente todavía es más difícil armar el rompecabezas, al menos de un modo coherente. No parece existir otro camino para revertir tan triste panorama que reconstruirse por dentro, dedicar a nuestro interior los esfuerzos que estamos destinando a pretender ser alguien ante los demás. saramara7@gmail.com

Loading

¿Cómo le pareció el artículo?
+1
1
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0

Por editor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *