Por: Arturo Guerrero*

Los repartidores de Rappi comenzaron pedaleando en bicicletas con sus paquetes amarillos. Ahora tienen motos. En su gran mayoría son inmigrantes de Venezuela. Hablan en voz alta y aguda, se comunican con sus casas lejanas por celular. Nunca pierden su acento cantado. En vez del vocativo “marica”, que se usa en Colombia, utilizan el masculino “marico”. Así son inconfundibles.

Pululan en cercanías de sus proveedores de mercancía y, mientras esperan el paquete, inundan los andenes con sus vehículos ruidosos. Son una comunidad que no pierde su identidad, su alegría lejana, su fiesta cotidiana. No les dan mucha atención a las normas de tránsito, circulan en contravía, muchas veces sobre los andenes.

Se les nota el progreso económico, conseguido a punta de mensajería constante. Seguramente mantienen una solidaridad de paisanos, a juzgar por la algarabía que frecuentan en las inmediaciones de esos restaurantes virtuales, construidos con contenedores metálicos superpuestos, de colores azul, amarillo y anaranjado.

Estos fueron levantados en lotes o antiguos parqueaderos. Cada uno de ellos alberga varias cocinas cuyas marcas se anuncian en avisos redondos sobre la calle. Los vecinos del barrio deben hacer malabares para circular, pues estos negocios se tomaron los andenes e impiden el tráfico peatonal. No tuvieron en cuenta sino su afán de lucro. Aquí no hay autoridad que haga respetar el espacio público.

Los repartidores motorizados son una pequeña Venezuela incrustada en Colombia. De su tierra los expulsó un régimen político que colapsó la economía, manipula elecciones y enriquece a militares y burócratas. En los alrededores de sus trabajos existen papelerías y negocios que hacen transferencias de dinero hacia los familiares en su país.

Es extraño que en este berenjenal de motos nunca se vean las mujeres ni los niños de estos mensajeros de comidas. ¿Se quedaron en su país o permanecen en los sitios del sueño nocturno, en labores de cuidado y aseo? El hecho es que estos inmigrantes fabricaron su nueva vida cotidiana y que resisten la intemperie con tal de sostener sus ingresos monetarios.

Han modificado el panorama acústico de Bogotá porque no conversan, gritan. Su sonoridad es al mismo tiempo risa, conversación y fiesta. Al fin y al cabo, son caribeños: no anuncian sino proclaman. Han de tener sus sitios de rumba nocturna, para mantener aceitadas sus nostalgias.

Si en su tierra llegara a caer el régimen espurio, seguramente la mayoría regresaría a encontrarse con abuelos, padres y amigos que hoy todavía resisten. Es la historia de las migraciones en este globo que expulsa y castiga. En muchas ocasiones sucede que estos desterrados de la tierra se acomodan en los nuevos sitios, se integran y finalmente se confunden con los nacionales.

Colombia y Venezuela, con más de dos mil kilómetros de frontera, han ido y venido para huir de pobreza u opresión. Sus ciudadanos han configurado una hermandad de penuria y tiranía. Los une una sangre similar y un aliento libertario.

 *Comunicador Social. Periodista

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