Por: José Manuel Herrera Brito
No siempre toda la clase política ha sido corrupta (lo ratifica la historia universal), como tampoco la nueva clase política lo es, pero sí parece serlo una parte de sus notorios que no notables que levantan la sospecha entre sus boatos, suntuosidades, fastuosidades, rumbos y esplendores desmesurados. Y no es que sea correcto ni ilegal procurarse lujos y confort, transportarse en vehículos de gama alta, volar en primera clase, viajar a múltiples destinos geográficos, hospedarse en grandes hoteles, ver la hora en relojes de costo millonario, comer en restaurantes donde empalidecen billeteras, chequeras y tarjetas de crédito.
No. No es ello lo reprochable. Es legítimo cuando las grandes sumas para pagar provienen del trabajo honrado en cúpulas empresariales o políticas. Lo que no puede ser legítimo, es cuando el origen de la riqueza es el soborno, la canonjía, el tráfico de influencias, el uso dispendioso del presupuesto público, el asalto a los sagrados recursos públicos, bajo la figura de comisiones en el extranjero, o el turismo legislativo o judicial. O las dádivas recibidas por o para votar en tal o cual dirección en el Congreso de la República, así como para ajustar o suministrar datos claves en las licitaciones, hacerse socio ilegalmente de emprendimientos diversos… y un larguísimo etcétera que ha caracterizado y podrido durante decenios nuestra vida pública.
La esperanza es que cambiemos todo lo cual, que aparezca el conductor, un líder de positivos cambios y transformaciones, que nos haga crecer, maneje los recursos público a grito y proclama de austeridad, y ofrezca la suya propia como ejemplo y la practique sin estridencias. No más mandatarios, lideres, conductores ni dirigentes corruptos, que con sus acciones y la de los suyos siguen envenenando soterrada o explícitamente nuestra administración pública.
Llegan, se van o permanecen los tales, dejando muy pocos beneficios tangibles, sobre todo en los estratos sociales menos favorecidos, peroran, predican y vociferan con palabra, pero sin ejemplo, rectitudes, austeridades, buen hacer y hasta advierten cómo una parte de las élites de la clase política que deben ser adorados por sus gestas, a la par que muestran con descaro infinito un tren de vida que corre raudo y feliz sobre rieles de evidente sospecha.
Insisto que no toda la nueva clase política es corrupta, importa aclararlo, ya que ante el espectáculo de desprecio que brindan muchos dirigentes y bastantes magnifican, conveniente es que no nos sigamos equivocando en la escogencia de quienes de unas, otras u otras formas y maneras, regentan nuestros destinos; es por ello que a quienes con nada se llenan, puntualmente deben castigase moralmente y decirles que a quienes les gusta mucho la plata hay que echarlos de la política porque a diferencia del rey Midas que todo lo que tocaba se convertía en oro, estos todo lo que tocas cuando no se lo llevan, lo pudren o lo dañan.
Debemos tener líderes que ejerzan el poder con humidad, ser ejemplo de lo justo, lógico, cabal y congruente, así posea recursos para una vida de lujos; por ello no debe buscarse la fiebre en las sábanas, ya que el problema reside en que pagar los lujos conocidos de políticos rebasa los montos de sus salarios y revela asuntos non santos que en lo referente a ingresos, discrepa con la realidad. El gasto de dichos políticos induce a pensar en prebendas, bonos, sobresueldos, viáticos excesivos, diversos tipos de soborno, lo que convierte a la política y a la administración pública en general en tierra fértil para el florecimiento de quienes, con sus excesos y sed de riquezas, pudren la política y envenenan la cosa pública en grave medida. *saramara7@gmail.com
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