Por: Juvenal Infante*
Señor Presidente: Dentro de pocas semanas concluirá su mandato. Antes de que eso ocurra, quisiera formularle una pregunta que seguramente comparten muchos colombianos, entre los cuales me cuento, y también muchos ciudadanos que votaron por usted con esperanza y que continúan identificándose con las ideas de la izquierda progresista que usted representa.
¿Qué fue lo que falló? Usted llegó al poder en circunstancias excepcionales. Ningún dirigente de izquierda había recibido antes una oportunidad semejante. Millones de colombianos vieron en su elección la posibilidad de abrir una etapa distinta para el país y de demostrar que la izquierda podía gobernar mejor que aquellos a quienes había criticado durante décadas.
Han pasado casi cuatro años. La paz total no produjo los resultados esperados. Los cultivos de coca alcanzaron cifras récord. El secuestro volvió a ocupar titulares que creíamos definitivamente superados. La extorsión continúa golpeando a miles de ciudadanos. En amplias regiones del territorio nacional, los grupos armados siguen condicionando la vida cotidiana de comunidades enteras.
Tampoco la economía ofrece un balance satisfactorio. El déficit fiscal aumentó, la deuda pública creció y la confianza de numerosos inversionistas se deterioró. Ningún país puede prosperar cuando quienes generan empleo y arriesgan su patrimonio dejan de tener claridad sobre el rumbo que seguirá la nación. Las reformas encontraron obstáculos una y otra vez.
Por eso me permito insistir en algunas preguntas. ¿No entendió que gobernar es distinto de hacer oposición? ¿No entendió que la inversión necesita confianza? ¿No entendió que la paz exige autoridad? ¿No entendió que las reformas requieren acuerdos amplios para convertirse en políticas duraderas? ¿No entendió que la corrupción no desaparece cambiando de discurso?
El escándalo de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo destruyó desde el comienzo una de las principales banderas de su gobierno. Quienes prometieron una manera distinta de ejercer el poder terminaron enfrentando cuestionamientos que durante años atribuyeron exclusivamente a sus adversarios.
Después de observar de primera mano durante más de medio siglo la transformación de China, he llegado a una conclusión sencilla. En buena parte del mundo, la izquierda comprendió hace tiempo que el siglo XXI exigía respuestas muy distintas a las del siglo XIX. Aprendió a dejar atrás la revolución para abrir espacio a la evolución. Allí donde ayudó a fortalecer la educación, ampliar la protección social y ofrecer mejores oportunidades a los más vulnerables, realizó aportes valiosos. Cuando prefirió dividir a la sociedad, los resultados fueron muy distintos.
Llegó un momento en que Deng Xiaoping entendió que China necesitaba cambiar profundamente si quería salir de la pobreza. El siglo XXI no perdona a quienes gobiernan con el caduco manual del siglo XIX.
Hay, sin embargo, algo que me preocupa todavía más. Durante estos años se consolidó una tendencia a presentar a unos colombianos como responsables de los males nacionales y a otros como víctimas permanentes de la historia. Dividir una sociedad es siempre más fácil que gobernarla, pero los costos los paga el país entero, no quien la dividió. Esa visión termina enfrentando sectores que deberían cooperar, convirtiendo diferencias económicas normales en antagonismos políticos difíciles de superar.
La historia ofrece muchos ejemplos semejantes. Las corrientes políticas que se aferran a sus errores terminan alejándose de la realidad. Las que saben aprender de ellos logran encontrar un mejor camino. Tal vez haya llegado la hora de esa sincera reflexión para la izquierda colombiana.
Señor Presidente, lamento profundamente que una oportunidad tan extraordinaria haya terminado produciendo una frustración tan grande.
Lo lamento por Colombia. También por usted mismo y por la izquierda colombiana.
*Economista. Analista Internacional

