Pablo Cubí del Amo.- Periodista especializado en Actualidad, Bienestar y Estilo de Vida

Por: Pablo Cubí Del Amo*

Siempre se ha dicho que la práctica hace al maestro. Sin embargo, un nuevo estudio evidencia que no es exactamente así. No aprendemos mejor solo repitiendo la lección. Tenemos un cronómetro interno que hemos de tener en cuenta. No siempre es más eficaz quien más repite, sino aquel que deja respirar el cerebro entre un intento y el siguiente.

Seguramente habrás oído hablar del experimento del perro de Pavlov. Hace más ya más de cien años, este investigador logró adiestrar a su perro para que salivara cada vez que oía la campana porque lo identificaba con el momento en que le daban de comer. Desde entonces, los científicos han asumido que ese aprendizaje se debía a la repetición. Al ver que una vez y otra ocurría lo mismo, acababa aprendiéndolo. Y eso también se ha extendido a toda la educación. Cuanto más repitas algo, mejor lo aprenderás. Sin embargo, los descubrimientos de unos científicos de la Universidad de California obligan a matizar esta creencia.

Qué se ha descubierto ahora. Los investigadores volvieron a recurrir a animales de laboratorio para analizar los métodos de aprendizaje. El experimento era sencillo. Los animales, un grupo de ratones, oían un tono breve y después recibían agua con azúcar. Lo interesante no era la señal ni la recompensa, sino el intervalo entre una y otra repetición.

Esta nueva investigación revela que repetir la lección más veces no es el mejor aprendizaje. A unos ratones se les presentaban muchos ensayos muy seguidos; a otros, muchos menos ensayos, pero mucho más separados en el tiempo. Lo esperable, según la idea clásica de que aprender consiste en ir reforzando poco a poco una asociación, habría sido que los animales con más repeticiones aprendieran antes. Pero no ocurrió eso. Los autores vieron que, cuando se comparaba el aprendizaje a lo largo de un mismo tiempo total, los ratones con pocas recompensas espaciadas aprendían prácticamente lo mismo que los que habían tenido muchas más repeticiones. La conclusión a la que llegaron es que la velocidad de aprendizaje dependía de cuánto tiempo pasaba entre recompensas, no simplemente del número de ensayos.

La clave está en el intervalo de tiempo. “El ritmo de aprendizaje es lo básico”, sentenciaba el profesor Dennis A. Burke, uno de los investigadores. No siempre es más eficaz quien más repite, sino aquel que deja respirar el cerebro entre un intento y el siguiente. El estudio fue más allá de la conducta observable. Los investigadores también midieron la actividad de la dopamina, que como bien sabes es una sustancia química del cerebro muy relacionada con la motivación y el aprendizaje por recompensa. Lo que encontraron fue que ese neurotransmisor seguía la misma regla que la conducta: cuando las recompensas estaban más separadas, el cerebro necesitaba menos experiencias para empezar a segregar dopamina.

Repetir sin pausa resulta menos eficaz. Esto no significa que repetir no sirva. Significa que repetir sin pausa puede ser menos eficaz de lo que parecía. Los autores incluso pusieron a prueba otra variante. Mantuvieron las señales relativamente frecuentes, pero hicieron que la recompensa apareciera solo algunas veces. Vamos, que liaron a los ratones. Aun así, el aprendizaje seguía dependiendo sobre todo del tiempo medio entre recompensas. “Cada experiencia enseña más cuando la recompensa no llega tan seguida”, insisten los autores.

Eso que se ha hecho con ratones, también puede explicar casos humanos. Ayuda a explicar por qué algunas asociaciones se vuelven tan resistentes, a pesar de no tener siempre recompensa. Por ejemplo, por qué el olor del tabaco o la pausa del café incita mucho a los fumadores a fumar.

Un efecto que ya ven los estudiantes. La idea tampoco es tan nueva. En psicología del aprendizaje existe desde hace más de un siglo el llamado efecto del espaciamiento, que muchos estudiantes aplican. Tendemos a recordar mejor cuando distribuimos el estudio en el tiempo que cuando lo concentramos todo en una sola sesión. Los estudiantes que leen como locos la lección una y otra vez la última noche no se la saben mejor que aquellos que la han repartido en trozos y cada día han leído un trozo. “El aprendizaje espaciado produce memorias más sólidas que el aprendizaje masivo o apelotonado”, señalan los investigadores. “Repartir las repeticiones en el tiempo resulta decididamente más ventajoso que amontonarlas de una vez”, ya decía el profesor Hermann Ebbinghaus, pionero de la memoria experimental.

La mejor forma de aprender. También en este punto hay matices. El espaciamiento no mejora el aprendizaje por una sola causa. Probablemente intervienen varios mecanismos a la vez: desde una mejor consolidación de lo aprendido hasta la reactivación de recuerdos previos cuando reaparece la información. Es decir, cuando vuelves a encontrarte con algo después de un intervalo, no solo lo repites, también obligas al cerebro a reconstruirlo, fortalecerlo y actualizarlo. Ante toda esta nueva evidencia, podríamos decir que aprender se parece más a cocinar a fuego lento que a meterlo todo de golpe en la olla. El cerebro necesita exposición, sí, pero también separación, espera y cierto margen para reorganizar lo vivido. En lugar de largas noches en vela, sesiones más breves, repartidas y con tiempo entre ellas, suelen asentarse mejor. 

*Periodista especializado en Actualidad, Bienestar y Estilo de Vida

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