RUIZ FRUTOS JULIAN MARTIN

Por: Julián Martín Ruíz Frutos*

Violencia, se nos dice, es el uso de palabras, imágenes o mensajes que incitan a la violencia, la discriminación o el odio y cuenta entre sus características que puede ser verbal, psicológica o física, incluir insultos, burlas, críticas, apodos, injurias, calumnias, chantajear, discriminar, marginar, difundida a través de redes sociales, manifestarse en ataques selectivos, actos de terrorismo o extremismo, violencia comunal, represión estatal, políticas o legislación discriminatorias , cuyas consecuencias causa daños irreparables en las personas que la sufren, dan lugar a lesiones, daños, privación o incluso a la muerte, generar más dolor y sufrimiento, mismo todo lo cual que prevenirse debe fomentando la conciencia social, la tolerancia, el respeto mutuo, el diálogo intercultural, escuchar y creer a las sobrevivientes, enseñar a la próxima generación y aprender de ella, exigir respuestas y servicios adecuados, comprender qué es el consentimiento, conocer los indicios del maltrato y aprender cómo puedes ayudar, iniciar una conversación, demostrar oposición a la cultura de la violación, ya que es un concepto complejo a menudo entendido como el uso de la fuerza, la amenaza, uso intencional de la fuerza física o el poder real o como amenaza contra uno mismo, una persona, grupo o comunidad que tiene como resultado la probabilidad de daño psicológico, lesiones, la muerte, privación o mal desarrollo. La violencia nunca es la solución a un problema y solo genera más dolor y sufrimiento. Su uso es una forma de control y poder y puede causar daños irreparables en las personas que la sufren, por lo que debemos trabajar para construir un futuro mejor y lograr una sociedad más justa. Es un acto u omisión que busca ocasionar daño a otra persona u obligarla a hacer algo en contra de su voluntad y es la prevención una de las formas mejores de detenerla, lo que requiere un compromiso político y social, aplicar leyes que fomenten la igualdad de género y abordar las múltiples formas de discriminación.

No podemos bajo punto de vista alguno normalizar la violencia como muchas veces se ha hecho, lo cual es más que un horror a toda luces. Estamos perdiendo en empatía dentro de nuestra sociedad. Por fortuna no es el caso de todos, pero sí pareciera estar pasando en el interior de autoridades, políticos, criminales, propagandistas y quienes prefieren hacer los de la gafas ante lo que sucede en el país donde las cosas no están bien y donde lo triste es que no sabemos si alguna vez lo han estado.

Todo cuanto nos está pasando debería quedar grabado en la memoria como un recordatorio de que en el país la clase política, si así podemos llamarla en puridad de conciencia,  en todos sus niveles no puede garantizar la seguridad de su población y prefiere creerse realidades inexistentes o que únicamente existen para las clases más privilegiadas, lo que obliga la pregunta de qué sirven los discursos prometedores cuando la realidad des otra y la vemos ante nosotros todos los días.

Definitivamente ante este horror que viviendo estamos, no vale la pena señalar partidos políticos específicos, porque cuando uno se detiene a pensarlo y observa que se repiten los discursos y las estrategias fallidas en todas las administraciones, entonces nos damos cuenta realmente de lo lejano que está el cambio y concluir que en efecto la política perdió la empatía.

Desesperanzador traduce pensar que, con el paso de los días, dejamos de pensar y hablar de muchos de los hechos de horros que nos acaecen a todo lo largo y ancho del territorio nacional, mismos que se convierten desgraciadamente en otro dato estadístico más, para convertirse lo cual en uno de los mayores triunfos de los males que azotan nuestra sociedad, como es habernos arrebatado la capacidad de indignarnos ante esos horrores que hemos hecho para infortunio de todos, parte de nuestra cotidianidad. Aceptamos matanzas, desapariciones, extorsiones y miles males más como fenómenos inevitables, generando en la población incertidumbre, hasta el punto de no saber cómo actuar y por ello se siente incapaz de participar en el cambio, aunque percibe que algo está mal, lo que no es para nada suficiente; de ahí que quienes observamos desde la distancia, tenemos que decidir si nos guiamos por la amnesia o mantenemos viva la indignación. Es así de ese tamaño el dilema en el que estamos. 

*Abogado. Columnista. Especializado en Derecho Laboral

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