miguel bayter bayter- Abogado. Columnista

Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*

Cuando uno creía que el espectáculo de Adán y Eva había agotado el arsenal de despropósitos sagrados, aparece en escena Noé, el improbable patriarca que, en plena era prehistórica y sin estudios formales en arquitectura naval, ingeniería hidráulica ni veterinaria aplicada, recibe el encargo divino de construir una embarcación capaz de salvar a toda la fauna del planeta. Una especie de Titanic hebreo, pero sin Leonardo DiCaprio y con más estiércol a bordo.

La historia de Noé, o más bien su leyenda, porque de historia no tiene ni la cortesía de fingirlo, es un testimonio insuperable de cómo el delirio puede vestirse de revelación y la embriaguez de profecía. El relato bíblico nos presenta a un Dios decepcionado con su propia creación (¡sólo seis capítulos después de declararla “buena en gran manera”!), que decide exterminarla por medio de una inundación global. Un diluvio. Una limpieza general. El primer genocidio por razones de orden moral.

Y aquí es donde entra Noé, un anciano de barba salina y manos callosas, elegido entre todos los hombres por su virtud. O quizás porque no había nadie más medianamente sobrio a quien encomendarle semejante disparate. Le ordenan construir un arca de proporciones colosales, 450 pies de largo, 75 de ancho y 45 de alto, según las Escrituras, que al parecer tenía arquitectos trabajando en cubits y alucinógeno. ¿Planos? Ninguno.

¿Herramientas? Ignoradas. ¿Permisos ambientales? Por favor!!. Y sin embargo, Noé obedece, como obedecen los justos, los necios o los desesperados. A golpe de martillo y fe, levanta la nave más improbable que haya surcado aguas inexistentes. Porque, conviene recordarlo, no había mares cerca. El hombre construye un arca en tierra firme, rodeado de burla pública y probablemente de vecinos que lo consideraban un lunático funcional. Y lo era.

Pero la historia no termina con el arca, sino que apenas empieza. A continuación, viene el episodio zoológico: dos animales de cada especie, una pareja, como en los mejores reality shows, desfilan rumbo al arca, sin confusión, sin caos, sin derramamiento de sangre. Leones junto a gacelas, serpientes junto a ardillas, todos en paz, sin más guía que el aroma irresistible de la obediencia instintiva. La Biblia, en este punto, deja de ser texto sagrado y se convierte en zoología fantástica.

Y mientras cae el agua, cuarenta días y cuarenta noches, como si el Dios de los hebreos tuviera especial aprecio por las cifras redondas, el mundo muere ahogado. Niños, ancianos, mujeres embarazadas, recién casados, recién nacidos, músicos, poetas, agricultores, pecadores y justos… todos al fondo del mar por igual. Porque el amor de Dios, ya lo sabemos, tiene reglas.

Pero Noé flota. No sólo él, flota con familia, jirafas, escarabajos, camellos, hipopótamos y koalas, que milagrosamente habrían cruzado continentes enteros para subirse a su arca sin perder el vuelo de conexión. Y así, tras meses de navegación en condiciones sanitarias imaginables, la nave encalla en el monte Ararat, sin GPS ni mapa, pero con toda la precisión de un milagro postapocalíptico.

Y allí, cuando ya el mundo ha sido reconfigurado, la humanidad reseteada, y la biodiversidad empacada en forma de zoológico flotante, Noé hace lo que cualquier profeta sensato haría al sobrevivir al juicio divino: planta una viña y se emborracha.

Sí, señor. El justo Noé, el elegido, el salvador, termina borracho, desnudo y tirado en su tienda, víctima de su propio vino y de una resaca espiritual de proporciones bíblicas. No contento con protagonizar el primer delirio náutico de la historia sagrada, inaugura también el alcoholismo como respuesta teológica al trauma existencial.

Y es ahí, precisamente ahí, donde uno entiende el corazón de esta historia: Noé no es el ejemplo de virtud que nos vendieron en los catecismos. No es un héroe, ni un arquitecto, ni un patriarca sensato. Es el primer borracho funcional de la historia religiosa. El primero que justificó la ebriedad con la misión. El primero que tradujo la obediencia en mérito, la locura en revelación, y el vino en consuelo.

En otras palabras, Noé fue un farsante con suerte. Y el mundo entero, por obra y gracia de esta leyenda, terminó creyendo que fue salvado por un anciano con destornillador en una mano y una copa en la otra.

El arca, finalmente, no fue un barco. Fue un símbolo. No de redención, sino de resignación. Un monumento flotante al poder de la obediencia ciega. Y Noé, su constructor, no fue un elegido: fue un sobreviviente. El primer títere funcional de un Dios caprichoso, que mata por amor y premia la sumisión con una resaca.

 *Abogado. Escritor. Analista. Columnista

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